La Hechicera del Caos cap 1 por Elena Siles

TW : violación, incesto, violencia explicita, depresion.

Capítulo 1: La Huida

Las dos lunas estaban en fase de plenitud, aquello significaba que la magia florecería más que nunca aquella semana. La más pequeña, cuyo nombre no recuerdo, tenía tonalidades rosas mientras que la otra era casi amarillenta. No obstante, ambas eran muy hermosas y eso me trajo una extraña sensación de nostalgia.

—¡Eris! —gritó una voz masculina a mis espaldas.

Yo me giré hacia mi maestro con un semblante totalmente vacío de cualquier atisbo de emoción. Mi piel blanca como la leche brillaba con la luz de ambas lunas, sobre ella caía mi largo y lacio cabello negro cual azabache y ondulado como el viento en otoño. Mis ojos violetas le observaron desde la lejanía con impasividad. Caminé hacia él, descalza y haciendo gala del vestido largo y negro que me había regalado hacía poco. Él me miró de forma lasciva, como de costumbre, se mordió el labio inferior y a través de los barrotes de mi celda me cogió el rostro entre sus afiladas y delgadas manos.

—Maestro…

—Mi bella Eris, acércate más.

Me acerqué a él y Farlyon me miró de arriba abajo repasando cada milímetro de mi cuerpo. Su nariz rectangular olfateaba cual perro a su presa.

Yo ya sabía cuál era su deseo pues siempre que las lunas estaban llenas me visitaba para coger un poco de mi esencia y cuando no había lunas regresaba a por algo distinto. Algo más violento y grotesco que no pienso ni si quiera mencionar. Abrió la celda con magia y me miró a los ojos con los suyos llenos de lujuria.

 

—Si te portas bien te levantaré tu castigo y te dejaré deambular por la torre. Incluso podrás comer a tu antojo. Bueno eso hasta… —Hizo una pausa y me lamió el rostro—. Que llegue luna nueva…

Farlyon se rió, pero yo no le respondí. Había aprendido a lidiar con él y sabía que la mejor respuesta era la pasividad. Cerré los ojos y pensé en todo el tiempo que llevaba encerrada en aquella torre. A penas recordaba casi nada de mí, solo meros fragmentos de imágenes y sonidos borrosos.

En realidad, no sabía si Eris era mi verdadero nombre o sólo por el que me llamaba Farlyon. Miré a mis manos, aprisionándolas estaban los grilletes mágicos que me impedían acceder a la magia y escapar de mi infierno personal.

—Hoy es un día especial, es tu cumpleaños. Aún recuerdo cuando tu madre te trajo al mundo y te sostuve entre mis brazos por primera vez… —Farlyon se acercó a mí, acarició mi cabello y, después de olerlo, suspiró—. Tienes su mismo olor… Aunque los ojos… Eso lo heredaste de mí.

 

No contesté, era una historia que había escuchado tantas veces que había dejado de contarlas. Suspiré para mis adentros. «Diez años. Han pasado muchos días desde que me desperté en esta torre. Siempre me he preguntado cómo sería el mundo más allá de esta torre». Fantaseaba con vengarme, aunque jamás lo había intentado en serio.

Había probado a escaparme varias veces. Una vez sencillamente salí corriendo mientras dormía, pero no pude atravesar la puerta, aquellos grilletes mágicos me retuvieron. Después de lo que me hizo como represalia por mi vago intento de huida. Sin embargo, los días pasaban y yo ya había perdido lo que hubiera podido quedar de mi misma en aquella torre. Cada momento que pasaba me sumía más en la oscuridad.

Además, estaba Madeline. Suspiré. Madeline es… quiero decir…era la única razón por la que quería escapar de allí. En mi mente aún estaba dibujada su mirada triste, su nariz respingona, su sonrisa tímida y su olor a vainilla. Recordaba que el sabor de sus labios eran fresas y el tacto de su cabello rubio era como la seda. Adoraba cómo lucían sus pecas cuando arrugaba la nariz o cómo se sentía su rosada piel sobre la mía. Aquel recuerdo me producía nostalgia y dolor…

 

—A veces sueño con lo que hay más allá de esta torre, con los paisajes que podríamos ver y recorrer juntas… —comentó Madeline con la mirada ausente.

—Es un bonito sueño, aunque ambas sabemos que no puede hacerse realidad…

—Siempre estás triste, Eris. ¿No te agrada que esté a tu lado?

—¿Sinceramente? Dudo que este corazón pueda amar, está demasiado roto. Si he de confesarme ante ti. Hace tiempo que dejé de odiar a Farlyon.

—No puede ser, veo las lágrimas en tus ojos por las noches… Sé que tu corazón siente, aunque tú no quiera que sea así.

—Cuanto más tenga, más me podrá arrebatar ese hombre. Tengo miedo de que le dé por fijarse que en su nueva ayudante viene a visitarme…

—Así que admites que te preocupas por mí —bromeó Madeline.

—Maddie… —Acaricié su rostro—. Lo digo en serio. ¿No puedes ir en busca de ayuda?

—Quizás no tenga grilletes, pero tampoco soy libre. Estoy igual de encerrada que tú en esta torre.

 

Suspiré y ella me dio un beso en los labios. Entonces escuché cómo Farlyon se acercaba y volví de nuevo a la realidad. Su mano huesuda me agarró por el cuello con fuerza.

 

—No eres consciente de lo importante que son esos ojos, es nuestra marca como hechiceros del caos… Aquello que nos hace superiores a todos los demás… —afirmó Farlyon—. Aunque hay gente ahí fuera que no pensaba lo mismo, por eso has de estar aquí, mi hija. Si llegasen a descubrirte, te matarían al instante. Los meros mortales… tienen miedo de aquello que no pueden comprender y cuando tienen miedo se comportan como animales. Es por eso por lo que no puedes escaparte, lo entiendes, ¿no?

 

Yo no respondí. Sabía de sobra las maquinaciones de Farlyon y que lo mejor era no escucharle. Y tampoco es que me importara lo que tuviera que decirme.

 

— Yo solo… quiero protegerte… —dijo Farlyon a un centímetro de mi rostro.

 

Otra de las tantas consignas que repetía sin cesar para intentar justificar que me tuviese retenida en aquella torre. Quizás no pudiera recordar nada, pero sus palabras ya no conseguían embelesarme como antes. La única cosa que tenía clara es que quería salir de esa torre, me daba igual lo que pudiera haber afuera, no podía ser peor de lo que había dentro. Tampoco tenía nada que perder ya. ¿Acaso se podía llamar vivir a aquello? No, claro que no. Quizás mi corazón siguiera latiendo, pero hacía mucho que había muerto.

Farlyon siempre estaba intentando taladrar en mi mente, hacerme caer en el olvido. Al principio le funcionaba debido a mi falta de memoria, sin embargo, perdió su máscara el primer día de luna nueva. Aquella fatídica noche la oscuridad se apoderó de mi propio ser y el demonio mostró sus cuernos. Y una vez que la máscara cae y ves su verdadero rostro, no puedes olvidarlo.

Ya lo he intentado, con todas mis fuerzas…, pero no se puede huir de la verdad cuando ya le has visto la cara. Lo único que te queda es enfrentarte a ella.

Farlyon era muy cuidadoso, había generado un hechizo de invisibilidad y otro de impenetrabilidad alrededor de la torre. Nadie más que él podía salir y entrar. «A estas alturas prefiero morir a seguir encadenada».

—¿Me acompañas a cenar, mi bella Eris? —preguntó Farlyon.

Aunque en realidad no era una pregunta, si no una imposición. Yo le seguí la corriente, aquello no duraría mucho. Esa misma noche cambiaría todo, lo había decidido al ver la luna. «La muerte será un regalo que aceptaré con gusto. Así seré más libre de lo que podré ser nunca en esta maldita torre».

Acompañé a Farlyon hasta el comedor y, mientras caminaba por los pasillos de la torre, observé la completa ausencia de decoración. Estaba hecho así a propósito, era una forma de recordarme que aquella torre sería para siempre mi cárcel.

—Bien, termina de comer y comenzaremos con el ritual.

Así es como Farlyon llamaba a absorber mi esencia, era una forma de drenar mi magia y, de paso, hacerse más poderoso. Comencé a comer mi plato de puré y verduras con suma delicadeza. Lo del cuchillo ya lo había intentado una vez y acabó clavado en mi pierna derecha. Aunque, de todos modos, tampoco era una opción porque Farlyon ya nunca me ponía cuchillo, tan sólo cuchara y tenedor. En otra ocasión, me llevé la cuchara a escondidas para romper mis grilletes. Cuando me descubrió, me obligó durante un mes a comer del suelo con las manos. No volví a llevarme nada nunca más.

—Te lo has comido todo, buena chica. —Farlyon me acarició la cabeza en signo de aprobación—. Ahora quiero tomar una copa, después realizaremos el ritual. Me siento especialmente afable esta noche. No deseo otra cosa que estar a tu lado, hija mía.

—Y yo con vos, padre.

Farlyon comenzó a beber y a parlotear sin sentido. Yo no le escuchaba, estaba concentrada en controlar todo mi ser para no darle ni una mísera pista de mis planes.

Farlyon se acercó hasta mí tambaleándose, borracho. «Es patético, debería haber hecho esto hace mucho tiempo». Miré a su cuello, de él ya no colgaba la llave de mis grilletes.

Suspiré para mis adentros, después de mi último intento de fuga se había vuelto en aún más cauteloso y yo había dejado atrás todo rastro de humanidad que hubiera en mi alma. Cogí la cuchara y fui doblándola poco a poco hasta romperla.

—Mi querida Eris… ¿Qué tienes ahí? ¿Pretendes clavarme eso?

Farlyon me lanzó un potente hechizo de aturdimiento que recorrió mis venas. Yo regresé mi rostro para mirarle a los ojos con pasividad.

—No, no es para ti.

Cogí la cuchara rota y comencé calvármela en mi brazo izquierdo para romper el hueso. Farlyon me golpeó con un vaso, pero no paré hasta que el primer grillete se rompió. Una vez libre, sentí como el caos acudía a mí. Mis ojos violetas relucían en la oscuridad.

Farlyon me lanzaba hechizos, pero estos rebotaban. Agarré su cuello y comencé a succionarle la fuerza hasta que delante de mí solo quedó un ser raquítico y deformado. Me di otro enorme golpe en la otra muñeca contra la mesa y quité el otro grillete con la boca. Lo escupí y sentí como mis manos se curaban con el nuevo poder que había ganado. Como por mis brazos fluía una corriente eléctrica que palpitaba con fuerza. De mis venas moradas, que se traslucían sobre mi piel blanca, comenzó a brotar caos y aprisionó mis brazos, haciéndolos sangrar. Al parecer ese sería el precio de mi libertad, pero no me importaba. Al menos ahora podría matar al indeseable de Farlyon.

—Ya no temes a la oscuridad ni a la muerte. Mi bella Eris, ya no eres la misma niña que traje hace diez años… —Farlyon me miró asustado— ¿Quién eres?

—¿Yo? Solo soy alguien que estaba cansada de estar en esta torre. Nada más.

Cogí la cuchara rota y le rajé el pene por la mitad. Sus gritos inundaron la torre. Le dejé allí desangrándose y, sin mirar atrás, me dirigí a la salida. Allí estaba la puerta. Respiré hondo y la abrí. Me alejé de la torre y la contemplé una última vez antes de desparecer entre los árboles. «Adiós, torre. No te voy a echar de menos».

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