Guerra de Dioses cap 18 por Elena Siles

Capítulo 18

Al día siguiente Leith y Eiko habían quedado juntas después de desayunar para buscar el vestido de novia de Leith. Emer se había quedado con sus compañeros kenders, Katara y Huor se dedicaron a formar a los reclutas, Bastian quiso pasar el día con sus hijos y Marcia, Yael decidió ayudar a Samir para recibir a los soldados del reino de Strahl y Vihar, Helena había decidido pasar el día con Ámber pues ambas se habían hecho amigas desde el regreso de Helena, y Zenón y Vita habían aprovechado para pasar el día juntos. Leith y Eiko habían entrado en la única tienda de vestidos de novia de la ciudad, y como habían hecho las cosas muy deprisa no tenían mucho donde elegir. Ambas iban vestidas con dos vestidos sencillos que le había prestado la princesa Ámber, sería mucho más sencillo para cambiarse de ropa que sus armaduras de guerrera. Sin embargo, seguían llevando el distintivo broche dorado que las distinguía como ambarinos.

El dueño de la tienda las recibió con un cordial saludo y las invitó a pasar —¿Quién es la afortunada novia? —Leith dio un paso hacia delante y entonces el dueño la reconoció —¡Por el amor de los dioses de Ciel! Usted es la capitana de los ambarinos y usted joven es la heroína de Erde. ¡Qué enorme honor es conoceros!
Ambas sonrieron y Leith asintió —Es placer también es nuestro.
Eiko se acercó hasta el dueño —Verá buen hombre la novia se casa a finales de esta semana, ya sé que le estoy pidiendo un milagro. Pero por casualidad ¿no tendría usted un vestido que pueda servirle?
El dueño se quedó pensativo —Bueno tengo varios vestidos de su talla, pero no son lo suficientemente glamurosos para la capitana de los ambarinos. Para el vestido de la princesa lo mandé a diseñar y fabricar en exclusiva. Los vestidos que tengo son muy sencillos, no están a la altura de una boda real.
—No se preocupe buen hombre, nos conformamos con un vestido de novia para la alta sociedad que le pueda quedar bien —respondió Eiko.
El dueño asintió —Bueno, espero que lo que tengo pueda satisfacerla —el dueño les entregó el primer vestido — Pruébeselo.

Leith cogió el vestido y fue hasta el cambiador. El vestido de color blanco roto tenía las mangas largas, escote de pico y corte sirena. Leith salió poco después con el vestido puesto, el resultado fue algo decepcionante.

Leith se miró al espejo decepcionada —Siguiente vestido, por favor.

El dueño de la tienda le entregó un segundo vestido blanco de mangas cortas, escote de corazón con mangas caídas, ceñido por todo el cuerpo y pedrería incrustada. Leith se fue al cambiador y al salir el resultado fue incluso peor. El dueño le dio un tercer vestido blanco roto de palabra de honor, escote de corazón con encaje como decoración y de corte princesa. Leith salió del cambiador y al verse con el vestido se emocionó, era impresionante. Era perfecto, elegante, cómodo y hasta algo sexy. El dueño también le entregó unos pendientes, zapatos y un velo a juego. Y cuando Leith se lo puso todo no pudo evitar llorar emocionada, había estado esperado aquel momento durante mucho tiempo y por fin había llegado.

—Es el vestido, sin duda —afirmó Leith algo más calmada.
El dueño asintió alegre —No hay que hacerle ni siquiera ningún arreglo, te queda perfecto. Va a estar usted preciosa en su boda, enhorabuena.
Eiko emocionada abrazó a Leith —Te lo mereces —Leith asintió y se separó de Eiko con lágrimas aún sobre sus mejillas —Bueno, ve a cambiarte. Dentro de poco será tu gran día y aún tenemos que preparar muchas cosas.

Leith se volvió a cambiar, pagó el vestido y caminó junto a Eiko hasta llegar al castillo. Pasaron el resto del día juntas como madre e hija, intentando recuperar aquellos momentos que no habían podido vivir juntas. El resto del día fue bastante común para los demás, pero para Leith sería un día que jamás olvidaría.

En Cik la guerra se libraba ahora con las puertas cerradas, pero no significaba que fuera menos sangrienta. Muchos ángeles habían muerto, pero muchos más demonios habían caído. Liderándolos estaba Gabriel, portando su espada negra y empuñadora roja en su mano izquierda y un escudo dorado redondo en la otra mano. Vestía una armadura ceñida dorada de cuerpo completo con dos aberturas en la espalda para que salieran sus alas y un cinturón sobre el cuál colgaba la funda de su espada.
Delante de él había una horda de demonios de todas clases dispuestos a seguir luchando. Intentaban eliminar a los suficientes demonios para que cuando la batalla final llegase tuvieran alguna oportunidad de ganarla. Los ángeles estaban cansados de esperar en Ciel, sentían la necesidad de por lo menos ayudar en la medida de lo posible.
Así pues, Gabriel cruzó las puertas del averno con una legión de ángeles dispuestos a dar su vida y luchar en el propio infierno para intentar arrinconar aún más a Azrael y obligarle a atacar en Withw. Llevando así la batalla lejos de las ciudades, evitando así muchas muertes. La guerra seguiría llevándose muertes, era inevitable y si la perdían entonces no habría servido de nada; pero debían intentarlo. Darle más almas a Azrael tampoco es que fuera una opción. Debían luchar por cada alma hasta el final. Mot y Azrael debían cumplir su pacto con el Caos. Sino lo cumplían todo desaparecería para siempre y el Caos volvería al universo.
“Sin oscuridad no puede haber luz. Si se trastoca demasiado nuestro equilibrio todo aquello que conocemos se esfumaría, sin más. Ese es el trato, puedes ayudar a inclinar un poco esa balanza; pero si participas cambiará demasiado y tendré que comenzar desde el principio” Aquellas habían sido las últimas palabras del Caos, el cual se alejó hasta las más profundidades de la galaxia, esperando el momento de la destrucción.
Así pues, Gabriel lideró a sus hombres hasta los demonios, sabiendo que probablemente ninguno de ellos saliera vivo de aquel sangriento enfrentamiento. Las paredes de aquel lugar eran rocosas y negras, y estaban iluminadas por un gran sol rojo que se alzaba en lo más alto. El suelo tenía losas negras, pero se había derramado tanta sangre allí tantas veces que había adquirido un color rojizo y un olor espeluznantemente familiar a la muerte. Gabriel cogió a un pequeño diablillo que había trepado por una de sus piernas y lo espachurró sin apenas esfuerzo. Sus hombres empezaban a caer uno a uno, por suerte la avalancha de demonios cesó de repente. De unas sombras surgió Venus de la mano de Azrael. Gabriel no daba crédito a lo que estaba viendo, todos sus hombres se postraron ante ella.
Una mirada y le tendría en la palma de la mano, pero Gabriel decidió tomar una decisión vital. Se tapó los ojos y echó a volar tan rápido como pudo, pero Azrael le atrapó con unas cadenas. Gabriel aturdido en el suelo, pero consciente intentó liberarse mientras los dos amantes se despedían.

—Voy a volver a Ciel —dijo Venus —Y te demostraré de una manera u otra que estoy de tu lado. Te lo prometo.
Azrael cogió su rostro enfadado —Más te vale compensarme por la chapuza del árbol de las almas o de lo contrario no tendrás mi favor nunca más y el rostro que tanto presumes de exhibir quedará reducido a… cenizas.
Venus asintió —Así lo haré, pero me gustaría pedirte una cosa sino es mucho pedir… por favor —Azrael la miró atento —No mates al ángel.
Azrael se rio maléficamente —¿Es que aún estás enamorada de él?
—¡No! —gritó furiosa Venus —Tú me arrancaste esa cruel emoción de mi pecho y por ello te doy las gracias. Deseo verle morir con mis propios ojos cuando regrese.
—De acuerdo, pero no tardes demasiado.

Venus se despidió de Azrael y se marchó volando en una nube hasta las puertas de Ciel. En el suelo Gabriel consiguió librarse de sus ataduras. Azrael al darse la vuelta vio cómo Gabriel ya había echado a volar. Sin pensárselo dos veces mandó a todos sus demonios voladores a por él, pero las puertas superiores seguían abiertas y sobre su cuello colgaba la llave necesaria para volver a abrirlas.
Entre tanto en Ciel las cosas habían vuelto a ponerse algo peligrosas. Venus salió de las puertas y salió corriendo hacia la habitación de Moira, era la única que podría haber visto algo. Debía matarla o de lo contrario descubriría su plan. Moira lleva puesto su habitual vestido morado largo con los remates en rosa y sobre sus manos de piel oscura descansaba su bola de cristal. En ella guardaba todas sus visiones, tanto las que se habían cumplido, como las que no. Sin embargo, hacía tiempo que no tenía nuevas visiones.
Todos los dioses y semidioses habían vuelto a Ciel después de haber vencido a los demonios de Azrael. Moira frustrada pasó sus manos sobre su pelo gris lacio y corto, y suspiró. Entró entonces en su habitación su hermana Laika, diosa de la suerte.
Laika tenía el pelo verde, largo y lacio, sus ojos eran verdes oscuros, su piel blanca, sus rasgos ovalados y definidos, y su constitución delgada y alta. Llevaba puesto un vestido beige y dorado largo de escote recto, con un lazo sobe el pecho y sandalias a juego. Laika se sentó al lado de Moira y la abrazó. Entró entonces también en la habitación Venus, la diosa del amor. Aunque Helena era hermosa, no era nada en comparación con su madre. Venus era pelirroja, con el pelo largo y ondulado, sus ojos eran azules, tenía la piel blanca y rasgos perfilados, y su constitución era con curvas y de mediana estatura. Llevaba puesto un vestido rojo, largo, de escote de pico cogido a cuello, y unas sandalias doradas a juego con su pulsera.

—Curioso, ¿la fortuna no te sonríe aún? —bromeó Venus.
Laika puso los ojos en blanco —Siempre tan elocuente.
—¿Cómo está Orión? —preguntó Moira.
—No lo sé —mintió Venus y miró a Moira —Entonces no tienes visiones…
—No —le cortó Moira —Desde hace tiempo y no sé por qué.
—Bueno no te preocupes, seguro que se te pasa. Ahora si me disculpas voy a ver a mi hermano Indra —Venus se marchó de la habitación con paso decidido.
—Candara debe de estar destrozada, ha sufrido la pérdida de muchos seres queridos. Primero Eón y después Nox —comentó Laika.
—Eón también era nuestro padre —le recordó Moira.
—Sí, pero aún tenemos a nuestras hermanas —contestó Laika.
—Cierto —afirmó Moira.

Las tres se marcharon de la habitación de Moira y fueron caminado hasta la biblioteca. Por el camino se encontraron con Iana y Karma.

—Hermanas —la saludó Laika —¿Cómo estáis?
—Preocupadas por Orión —contestó Karma.
—¿Quién está cuidado de él ahora mismo? —preguntó Moira.
—Mot —respondió Iana.
—Eso significa que es más grave de lo que pensábamos —comentó Moira.
—¿No podría Liv ayudarle a recuperarse? —insinuó Laika.
—Si Mot no puede ayudarle, es que su destino ya está sentenciado —dijo Moira.
—¿Has conseguido ver algo? —preguntó Karma y Moira negó con la cabeza.
—No te preocupes, pronto recuperarás de nuevo las visiones —intervino Iana.
—Eso espero —contestó Moira.

Venus llegó hasta los aposentos de su hermano, Indra, y le encontró haciendo pesas. Venus le interrumpió con una leve tos e Indra dejó las pesas en el suelo y sonrió al verla. Su piel oscura estaba brillante, así que se secó con una toalla y bebió un poco de agua de una jarra. A pesar de ser un dios, prefería mantener su cuerpo con ejercicio y no usando sus poderes. A Indra le gustaba machacarse, probablemente por eso era el dios de la guerra.

—¿Qué sucede hermana? —preguntó Indra.
—Quería saber cómo estabas.
—Preparándome para la guerra que se avecina —Indra la miró a los ojos y un escalofrío le recorrió el cuerpo —Siempre andas con tus juegos hermana y nunca sé que pretendes con ellos. Eres tan caprichosa como hermosa.
Venus sonrió pícaramente y caminó hasta Indra —Ya me conoces.
De pronto entró en la habitación Liv —¡Apártate de ella! —Liv apuntó a Venus y le lanzó un potente hechizo, pero ella se escabulló entre las sombras —¡Maldita sea!
Indra se la quedó mirando boquiabierto —¿A qué viene eso?
Liv frustrada se pasó las manos por su pelo blanco, largo y lacio —Gabriel acaba de volver del Averno. Adivina a quién encontró junto a Azrael allí. Pretendía matarte para demostrarle a él su lealtad, pero ahora que he frustrado sus planes iniciales irá a por mi hija para vengarse de mí.
—Enviaré a mis mejores guerreros para protegerles —afirmó Indra.
—Caerían en las redes de Venus enseguida. No, esta vez iré personalmente —y dicho esto Liv se fue tan bruscamente como entró.
Indra corrió para ir a ver a Gabriel, el cual estaba en su habitación recuperándose de sus heridas. Indra entró sin llamar —Explícame por qué mi hermana está con Azrael y ahora se dirige a intentar matar a nuestros hijos.
—Venus fue quién hizo despertar la parte arcángel de Leith para intentar salvar el amor que tenía ésta con Yael. Después de todo, es a lo que se dedica Venus. Pero al hacerlo Azrael la atrapó, la secuestró e hizo que Venus se enamorase de él.
—¿Y ha estado de su parte todo este tiempo? —preguntó Indra.
Gabriel asintió —Ella fue quien hizo que el árbol de las almas enfermase.
—No me lo puedo creer. Debe de estar controlada por Azrael de alguna forma.
—Y así es. Azrael oscureció su corazón; pero ella eligió permanecer a su lado.
—¿Y ahora qué?
Gabriel le miró abatido —Aunque consigamos vencer a Azrael sé que esta guerra nunca terminará. Nuestra eternidad la pasaremos luchando contra la oscuridad y llegará el día en el que no podamos seguir luchando, y todo se terminará. Es el ciclo de la existencia. Caos, creación, vida, destrucción y de nuevo caos. Es absurdo.

—No lo es si aprovechas el tiempo que tienes de vida, eso es lo que le da sentido a todo esto. Luchamos porque ese día llegue lo más tarde posible, no sé si será con esta guerra o no. Lo que sí sé es que exprimiré cada segundo por si acaso y que lucharé hasta el final. Porque si nos rendimos ahora, entonces estaremos sentenciándonos. Al menos debemos intentarlo, ¿no crees? —explicó Indra.
Gabriel asintió —Tú siempre estás dispuesto a luchar, supongo que eso te hacer ser quién eres —Gabriel notó como sus heridas le volvían a doler —¿Me dejas a solas un momento? Necesito descansar.

Indra asintió y se marchó de la habitación. Al salir miró el Lhasa, el edificio donde vivían los dioses, era magnífico. Sus columnas de marfil relucían bajo la luz del sol, el suelo construido sobre las nubes era de piedra caliza y al lado del Lhasa estaba el árbol de las almas. El árbol de las almas estaba fuerte y sólido, las almas estaban a salvo de Azrael. Al menos, por ahora.

Leith se levantó temprano, mañana sería el gran día y aunque estaba muy nerviosa, estaba deseando casarse. De pronto alguien llamó a su puerta, al abrir vio que no había nadie. Extrañada volvió a cerrar la puerta y una mano oscura se posó en su hombro. Instintivamente lanzó un hechizo hacia atrás y se apartó de su agresor. Venus se quedó en el suelo mirándola con una sonrisa de desprecio.

—Siempre estás alerta, ¿no? —insinuó Venus.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó Leith.
—Terminar aquello que yo comencé. Es curioso, sino fuera por mí tu parte arcángel jamás se hubiera despertado y Yael ahora estaría muerto. Por aquel entonces creía que un amor tan intenso merecía ser salvado, pero ahora solo quiero destruirlos porque me recuerdan aquello que yo jamás he podido tener —explicó Venus.
Leith la miró y vio la oscuridad en ella —Sé que tu corazón está ahora dominado por la oscuridad, la ira y el miedo; pero puedes volver a llenarlo de luz. Una vez amaste y Helena es el resultado de ello. Si me dejas que te ayude…
—¡No! —gritó Venus —Ahora la oscuridad es mi nuevo amor y no pienso fallarle esta vez —Venus se marchó por la ventana y Leith la persiguió.

Liv llegó a Sapta Dvipa algo cansada. Bajó en un prado rodeado por árboles, cerca de Kusha y comenzó a correr hacia la ciudad. No podía permitir que Venus rompiera el amor entre Yael y Leith, si eso ocurría Leith no lucharía y Azrael vencería en la guerra de dioses. Ya había ayudado antes a su hija, pero siempre se presenciaba con una forma más espiritual ya que hacerlo de una forma física suponía mucha energía. Sin embargo, no podía aparecerse sin más delante de ella en mitad del castillo de Kusha, provocaría una guerra de fe entre las distintas razas. Al llegar enfrente del castillo de Kusha sus piernas estaban doloridas, así que descansó unos minutos. Y de repente vio como Venus salía por una ventana, perseguida por Leith y que ambas se metían en otra habitación.
Iba a perseguirlas cuando un rayo salido de la nada, la alcanzó. Liv algo aturdida miró hacia de dónde había venido el rayo y vio a los dos ángeles oscuros que aún no habían muerto a manos de los ambarinos. Eran Traian y Pielka, todo aquello era una trama para matar a Liv y ella había caído como una ingenua. Traian tenía el pelo rubio, corto y lacio, los ojos blancos y la tez blanquecina. Vestía una camiseta azul marina con un rayo amarillo de mangas largas, unos pantalones largos amarillos, unas botas negras y un cinturón del mismo color sobre el cuál colgaba su lanza. Pielka tenía la piel morena, el pelo verde, corto y ondulado, los ojos castaños y sus rasgos eran cuadriculados. Llevaba puesto una camisa beige de mangas cortas con un peto protector de cuero, un pantalón marrón largo, unas botas negras, y unos guantes y un cinturón del mismo color. Ambos tenían en sus espaldas dos enormes alas blancas y una constitución fuerte y de altura media, aunque Traian era algo más delgado que Pielka. Detrás de ellos les acompañaban algunos demonios del Averno que empezaron a atacar a los ciudadanos sin compasión.
Los ciudadanos empezaron a correr presas del miedo, los demonios estaban viniendo hacia ellos para atacarles, pero por suerte el ejército estaba a las puertas de la ciudad y era inmenso. Los hombres dirigidos por Samir comenzaron a atacar a los demonios y las mujeres dirigidas por Eiko se ocupaban de proteger a los ciudadanos. Aquello sería una victoria fácil, sino fuera por Traian y Pielka.
Su verdadera misión era matar a Liv y no pensaban irse sin cumplir su misión. Pero Liv, por fortuna no estaba sola, ni mucho menos. Katara apareció a su lado portando su lanza, se lanzaron una mirada significativa y comenzaron a luchar contra los ángeles oscuros.

Entre tanto Venus había conseguido coger de improvisto a Yael y había comenzado a corromperle el corazón cuando Leith llegó a la habitación. Venus soltó a Yael con una risa siniestra y miró con odio a Leith. Leith miró dolida a Yael en sus ojos ya no podía ver la luz que antes había, quizás de ella sólo quedara una chispa.

—Ha sido muy fácil. Casi dos siglos estuvo encerrado en una prisión de hielo y aquello no pudo con su amor, pero un simple toque con mis manos y su corazón se destruye ante mí —Venus se rió siniestramente —¿Sabes que sería divertido? Ordenarle que te mate y que tú tengas que matarle a él para proteger el futuro de Sapta Dvipa.
Leith comenzó a llorar al ver que Yael comenzaba a andar hacia ella con la espada en la mano, Venus le controlaba como una marioneta —¡Yael! Sé que en alguna parte aún me amas, no dejes que ella te engañe —Leith le lanzó un hechizo de luz —Lucha contra la oscuridad. ¡Sé que puedes hacerlo!
Venus se volvió a reír —No puede escucharte querida, no puedes salvarle.
Leith le lanzó un potente hechizo a Venus y esta se quedó atrapada en unas redes invisibles —¡Haz que vuelva o te mato!
—Si me matas entonces sí que no podrás nunca recuperarle y lo sabes.
—Entonces no te mataré, pero haré que desees la muerte —Leith furiosa comenzó a torturar a Venus con toda serie de hechizos con una mano mientras que con la otra le lanzaba hechizos de luz a Yael —Encuentra el camino hasta mí mi amor, tú puedes.

Al mismo tiempo Emer y Bastian protegían a la familia de Bastian de los demonios, y Helena y Huor habían ido a proteger a los reyes. Huor disparó una flecha sobre un demonio que cayó muerto al instante y Helena le abrazó.
Zenón, Vita y Ámber que estaban detrás de ellos algo nerviosos se abrazaron entre sí, sabían que aquel día podrían morir. De pronto se escuchó un grito de Leith. Helena y Huor se miraron preocupados.

—Majestad. ¿Tiene algún arma en esta habitación? —preguntó Huor.
Zenón asintió —En el baúl que está al lado de mi cama hay una espada y un arco con un carcaj lleno de flechas, aunque sólo hay unas cincuenta.
Huor abrió el baúl y le dio el arco a Helena —Tú quédate y protege a los reyes, yo iré a ver qué ha pasado —Helena asintió y Huor la besó en labios —No me perdonaría haberme ido sin al menos haberte besado.
Helena emocionada sonrió —Vuelve para que pueda corresponder a tu beso.
Huor asintió y se marchó con prisas de la habitación. Huor corrió por los pasillos gritando el nombre de Leith mientras afuera la batalla continuaba. Liv había conseguido herir gravemente a Traian mientras Katara y Pielka seguían enzarzados en una batalla muy igualada. Liv lanzó un potente hechizo contra Traian que desvió su rayo hacia el cielo mientras una estocada de Katara desestabilizó a Pielka. Él utilizó su poder y el suelo comenzó a temblar bajo ellos, podría destruir toda la ciudad si seguía.
Liv le lanzó un potente hechizo que lanzó a Pielka hacia atrás inconsciente. Katara se lanzó a por el para rematarle y Traian aprovechó la ocasión para herir a Liv. Estaba expuesta, hasta que Eiko partió a Traian por la mitad con su espada, como de la nada había estado observando mientras daba órdenes a sus reclutas y al ver que Liv tenía problemas decidió ayudar. Aquello no eran los entrenamientos sino una guerra de real, y en una guerra real no hay advertencias. Si puedes matar a tu enemigo, aunque sea de forma deshonrosa, lo matas o de lo contrario puede que pierdas tu propia vida.

Eiko ayudó a Liv a levantarse —¿Estás bien?
Liv asintió —Gracias.
De pronto escucharon un grito procedente del castillo —¿Qué ha sido eso? —preguntó Katara algo desconcertada y Liv miró preocupada a Eiko.
—Es mi madre.
Las tres se miraron entre sí y comenzaron a correr hacia el castillo, pero un grupo de demonios les cerró el paso. Katara cogió su lanza —¡Yo me encargo!
De pronto una luz rodeó a Liv y ella comenzó a disiparse —Se me ha agotado el tiempo en Sapta Dvipa, maldita sea. Tengo que volver a Ciel o despareceré.
—No te preocupes, yo iré a salvarla —afirmó Eiko.

Liv cansada asintió y dejó que su esencia subiera a Ciel, rodeada por la luz, mientras Eiko la observaba emocionada. Entre tato, Huor había llegado a la habitación de Leith y lo que vio le dejó atónito.
Yael había desenfundado su espada y estaba apuntando a Leith, pero no se movía. Por otra parte, Leith estaba sostenía en una mano utilizando una magia oscura a una mujer pelirroja y con la otra lanzaba hechizos de luz a Yael.

Huor miró confuso a Leith —Te he oído gritar y pensé que corrías peligro. Así que vine en tu ayuda. ¿Estás bien? —Leith se encogió de hombros como respuesta y Huor comprendió que era su corazón el que sufría —Me vas a tener que explicar esto.
Leith suspiró y se lo explicó todo a Huor —He gritado, porque no consigo recuperar a Yael y no puedo matarla a ella o le perderé para siempre. Me siento impotente.
Huor miró el colgante que le había dado Leith, que contenía parte de la sangre de Yael, y se le ocurrió una idea —Este colgante contiene sangre de Yael. ¿Y si aquí siguiera existiendo aún una parte de él? No entiendo mucho de estas cosas, pero por intentarlo…
Leith asintió, lanzó un hechizo a Venus y la dejó inconsciente. Luego cogió el colgante del cuello de Huor y probó la teoría de Huor. De pronto comenzó a salir una luz azulada del interior de Yael y el brillo de sus ojos comenzó a regresar a su rostro. En cuanto pudo luchar Yael hizo el resto y deshizo el hechizo. Venus se despertó y lanzó un hechizo a Leith. Yael furioso desenfundó su espada y, tras atravesarle el corazón con su espada, Venus quedó reducida a cenizas. Al darse la vuelta Yael vio que Huor le apuntaba con el arco así que volvió a enfundar su espada y Huor destensó su arco. Ambos se miraron sin decir palabra, y Yael fue a ayudar a Leith. Leith se incorporó, por suerte, era superficial. A Yael le costó un poco ubicarse, pero cuando por fin lo hizo miró a Huor agradecido y éste asintió como respuesta. Entonces Huor recordó que había dejado a Helena protegiendo a los reyes y a la princesa, y sin mediar palabra salió de la habitación corriendo.

—¿Por qué se ha ido así? —preguntó Yael —Ni siquiera me ha dado tiempo de darle las gracias.
Leith abrazó a Yael llorando —Por un momento pensé que te había perdido para siempre —Yael la besó en los labios y Leith se tranquilizó —Te amo.
—Yo también te amo. Gracias por hacerme volver sino me habría perdido mi propia boda y entonces serías tú la que me habrías matado —Leith se rió. Yael se rió también y la besó de nuevo en los labios —Gracias, de verdad…
—La idea de usar el colgante fue de Huor —le interrumpió Leith.
—No me has dejado terminar —dijo Yael y Leith se sonrojó —Gracias, de verdad …. Porque sin ti estaría perdido. Gracias, no sólo me diste una hija maravillosa; sino que mañana te casarás conmigo y me harás el hombre más afortunado del mundo. Gracias, por hacerme enormemente, inmensamente… feliz.
Leith besó a Yael en los labios y ambos se quedaron abrazados, sin decir palabra porque no hacía falta decir nada más.
Huor por otra parte llegó a la habitación de los reyes corriendo y al ver que estaba abierta tensó su arco y se asomó. Los tres estaban hablando tranquilamente con un soldado, Huor bajó el arma y se tranquilizó.

—Los demonios han desaparecido y sólo han causado algunos daños materiales sin importancia —anunció Ámber entusiasmada.
—¿Qué le había pasado a Leith? —preguntó curiosa Helena —¿Está bien?
Huor asintió —Ya está solucionado.
—Por desgracia a pesar de nuestras victorias, la guerra aún no ha terminado. No podemos olvidar que dentro de poco tendremos que luchar una vez más. Será esa última batalla la que decida nuestro futuro —explicó Zenón.
Todos guardaron silencio hasta que Ámber les interrumpió —Pues debemos luchar por ese futuro, pero lo que queda de día y mañana estaremos de celebración.

Todos asintieron alegres y se miraron los unos a los otros emocionados. Entonces apareció en la habitación Samir y al ver a Ámber su cara se iluminó de felicidad. La pareja se abrazó y se besaron, la celebración acababa de comenzar. Los soldados se dedicaron a despejar las calles de los desperdicios mientras la normalidad volvía.
Eiko llegó a la habitación de su madre y al abrir la puerta se encontró a sus padres abrazándose, así que decidió unirse al abrazo. Tras una explicación breve de lo que había pasado Eiko decidió dejarles intimidad y volver junto a Katara. Eiko le explicó lo sucedido a Katara y ambas dijeron ir a una taberna para tomarse una cerveza juntas. Así pues, entraron en la taberna más cercana y se sentaron en la única mesa libre había.
La camarera les trajo dos cervezas y se marchó para seguir atendiendo el resto de las mesas, pues la taberna estaba llena. Acababan de conseguir una victoria importante y aunque tenían miedo por no saber los que les deparaba estaban contentos por seguir vivos y no haber sufrido más perdidas a manos de los demonios.
Ahora que la batalla final estaba tan cerca los dioses de Ciel habían decidido que los campesinos se merecían saber la existencia del enemigo al que se iban a enfrentar, así que decidieron no borrarles la memoria nunca más. Temían que aquello provocara una guerra de fe, pero tampoco podían seguir ocultándoles la realidad cuando pronto tendrían que luchar contra ella en el campo de batalla.
Sin embargo, habían decidido que no tenían por qué saber la identidad real de aquellos que consideraban sus héroes. Así pues, debían seguir guardando las apariencias y no contar su secreto a nadie.

—Es curioso, al final la existencia de los dioses de Ciel y de los demonios ha sido revelada. Incluso han enviado bardos para que reciten los nombres de los dioses y sus hazañas. Por suerte los semidioses están excluidos —comentó Katara.
—Ya pero igualmente llamamos demasiado la atención. Dos mujeres guerreras, jóvenes y de distinta raza. Y encima somos heroínas de Erde y ambarinas, el pack completo para no poder pasar desapercibidas —explicó Eiko.
Katara suspiró —Sí, pero… ¿qué podemos hacer? Lo único que he deseado siempre ha sido luchar por algo que mereciera la pena morir. Estaba cansada de estar sola en aquel desierto, sobreviviendo y ayudando a los que se perdían en el camino. Quería hacer más con mi vida, quería mejorar las cosas y salvar vidas. Yo no buscaba éxito, ni reconocimiento sólo estaba cansada de no hacer nada.
Eiko bebió un poco de su cerveza —Te entiendo.

Un joven soldado, alto, delgado, de piel blanca, ojos azules y pelo rubio, corto y lacio se acercó con otro joven soldado, de mediana altura, piel blanca, ojos castaños, constitución fuerte y pelo castaño, corto y lacio hacia ellas. Katara miró a Eiko y ella le dedicó una sonrisa divertida. Katara inconscientemente sonrió y bebió algo de su cereza. Ambos jóvenes se sentaron a su lado, era evidente que querían ligar con ellas.

—Hola, mi amigo y yo nos preguntábamos cómo es que dos jóvenes hermosas y además heroínas pueden estar solas esta noche.
—Podemos invitaros a una copa y divertirnos juntos —insinuó el chico moreno.
—No —contestaron ambas.
El chico rubio bufó —Sois unas antipáticas.
—¿Por qué? ¿Es acaso debemos aceptar sin más vuestra proposición de sexo? Nosotras no somos ese tipo de mujeres que se acuestan con hombres que acaban de conocer —le amenazó Katara —Así que largaos.

Los chicos se fueron algo asustados y ofendidos. Eiko y Katara se rieron juntas, evidentemente estaban acostumbradas a aquella situación.
Ambas eran hermosas, jóvenes e incluso algo famosas en Erde, por lo que muchos hombres intentaban ligar con ellas. Ellas siempre les rechazaban, pero siempre iban más.

—Hombres. Sólo quieren un trozo de fama acostándose con nosotras en una noche y nos tratan como si no pudiéramos decidir estar solteras, lo detesto —confesó Eiko.
—Bueno, luego están ese mínimo porcentaje decente. Como tu padre.
—Sí, pero yo no soportaría estar con alguien que como mi padre. Siempre con alguna embelesada frase en los labios. Quiero alguien que me trate bien, pero que no sea empalagoso. Yo quiero a una persona con la que me pueda considerar un igual.
—¡Sí, gracias! Creía que era la única —dijo alegre Katara —Te tengo que confesar que te tengo mucho respeto. Eres una gran compañera.
—Gracias. Yo pienso lo mismo de ti —Eiko miró preocupada el reloj —Será mejor que volvamos al castillo, es tarde —Eiko pagó las cervezas y se llevó a Katara fuera de la taberna —Me lo he pasado genial. Tenemos que volver a quedar, amiga.

Katara asintió y se rió mientras caminaban juntas hasta el castillo. Una vez allí se separaron a sus respectivas habitaciones y se echaron a dormir. Al día siguiente era el gran día y no querían perdérselo.

Autor: elenasiles

En 2014 publiqué mi primer libro impreso "La Prueba". En 2019 publiqué La Guerrera Drager , en 2020 Piratas de Sagara y en 2021 Los Guardianes de Almas. Fui directora de YouAreWriter desde 2013 a 2019. He participado como autora en Renacer, Antología Benéfica (2020), en Invencibles, Una antología benéfica (2021) y en Antología Recuerdos de Tinta (2021). Además he coordinado, editado y publicado Antología Show Your Rare (2020) , Antología Sueños de Aire (2020) y Antología Criaturas de la Noche (2021) Mi email es: youarewriter.wordpress@hotmail.com Mi blog: www.elenasaavedrasiles.wordpress.com

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