Una tarde cualquiera


“Nadie nos advirtió que extrañar, es el precio de los buenos momentos” (Mario Benedetti).


Cuando me preguntan qué es lo que más extraño de mi abuelo, a quien considero como un segundo padre, siempre respondo que me gustaría volver aunque fuese por un solo día a aquellos tiempos en los que siendo una niña pasaba las tardes jugando a saltar la comba mientras me cantaba “al pasar la barca”, o de aquellas mañanas en los fines de semana desayunando churros viendo los dibujos en ‘la 2’ o en ‘La Banda’ mientras él se sentaba a mi lado leyendo el periódico, y a veces murmuraba quejándose de lo mucho añoraba aquellos años más sencillos de antaño.
Me acuerdo en especial del día que le quité los ruedines a mi bici, tendría unos cinco o seis años por aquel entonces, y como tenía mucho miedo mi abuelo me prometió que por cada vuelta él me daría un trozo de plátano maduro y al terminar me daría 25 pesetas de aquel entonces. Yo, que adoraba el plátano y aún más los desafíos, acepté encantada y me dispuse a dar mi vuelta. Iba por tercera vuelta cuando apareció mi primo mayor y comenzó a chincharme, y entonces me caí. Me acuerdo que comencé a llorar, pero no por la herida pues ni si quiera me dolía sino porque pensé que había decepcionado a mi abuelo por haberme caído. Él, no obstante, me puso una tirita y me señaló la bici, indicándome que volviese a montar.
—Abuelo, ¿y si me caigo otra vez?
—Pues te vuelves a levantar y lo vuelves a intentar —Él me miró lleno de ilusión y sonrió—. A lo largo de tu vida te caerás muchas veces y es posible que te hagas daño o te lo hagan a ti, pero lo único que realmente importa es que te vuelvas a levantar y lo vuelvas a intentar una y otra vez hasta que lo consigas.
—Pero no ha sido culpa mía, es que el primo se ha reído de mí y entonces pues me he caído.
—En esta vida muchos van a intentar que no consigas lo que quieres, ya sea por envidia, odio o hasta por aburrimiento. No les la satisfacción de dejarles ganar. Eres una niña muy valiente y sé que eres una luchadora. Ahora coge esa bici y vuelve a montar en ella, sé que puedes hacerlo. Vamos, yo estaré aquí todo el tiempo y cuando termines te daré esas 25 pesetas para que te compres un helado. ¿Qué te parece?
Yo sonreí y me limpié las lágrimas. Mi primo intentaba hacer que me volviera a caer, pero yo no le escuchaba y ni si quiera le miraba, tan solo seguía pedaleando pensando en ese helado que me iba a tomar luego con mi abuelo. Creo que fue en ese momento en el que decidí que pasará lo que pasará, por muchas veces que tropezara y por muchas veces que intentasen derribarme yo no me rendiría, al fin y al cabo, tal y como decía mi abuelo: “lo importante no era la cantidad de veces que te tropezaras sino la cantidad de veces que volvieras a levantarte”.
Mi abuelo me enseñó muchas cosas durante aquellos años, mientras mi madre trabajaba él y mi abuela cuidaban de mí junto a una niñera contratada por mi madre, y todo lo me enseñó durante aquellas tranquilas tardes lo he ido guardando como un tesoro al que podría acudir más adelante si alguna vez lo necesitaba. Sin embargo, mi abuelo no era perfecto. Cumplía con todos los clichés que pudiera esperarse de alguien de su cumpleaños edad, aun así, ahora que ya no está aquí entre nosotros, siento como si me hubieran arrancado un trozo de mi corazón. Nos os equivoquéis, estoy segura que de aún estar vivo seguiría siendo el mismo hombre orgulloso y obstinado que conocí. Y apuesto también a que seguiría animándome para que volviera a subirme a aquella bici, sin importarle lo más mínimo el tiempo que hubiera pasado desde entonces.
Recuerdo como un día tras regresar del colegio muy enfadada mi abuelo me preguntó que había pasado. Yo no sabía si me iba a comprender pues sabía que mi abuelo era muy cerrado de mente para muchas cosas, en cambio, también sabía que me quería y que jamás me diría nada que pudiera hacerme daño. Así pues, tras resoplar y armarme de valor procedí a contarle lo que había pasado.
—Pues que en el colegio se meten conmigo. Me llaman pingüino porque tengo los pies doblados, dicen que soy un bicho raro porque me gusta leer y me llaman marimacho porque me gustan las mismas cosas que a los niños, ¡pero no lo entiendo! ¿Qué hay de malo que me guste jugar al fútbol en vez de jugar a la comba? Si soy la mejor portera y los niños quieren jugar conmigo, ¿qué tiene de malo? ¿Soy rara porque me gusten otras cosas? No me gusta el rosa, ni cotillear ni jugar a las casitas, es que lo veo muy cursi. A mi me gusta jugar con los legos y a los tazos de Pokémon, es mucho más divertido. No entiendo porque tiene que haber cosas de niña y cosas de niño, ¿y ya porque soy una niña no puedo hacer cosas de niño? ¡Pues no es justo! ¡Yo quiero hacer cosas de niño! ¡Me da igual si soy una niña!
—Tú puedes jugar a lo que de la gana, ‘ya pueden decir misa’. ¿No has escuchado la expresión de: “ande yo caliente, ríase la gente”? Pues eso, a ti te tiene que dar igual lo que te digan los otros niños; ya te pueden llamar pingüino o Pitufina que tú no les hagas caso. Lo que pasa es que te tienen envidia porque eres una niña muy guapa, fuerte e inteligente. ¿Y qué si andas diferente? Son unos ‘carapapas’ con dientes de conejo y orejas de soplillo—.
Esa comparación me hizo reír.
—Y ahora, a hacer la tarea si quieres ver los dibujos.
Le di un abrazo y le susurré un ‘gracias’ antes de irme corriendo al salón para hacer la tarea. Evidentemente el problema que tenía en el colegio no se solucionó de la noche a la mañana, pero sino hubiera sido por aquellas charlas que tenía con mi abuelo no sé si hubiera podido disfrutar de mi infancia. En esos momentos tenía mucho equipaje: el bullying en el colegio, el divorcio violento de mis padres y el hecho de haber nacido con aquel problema de pies. Este último por cierto me llevó veintiún años describir no sólo que era lo que tenía sino cómo enfrentarme a ello, aunque en me temo que es algo que incluso hoy en día sigo aprendiendo.
Os voy a ser sincera: ahora que ya no está a mi lado es cuando más le echo de menos. Extraño jugar con él al ajedrez, escucharle tocar la guitarra, ver con él y mi abuela “Saber y Ganar”, leerle algunos de los cuentos que yo escribía antes de irme a dormir, y, sobre todo, extraño su mirada. Cuando te miraba, sentías su aprecio y admiración, tenía un brillo especial en los ojos que te hacía sentir especial.

Hay una frase que él me dijo que jamás se me olvidará: “No hay mayor victoria sobre tú enemigo que te vea sonreír, sobre todo cuando ha intentado por todos los medios que no volvieras a hacerlo”. Durante mucho tiempo apliqué su forma de ver las cosas, hasta que un día una de las niñas que me hacía bullying amenazó a mis padres. Creo que nunca me había enfadado tanto en mi vida. Ella era enorme, me sacaba una cabeza, y ahí estaba yo: una micurría de diez años estampándole una silla de plástico con todas mis fuerzas. Yo era la niña callada de clase que jamás se metía en líos, la que mientras otras salían a la calle quería seguir jugando con los ‘playmobil’ o con las ‘Bratz’ porque bueno yo odiaba las ‘Barbies’ y las otras muñecas, pensaba que eran cosas muy de pijas (como las niñas que hacían bullying eran así, yo las odiaba y a todo lo que pudiera estar algo relacionado con ellas). Me gustaban las ‘Bratz’ precisamente por ser diferentes y porque podía jugar con ellas a crear historias como, por ejemplo, imaginar que fuesen espías. A veces pedía alguna Barbie, pero no por la muñeca sino por los elementos que traía consigo, como coche o accesorios. Me acuerdo que solía despelotarlas, cortarles el pelo, pintarlas con rotuladores y lanzarlas a una diana de juguete como si fueran flechas. A veces hasta les quitaba las cabezas y las utilizaba en Halloween para asustar a otras niñas o a mis primos.
Y, aunque aquella filosofía de vida de mi abuelo me vino bien al principio, luego me di cuenta siendo más mayor: es cierto que tú puedes controlar cómo te afectan los comentarios ajenos, pero tampoco puedes dejarte pisotear porque llega un momento en el que ya no solo van a por ti, sino a por la gente que quieres. Cuando tenía 15 años tuve mi segunda y la última pelea de mi vida. Después de haberle dejado claro a mi antigua bully que no podía meterse conmigo o mis padres, apareció una diferente con métodos más sutiles, pero igualmente efectivos.
Una de sus grandes ideas fue obligarme a estar a pleno sol durante horas uno de esos días que no teníamos clase por festividades religiosas, probablemente lo único bueno de estar en un colegio de monjas, y acabé quemándome ambos brazos. Estuve días sin ir a clase después de aquel suceso.
El caso es que yo por fin había conseguido amigos por lo que ella ya no tenía tantas armas con las que podía atacarme, y aquél era uno de mis últimos días en aquel infierno de colegio, me trasladaban a uno público en el que estaría con mis amigos y mandaría a la mierda a los gilipollas de mi clase. Total, que estábamos ensayando el baile de fin de curso y apareció ella quejándose de que lo hacíamos mal, siendo, como no, una pedante de mierda. Decidí pasar de ella y comencé a bromear con mi amiga, cosa que por supuesto no le sentó nada bien a la acosadora.
—¿De que te ríes? ¿Es que acaso te hace gracia hacer el ridículo? —inquirió ella con retintín.
—Mira, este es mi último año y no te voy a tener que aguantar ni a ti ni a este colegio de pijas, así que me la sopla lo que me digas y me sopla hacer el ridículo como tú dices. Yo me lo voy a pasar pipa bailando con amiga así pues, que te den.
—Pero, ¿quién te has creído que eres si eres una friki machorra? ¿Y que te crees que voy a permitir que te salgas con la tuya? Pues que sepas que si te vas pienso hacerle la vida imposible a tu primo pequeño. Sí, ese que va a sexto de primaria, que sé quién es. En

cuanto te vayas pienso acosarle hasta que se quede sin amigos y entonces te arrepentirás de haberme respondido así, friki de mierda.
Creo que a estas alturas probablemente ya sabéis cómo terminó la historia. Efectivamente, yo en el despacho del director y la imbécil llorando de miedo por si yo volvía a partirle la cabeza contra la canasta de baloncesto como acababa de hacer. En mi defensa diré que conseguí que no se acercara a menos de 100 metros de mi primo.
Supongo que esto es una especie de confesión, aunque yo no crea en esas cosas. Me hubiera gustado haberle escuchado más, incluso cuando las cosas que decía carecían de lógica alguna, y sobre todo deseo haberme podido despedir de él antes de tener que decirle adiós para siempre. No creo que a nadie le gusten esta clase de despedidas, pero la muerte forma parte de la vida misma. Aun así permitidme llorar su ausencia, y además recordar con añoranza aquellas tardes de verano en las que montaba en triciclo mientras él me relataba historias de otros mundos en los que yo siempre era su pequeña princesa.
Debo de reconocer que me tenía muy mimada: yo era la niña de sus ojos a fin de cuentas porque mis padres se separaron cuando yo tenía apenas dos añitos (y no en buenos términos debo añadir), por lo tanto, yo pasaba tanto tiempo junto a mi abuelo que me resultaba prácticamente imposible imaginarme estar un solo día sin su reconfortante compañía. Echo de menos su voz cuando me cantaba canciones, la mirada que me dedicaba al sonreírle, y sentir sus manos agarrando las mías. Le extraño cada día y me acuerdo de él constantemente.
Quiero pensar que de algún modo una parte de él siempre vivirá conmigo en mis recuerdos y si, por un casual el más allá existe, espero que él esté orgulloso de la mujer independiente, fuerte y bondadosa en la que me he convertido (gracias en gran parte a su cariño, comprensión y paciencia).
Si pudiera pedir un deseo, desde luego sería pasar una tarde cualquiera junto a él en la que volviésemos a jugar al ajedrez o salteamos de nuevo a la comba mientras él me cantaba. Tengo la esperanza de quizás incluso nos volvamos a ver.

Autor: elenasiles

En 2014 publiqué mi primer libro impreso "La Prueba". En 2019 publiqué La Guerrera Drager , en 2020 Piratas de Sagara y en 2021 Los Guardianes de Almas. Fui directora de YouAreWriter desde 2013 a 2019. He participado como autora en Renacer, Antología Benéfica (2020), en Invencibles, Una antología benéfica (2021) y en Antología Recuerdos de Tinta (2021). Además he coordinado, editado y publicado Antología Show Your Rare (2020) , Antología Sueños de Aire (2020) y Antología Criaturas de la Noche (2021) Mi email es: youarewriter.wordpress@hotmail.com Mi blog: www.elenasaavedrasiles.wordpress.com

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