Piratas de Sagara capítulo 4

Capítulo 4

En el Vetros la capitana Maureen daba órdenes a los piratas para proteger al barco de los monstruos marinos que intentaban atacarlos. Maureen suspiró extasiada cuando por fin cruzaron la Aequor. Cada vez tenía que gastar más energía de su runa para tal cometido, por fortuna la nueva tecnología que estaban desarrollando para el Vetros les permitiría cruzar la barrera sin que Maureen tuviera que usar nunca más su poder de runa. Detrás del Vetros había varios submarinos más equipados con una tecnología nunca vista que usarían para ganar la próxima revolución pirata. Ryu se acercó a su madre y le tendió un vaso de agua. Maureen se lo tomó y se sintió mucho mejor. Haber usado indiscriminadamente el willenskraft cuando era joven durante la Primera Revolución le había dejado consecuencias irreparables. Cada vez le costaba más y más su poder de runa, y sentía como su propia vida se estaba marchitando sin que pudiera desempeñar algo para remediarlo.

 

—¿Cómo te encuentras, madre? Quizás deberías descansar un poco.

—Me encuentro bien y ya sabes que no me puedo permitir descansar. Esta misión es clave si queremos ganar la revolución que se aproxima —respondió Maureen.

—Ojalá pudiera ayudarte, me siento inútil —admitió Ryu.

—Hijo mío, ya me estás ayudando —afirmó Maureen—. Construir los túneles marinos será lo más importante que haremos por esta revolución. Con ellos nuestros barcos podrán llegar en tan solo unos días desde Barbás a las islas de nuestros aliados.

—La tecnología que desarrolla padre es impresionante. Siempre me he preguntado de dónde ha sacado todos esos conocimientos.

—No le gusta hablar mucho de eso, hijo mío. No se siente orgulloso de su pasado y no es extrañar teniendo en cuenta… —Maureen no terminó la frase.

—¿El qué? —cortó Ryu.

—Pues que antes era uno de nuestros enemigos, era un noble de Goldyrien —desveló Maureen y Ryu se quedó de piedra—. Como sabes los hijos heredan por ley el apellido de su madre, es uno de los principios de la religión naviana. Lo que no sabes es que tu padre renunció a su propio apellido y tomó el mío cuando nos casamos. Me acuerdo de que estaba tan avergonzado de su pasado que cuando los piratas le asignamos como nuestro nuevo líder lloró de la emoción.

—Así que entre todos los antiguos piratas revolucionarias os pusisteis de acuerdo para asignar a padre como vuestro nuevo líder —cuestionó Ryu y Maureen asintió como respuesta—. ¿Fue así como os conocisteis? Jamás me habéis contado esa historia.

—Bueno… es que… es una historia bastante larga y demasiado complicada.

—Me gustaría escucharla de todos modos.

—Está bien, te la contaré. Por aquel entonces yo era una de las seguidoras de Kanu Vaemast cuando atacamos Goldyrien, por aquel entonces era muy joven y lo único en lo que podía pensar era en la venganza por el asesinato de mis padres por parte de los nobles del Goldyrien cuando se negaron a venderme a uno de los suyos. Estaba muy convencida de que todo lo que hacía Kanu Vaemast, hasta las cosas más inhumanas y crueles, era un precio que pagar por el cambio. »La realidad es que yo únicamente pensaba en vengarme y probablemente era lo mismo que le pasaba a Kanu Vaemast. Inundé casi todo el reino de Goldyrien y maté a personas inocentes. Me acuerdo de que uno de esos nobles estaba arriesgando su vida para rescatar a todos los que estaban ahogándose incluidos los esclavos y que debido a sus acciones los nobles de Goldyrien empezaron a atacarle a él también. Al final la escena me impactó tanto que decidí ayudar ese hombre y le salvé la vida. Lo que no sabía es que a ese hombre estaba intentando rescatar a su hermana que había caído presa de la esclavitud como castigo debido a la actitud de rebeldía de tu padre con los de su propia clase. Fue en ese instante el que me percaté que jamás podría deshacer lo que había hecho ni reparar nunca el dolor que sufría ese hombre. Y me di cuenta de que nos habíamos convertido en todo aquello que odiábamos —explicó Maureen.

—Vaya… es una historia llena de tristeza y dolor… —comentó Ryu.

—Supongo que es una lección de la vida. Incluso en los momentos más dolorosos podemos llegar a encontrar un poco de alegría.

—¡Capitana! —interrumpió un pirata—. La puerta de entrada en la barrera ya está terminada y la tripulación se preguntaba si podríamos parar para almorzar.

—Por supuesto, ahora iré a acompañaros —respondió Maureen.

 

Maureen se levantó con la ayuda de su hijo y fue a almorzar con el resto de su tripulación. Mientras comían varios piratas cantaban canciones y bebían alegres, Ryu miraba el fondo marino de Naviantia asombrado. Era la primera vez que viajaba hasta tan lejos y no podía creer las inmensas maravillas que había debajo del mar. Los corales luminiscentes verdes, azules y rojos estaban repletos de multitud de criaturas marinas de todos los tamaños y colores. Pudo identificar a un siegel, un pez redondo cubierto de pinchos venenosos que por supuesto no era recomendable consumir. Al lado de este había un hai, un tiburón con cuatro ojos y una cola reversible con pinchos que cortaban como cuchillas, uno de los depredadores más temibles que habitaban en los océanos, aunque no tanto como los squid; calamares gigantes morados y con seis ojos que eran capaces de convertirse en invisibles.

Entonces una shellryby chocó con la ventana, después sus espinas retráctiles salieron del interior del animal y acabaron dispersándose por el mar. Poco después Ryu se evadió pensando en su amarga despedida de Sylah por carta. Hacía tiempo que su amistad con Sylah se había parado y al principio les echaba la culpa a sus obligaciones, sin embargo, luego tuvo que reconocer que era él quien se había distanciado de Sylah. ¿Y todo por qué? Ryu estaba muy confundido. Cuando había visto como Sylah cambiaba no había sabido qué decirle ni qué tenía que hacer ahora. Quería apoyar a su amigo, pero… no sabía cómo. Y encima estaba el asunto de Himeko. Desde siempre había sentido algo por ella, aunque jamás había dicho nada porque era la hermana de su mejor amigo y ahora se habían distanciado de ambos, y no sabía cómo arreglarlo. ¿Habría hecho algo mal? Cuando se despidió de Sylah creía que se habían distanciado debido a que Sylah debía buscar su propio camino sin él y lo entendía. Había cambiado muchas cosas en muy poco tiempo y encima parecía que todo estaba en contra de ellos para continuar con su amistad. No obstante, en lo más profundo de su corazón temía que de algún modo Sylah hubiera notado que él sentía algo por su hermana y entonces ya no quisiera ser su amigo. Jamás había dado ningún paso respecto a Himeko por miedo de perder su amistad con Sylah, aunque ahora no sabía cómo actuar. Ryu se echó las manos al rostro estresado y con un dolor intenso en su corazón. No sabía que debía intervenir o no siquiera y aquello le estaba consumiendo por dentro. De repente, Maureen se sentó enfrente de su hijo al notarle tan taciturno, Ryu jamás había sido demasiado jovial, por otra parte, ella era su madre y como tal sabía que le pasaba algo.

 

—¿Qué te sucede hijo? —Curioseó Maureen.

—No me pasa nada es que yo… —comenzó Ryu, pero al reparar en la cara de su madre entendió que no podía seguir ocultando que algo le pasaba, no a ella—Yo… no sé qué hacer…

—¿Con respecto a Himeko y Sylah? —preguntó Maureen.

—¿Cómo…?

—¿Cómo lo sé? Por Navia que soy tu madre —inquirió Maureen y Ryu sonrió—. Vamos, dime que ronda por esa cabecita tuya.

—Sylah y yo nos hemos distanciado con los últimos acontecimientos y yo… no hice nada para remediarlo porque estaba cansado de ocultarle mis sentimientos a mi mejor amigo por miedo a perderle y a causa de ello al final… creo que he perdido su amistad. Y me siento como un verdadero imbécil —reconoció Ryu.

—Entiendo… déjame preguntarte una cosa. Tú, ¿qué es lo que quieres?

—Quiero decirle a Himeko lo que siento y quiero no perder mi amistad con Sylah, pero desde siempre he temido que si lo hacía perdería a ambos y es justo lo que ha pasado ahora…

—No creo ahora les hayas perdido. Creo que os habéis distanciado, es lo normal. A veces las amistades se distancian por cosas de la vida y hay que aprender a saber qué sitio nos corresponde ahora a su lado, si es que nos corresponde alguno —explicó Maureen.

—Lo sé… es que hay tantas cosas que podrían salir mal. Y si Himeko no siente nada por mí y fastidio también mi amistad con ella. Y si siente algo por mí, pero no estamos bien como novios, tenemos que cortar y ya no puedo ser amigo ni de ella ni de Sylah. Y si… —farfulló Ryu.

—¡Basta! —cortó Maureen—. Por Navia, tranquilízate.

—Lo siento… Supongo que necesitaba desahogarme con alguien.

—Bueno, ¿ya estás mejor? —Ryu asintió como respuesta—. Bien. A ver hijo, en esta vida todas nuestras decisiones y actos tienen consecuencias, y la mayoría de las veces no podemos prever todas ellas, es imposible. Somos humanos y nos equivocamos, es así. Lo único que debes tener en cuenta es que nuestros actos sean lo más bondadosos posibles y qué es lo que más felices nos haría sin que afecte directamente a la integridad de otras personas. Hay que equilibrar la balanza entre ser un ser totalmente egoísta y ser alguien que siempre antepone a los demás a sí mismo incluso aunque perjudique a su propia vida. Hay un punto intermedio y como por naturaleza somos egoístas la mayoría de las ocasiones obramos sino mal quizás no todo lo bien que podríamos haber obrado, pero es que nadie es perfecto. Todos cometemos errores en nuestra vida, aun así, de lo que más te arrepientes cuando eres mayor no como yo, yo aún soy muy joven que conste. —Ryu sonrió—. De lo que más se arrepiente uno en esta vida son de las cosas que jamás has intentado por culpa de miedos inexistentes.

—Entonces… ¿debería decirle lo que siento a Himeko?

—Es mucho mejor que guardarte esos sentimientos para toda la vida, ¿no crees?

—¿Y si sale mal?

—¿Y si sale bien? —respondió Maureen—. A veces hay que dejarse guiar menos por la cabeza y un poquito más por el corazón.

—No me creo que le haya contado todo esto a mi madre, tengo buscarme más amigos

—¡Eh, yo creía que éramos amigos! —le reprochó Maureen—. Que sepas que soy una mamá muy guay y doy consejos súper chachis.

—¿Por qué hablas así, mamá? Por Navia, no hagas eso.

—¿Por qué? ¿Acaso te estoy abochornando? ¿Eh? ¿Mi pequeño pastelito azul no quiere que su mamá le avergüence?

—¡Mamá! —se quejó Ryu—. No me llames pastelito.

—Te llamo lo que me da la gana, que para eso soy tu madre. —Maureen cogió a Ryu de las mejillas y comenzó a besarle repetidamente en ellas—. Y cuanto más te quejes más besos te voy a dar porque soy tu madre. ¿Te enteras?

Maureen apretó entre sus brazos a Ryu.

—¡Ay! ¡Vale mamá! Para, por favor, que me asfixias.

—Qué arisco eres, me voy. Adiós, mi pasteliiiito azul —se despidió Maureen.

 

Ryu se limpió las mejillas y acto seguido no pudo evitar sonreír. Quería a su madre más que a nada en este mundo y debía reconocer que no sabría cómo arreglárselas sin ella. Ryu decidió que en cuanto pudieran salir a superficie se pondría en contacto con Himeko, sabía que tendría que esperar un año entero para ello pues era imposible contactar con Barbás mientras estuvieran debajo del agua. Ryu decidió que lo mejor era escribir lo que sentía para poder liberarse, no tenía intención de mostrarle a nadie aquello ni tampoco de enviarlo; sencillamente necesitaba expresar de alguna forma sus sentimientos.

Mientras escribía no pudo evitar evocar uno de sus recuerdos de hace cuatro años cuando conoció a Sylah. Él estaba a punto de graduarse en la skoalle y vio a Sylah jugando con Himeko en el patio. Ryu siempre había tenido a gente a su alrededor debido a quién era, pero al mismo tiempo se sentía muy solo pues sabía que ninguno de ellos era amigo suyo en realidad.

El balón con el jugaban Sylah y Himeko fue a parar por accidente hasta Ryu.

 

—¿Nos devuelves el balón por favor? —pidió Himeko.

—Claro. —Ryu les devolvió el balón —¿Estáis jugando al baerball?

—Sí, ¿quieres unirte? —preguntó Sylah.

—Me encantaría —contestó Ryu—. ¿Cómo os llamáis?

—Yo soy Sylah y ella es mi hermana Himeko. Tú eres Ryu, ¿no?

—Sí, el mismo.

—Encantada de conocerte —contestó Sylah.

—Venga, me toca a mí ser cazadora —animó Himeko—. Recordad que, si consigo marcaros a los dos, las presas, gano el partido y quien consiga marcarme a mí se convertirá en el nuevo cazador. ¡Vamos a jugar! Quien gane antes tres partidos se proclamará como el campeón y no pienso ponéroslo fácil. ¡Vamos allá!

 

Himeko le lanzó el balón a Sylah, sin embargo, consiguió esquivar su disparo y al intentar devolvérselo a Himeko le dio sin querer a Ryu.

Los tres se rieron y continuaron jugando hasta que al final Himeko consiguió ganar las tres partidas y proclamarse como la campeona. Sin duda a Himeko se le daba muy bien el baerball, muy pocos conseguían vencerla.

 

—Ha sido muy divertido —comentó Ryu.

—Sí, pero mi hermana nos ha dado una paliza —reconoció Sylah.

—Ya os advertí que no os lo pondría fácil —dijo orgullosa Himeko.

—Además de ser la más lista de la clase, hermosa y amable, encima se te da genial jugar al baerball. ¿Cómo es posible que no tengas novio?

—¿Y quién dice que yo quiera novio? —cuestionó Himeko.

—Perdona… yo… solo era un decir… —se disculpó Ryu—. No quería decir eso.

—¿Y entonces que querías decir? —inquirió Sylah.

—Perdón… —musitó Ryu.

—Además, ¿es que acaso necesito un novio para algo? Tengo catorce años, soy muy joven para esas cosas. Solo quiero divertirme y pasar un buen rato con mis amigas y mi familia. Y aunque fuera mayor tampoco es que sea malo estar soltera.

—Además, siempre me tendrá a mí —refirmó Sylah.

—Sí, eres un poco lapa —se quejó Himeko.

—Habló la picajosa —dijo Sylah y le sacó la lengua de forma burlona.

 

Sylah y Himeko empezaron a chincharse como costumbre, era algo típico de los hermanos. Ryu no pudo evitar sonreír. Sospechaba que acababa de encontrar a quienes podrían llegar a ser sus verdaderos amigos. Entonces Ryu volvió al presente y lanzó un suspiro lleno de nostalgia. La inmensidad de la belleza del océano se extendía delante de él, a pesar de ello en lo único que podría pensar era en volver a Barbás.

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