«Todo aquello que jamás pude tener» por Elena Siles

Todo aquello que jamás pude tener

Recuerdo perfectamente la primera vez que me di cuenta de que era diferente. Tenía siete años. Era el primer día de colegio y yo acababa de sentarme en el que sería mi pupitre durante los siguientes años. Me había llevado una de mis muñecas favoritas y un cuaderno para colorear. Por aquel entonces era una niña inocente que desconocía por completo cómo funcionaba el mundo y las cosas oscuras que este guardaba. Mis padres me habían asignado un tutor especial que me explicara las clases en lenguaje de signos. En aquella aula había otros niños que, como yo, tenían una discapacidad o enfermedad, a veces ambas cosas. Clara se convirtió en mi mejor amiga desde el primer día. Ella tenía distrofia muscular de Becker por lo que debía usar muletas para poder movilizarse.

 

—Hola, me llamo Paula. Qué collar más chulo —signé.

—Gracias, tú tienes un pelo muy… bonito —me respondió.

—¡Atención niños! —intervino el maestro—. La clase va a comenzar.

 

Una traductora que lo acompañaba se dedicaba a signar las palabras mientras hablaba, lo que podía llegar a ser bastante complicado en algunas ocasiones. Saqué mis cosas y comencé a copiar las primeras lecciones del maestro. Cuando llegó la hora del recreo y decidí sacar mi muñeca para jugar con Clara. Nos pasábamos notas cuando no sabíamos cómo signar lo que queríamos decir y nos reíamos alegres por llevarnos tan bien .

 

—¡Eh mirad! ¡Pero si son de los «especialitos»! —se burló una niña.

 

Me di la vuelta y observé a un grupo de tres chicas riéndose de nosotras. La del medio parecía ser quien se había burlado de nosotras. Nos lanzó una mirada despectiva y las otras dos le siguieron el juego.

 

—Mira, Natalia, están jugando a las casitas —indicó la niña de la izquierda.

—Son patéticas. Ni caso, Almudena —respondió la otra niña.

—Vamos, Sandra. Hazles un favor y quítales esa cosa —ordenó la primera niña.

—¿La muñeca? —preguntó Sandra.

—¡Sí, la muñeca! —gritó Almudena.

 

Sandra me quitó la muñeca mientras Natalia agarraba a Clara y Almudena nos miraba con desprecio. Yo quise recuperar mi muñeca, pero Natalia me puso una zancadilla y me caí de bruces contra el suelo.

 

—Paula, ¿estás bien? —preguntó preocupada Clara.

—Sí, lo estoy —respondí y entonces vi que las tres niñas se marchaban entre risas—. ¡Eh! ¡Devolvedme mi muñeca!

—¿Qué está pasando? —Un profesor apareció de repente y paró a las tres chicas de un agarrón—. Almudena, Sandra y Natalia, explicadme ahora mismo lo sucedido. Vamos.

 

Las niñas no respondieron. El profesor cogió a Almudena y la obligó a devolverme la muñeca

 

—¡Devuélvesela! —le ordenó el profesor.

—Tómala si quieres. De todos modos, es una bazofia —dijo Almudena con un resoplido.

 

Almudena me lanzó la muñeca y aprovechó el despiste del profesor para irse corriendo con Sandra y Natalia. El profesor se giró y puso una mano sobre mi hombro como gesto de empatía. Yo se lo agradecí signando y reconozco que estaba un poco sonrojada.

 

Ese día fue el comienzo de lo que se convertiría en discriminación y acoso continuados. No había ni un solo día en el que no me insultaran, me intentaran agredir o me hicieran alguna de sus «bromas» que, cuando eres la parte afectada, no te hacen nada de gracia. Nunca entenderé qué es lo gracioso de ver a otra persona tener que limpiarse porque le s han tirado sus cosas a la basura y ahora tiene las manos llenas de porquería. ¿Te ríes de su desgracia, de su sufrimiento? ¿Por qué os hacen gracia estas mierdas? Jamás lo comprenderé.

Un día estaba ayudando a Clara cuando le tiraron la silla y la dejaron en el suelo. Incluso ahora me sorprendo a mí misma cuando recuerdo aquella escena y lo que hice a continuación.

Recuerdo que cogí a Almudena de los pelos y la estampé contra el suelo. Las otras no pudieron retenerme. No sé cómo, pero de mi interior salió una fuerza inimaginable y conseguí liberarme de una vez por todas. Había mucha sangre y gritos, sin embargo, nada de eso me importaba, pues acaba de conseguir mi libertad.

 

Tuvieron que llevarse a Almudena a un hospital. Sandra y Natalia acabaron llorando. A pesar de mis moratones y heridas, conseguí ayudar a Clara. Aquel día me llamaron a la sala del jefe de estudios. Tuve que soportar cómo me castigaban después de todo lo que había pasado. Ellas jamás sufrieron más que una reprimenda y yo ahí, sentada al lado de mi madre, que había tenido que pedir permiso en el trabajo, escuchando al jefe de estudios cómo me cantaba las catorce. Creo que fue en ese instante cuando lo comprendí.

 

Yo jamás podría llegar a ser igual a ellos. Para ellos era una molestia, ni siquiera  era alguien, sino que era mi enfermedad. Era pequeña, pero no estúpida. Sí… ese día todo me quedó bastante más claro. Al menos esas tres cabronas no volvieron a molestarme ni a mí ni a Clara nunca más. Así que, solo por eso, valió la pena, joder, lo haría de nuevo con los ojos cerrados.

 

Perder a Clara fue duro. Ambas sabíamos que, tarde o temprano, era más que probable que la enfermedad nos arrebatara lo único que teníamos, nuestra propia vida, pues la esperanza hacía tiempo que la habíamos perdido. Yo tenía quince años y no estaba preparada para asimilar la muerte de mi mejor amiga. Un tropiezo, una mala caída y un nefasto trato médico fueron el cóctel justo y necesario para aquel fatídico suceso.

 

Aquí estoy dos años después, aguantando preguntas estúpidas sobre sucesos del pasado. Normalmente, a las personas de mi edad se les pregunta qué quieren estudiar. A mí me preguntan cosas como si de verdad puedo ser feliz, si deseo vivir. Me alegro de que te preocupes por mi salud metal, aunque me fascina que no lo hagas por la de los jóvenes que de verdad tienen problemas de salud mentales. Yo siempre me he preguntado por qué me había tocado tener síndrome de Moebius, aunque luego sencillamente comprendí que era lo que había y ya está. Tener esta parálisis sí es algo que me afecta, pero no es algo que me defina.

No sé qué me deparará el futuro, pero sí sé que será un camino complicado, como poco. Mis obstáculos siempre estarán ahí, de eso ya me he concienciado, lo que me sorprende es que a la gente le cueste comprender ese concepto y me pidan explicaciones como si yo tuviera que dárselas. Como si fuera su puta guía incorporada de cómo tratar con una persona con una discapacidad.

¿Todo aquello que jamás pude tener? Ni un maldito día sin me que hagan preguntas absurdas personas que no conozco de nada solo por morbo. Respeto. Comprensión, empatía, amistad, sinceridad, aceptación, inclusión… Un día en el que pueda ser yo y no solo mi enfermedad, no solo mi discapacidad. Ya está, no hay mucho más que contar, por ahora. Aunque espero poder pronto contar cosas nuevas, cosas buenas.

 

Inmoral último cap por Elena Siles

Capítulo anterior: https://elenasilesbernal.wordpress.com/2017/09/28/inmoral-cap-23-por-elena-siles

Capítulo 24

Johan había conseguido escaparse del banquete sin que su padre se enterarse de su ausencia y se marchó hacia la parte oeste del castillo dónde le esperaba Shire con un carruaje. Johan se montó en el carruaje y ambos comenzaron su viaje juntos, huyendo de todo aquello antes de que fuera demasiado tarde.

Horlk II e Irina estaban bailando en la pista de baile cuando un soldado fiel al rey entró en la sala y habló con Svein. Svein se quedó pálido, debía avisar al rey sin causar mucho revuelo. Jarld vio al soldado y le obligó a marcharse del banquete, nada más salir de él escuchó un gritó por la puerta trasera del castillo. Golpeó al soldado para dejarle inconsciente como a los demás y corrió hasta la puerta. Al llegar a ella vio a Laeda agachada sobre Armian llorando y Kern enfrente acompañado por unos pocos compañeros.

 

— ¡Debes dejarle madre!¡Padre era un inmoral y merecía morir! Y ahora él quería ayudar a los inmorales así que merece morir también — afirmó Kern.

— ¡Él era tu verdadero padre Kern! — gritó dolida Laeda — Sólo queríamos ponerte a salvo antes de que Irina cometiera el golpe de estado. ¿Por qué crees que Armian ha hecho todo esto? ¿Traicionar al reino y a obligar a sus hombres a participar? El golpe se iba a dar con o sin nosotros así que él se sacrificó y todo para poner a salvo a su hijo. Para comenzar juntos una vida lejos de todo esto…. — Laeda comenzó a llorar sobre Armian quien yacía muerto en el suelo cubierto de sangre.

 

Kern miró a Jarld perplejo, esperando una negativa, pero todo Jarld estaba matando a sus amigos y compañeros. No le había dado tiempo a parpadear y ambos ya yacían muertos en el suelo. Entonces notó el frío hundirse en su estómago y el grito que soltó Laeda fue tal que inundó casi todo el castillo. Entonces Jarld se giró y vio como Laeda cogía la espada de Arma y se quitaba la vida, ya no tenía nada por lo que vivir y sabía que jamás podría vencer a Jarld así que decidió matarse a sí misma para acabar con su dolor.

Jarld se fue corriendo hacia el salón del salón del banquete y allí se encontró otra escena llena de sangre. Los invitados estaban encerrados por los soldados de Armian y por los campesinos que habían dado el golpe de estado. Todos estaban asustados y llorando.

 

Miró a Irina asustado y perplejo — ¿Qué ha pasado?

 

Irina tuvo que relatar todo lo sucedido anteriormente justo cuando él se marchó el rumor de la muerte de la princesa ya se había propagado por toda la sala, uno de los que oyó todo fue Jung. Entonces Marga fue directa para atacar a Irina gritando que ella era una cómplice de los inmorales, pero se encontró con la daga de Horlk II quien no dudó en matarla. De repente los rebeldes entraron todos por la ventana y acorralaron a Irina. Los soldados cerraron todas las salidas y obligaron a arrodillarse a los invitados. Después sin que nadie lo viera Neim había cogido la daga de Horlk II y se la había clavado en el cuello. Él antes de irse a la tumba se llevó consigo también al pequeño y justo cuando nadie pensaba que fuera a ir a peor, Jung intervino para arrematar a Horlk II gritándole monstruo.

 

Irina había quedado con obligada a derogar la ley, lo cual en realidad hizo encantada, pero permaneció en su papel y anunció que pronto convocaría elecciones democráticas, las primeras de la historia. Ella no se presentaría y en su lugar recomendaba a Jarld.

Irina ya había cumplido su venganza, quería gobernar, pero no directamente para que no fueran a por ella. Todo el mundo a pesar del miedo se fue levantando y de pronto se sintieron más libres. De repente el odio que tan aferrado había estado dentro de ellos había desaparecido con la muerte de Horlk II. Jung se marchó del lugar sin que nadie se lo impidiera, ya había habido demasiadas muertes por un día, era hora de volver con su prometida y vivir una vida lejos de aquello. Había visto con sus propios ojos la clase de monstruo del que era hijo, pero al mismo tiempo le había derrotado y una parte de él cambió aquel día. Aquellos a los que habían puesto el nombre de inmorales habían muerto siendo buenas personas y ellos habían incumplido todas las leyes y la moralidad. El monstruo había muerto y la paz ahora reinaría en Rausvai, pero en sus corazones siempre quedarían marcados por haberse convertido en aquello que tanto odiaban, y ya no sabía ni lo que era. Probablemente el mejor nombre para ellos era… inmorales.

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