Guerra de Dioses cap 17 por Elena Siles

Capítulo 17

Leith, Katara y Yael pasaron los dos siguientes días descansando en pueblo cerca de Erde. La batalla contra Aurel les había dejado agotados y necesitaban descansar. Katara, Leith y Yael se habían levantado muy temprano aquel día, debían partir hacia Kusha. Katara había decidido dejar a Snieg allí y usar a Hest para viajar a Kusha. Snieg era perfectamente capaz de cuidarse solo y no veía la manera de quedarse con el dragón mientras estuvieran en Kusha pues surgirían muchas dudas. Además, podrían asustar a los ciudadanos y crear el caos absoluto. Así pues, los tres partieron volando hacia Kusha después de desayunar y tras una breve parada en una taberna para almorzar siguieron volando con el mismo rumbo hasta que casi noche llegaron a su destino. En las puertas de la ciudad pudieron observar al enorme ejército acampado afuera, incluso había enanos, hobbits y kenders. Leith estaba impresionada y una parte de ella pensó en que quizás podrían tener esperanzas en vencer aquella guerra. Tras dejar a las monturas en el establo decidieron ir al encuentro de los demás que estaban en el comedor esperándoles para cenar. Huor y Emer estaban charlando al lado de Helena, la cual parecía haberse hecho amiga de ambos durante aquel tiempo. Tras unos saludos y abrazos, Leith, Katara y Yael se sentaron en la mesa con los demás.

—¿Cansados del viaje? —preguntó Helena.
—Si no fuera por Orisha es posible que no hubiéramos vencido a Aurel —dijo Katara.
Yael asintió —Tiene razón. Le debemos mucho a los dioses.
—Por cierto, hemos visto el ejército que tenéis apostado en la entrada y tengo que daros la enhorabuena —afirmó Leith —¿Quién ha conseguido convencer a los enanos, hobbits y kenders? ¿Has sido tú Emer?
—Sí. Durante el tiempo que habéis estado descansando fui a verles y les convencí de que se unieran a la causa —respondió orgulloso Emer.
—¿Sabéis por casualidad dónde lucharemos contra los demonios? Es para poder comunicárselo a los demás ejércitos y que estén así preparados —preguntó Huor.
—Probablemente sea en Withw, cerca de dónde entregué las alas —contestó Yael.
Todo el mundo se miró entre sí y creó un silencio incómodo. Al pensar en la guerra todo recordaron las pocas posibilidades que tenían de ganarla. Huor tosió para romper el silencio —Brindemos por vuestro regreso.
Brindaron y se pusieron a charlar unos otros de su viajes y experiencias. Tras terminar de comer cada uno se fue a su respectiva habitación y se fueron a dormir pues estaban muy casados del viaje. Al día siguiente Yael se levantó más temprano que nadie y tras desayunar solo fue directo hacia la capilla del castillo. Allí se encontró al sacerdote rezando. Yael esperó a que terminara de rezar para hablar con él.

—Buenos días, me llamo Yael. Me preguntaba cuándo podría estar libre para que celebrara mi boda.
—Pues creo que a finales de esta semana tengo un hueco por la noche. ¿Qué le parece?
—Es perfecto. ¿Sabe con quién puedo hablar para celebrar el banquete en el castillo?
El sacerdote se quedó pensativo —¿La boda se va a celebrar en el castillo? —Yael asintió como respuesta —Espere un momento, usted es un miembro de los ambarinos. ¿No es cierto? —Yael volvió asentir —¿El rey lo sabe?
—Pues claro, me caso con su capitana.
El sacerdote le miró asombrado —Me está tomando el pelo.
—Pues no. ¿Por qué iba a mentirle de algo así? El día de la ceremonia lo descubriría, ¿no es así? —insinuó Yael.
El sacerdote le miró ilusionado —En ese caso será todo un honor celebrar la ceremonia a finales de semana. Y cuando al banquete debe usted hablar con el jefe de cocina del castillo, se llama Kenny.

Yael asintió y se marchó de la iglesia con dirección a la cocina. Habló con Kenny y él se mostró encantado de hacer el banquete, el cual dejó ya pagado Yael. En ese momento decidió darle la buena noticia su prometida. Leith se despertó cuando alguien llamó a su puerta, aún adormilada abrió la puerta y se encontró con un sonriente Yael al otro lado.

—Buenos días. Déjame que me vista y desayune, y vamos a dar una vuelta.
—Tengo algo muy importante que contarte —soltó Yael alegre.
—¿Puede esperar a que me vista y desayunar? —preguntó ella y él al ver lo cansada que estaba entendió que lo necesitaba así que asintió.
Tras vestirse, fue a desayunar y volvió a su habitación dónde le seguía esperando Yael sonriente —A ver. ¿Qué es eso tan importante que me tenías que contar?

—Nos casamos a finales de semana. He conseguido que el rey nos dejara el castillo para celebrar la ceremonia y el banquete. Ya he hablado con el sacerdote y el cocinero, ya está todo solucionado. Ahora sólo tenemos que decírselo a los invitados, excepto al rey y a su familia, me tomé la cortesía de invitarles.
Leith le miró sorprendida y alegre —No me lo puedo creer, de verdad nos vamos a casar a finales de semana. Estoy tan contenta. Un momento…. Mi hija aún no ha vuelto.
Yael sonrió y la besó en los labios —Volverá, le he mandado una carta esta mañana y se lo he contado. Estoy segura de que en un par de días estará aquí para ayudarte a elegir el vestido.
—Es verdad, no tengo vestido —cayó de repente Leith.
—Elijas lo que elijas, seguro que estarás preciosa.
Leith le miró con ternura —¿Por qué tienes que ser tan exquisitamente perfecto?
—No lo soy, pero si me acerco es porque estoy con la mujer perfecta.
Leith le dio un beso en los labios —Vamos a dar un paseo y disfrutemos de este momento a solas. ¿Qué te parece?
—Me parece exquisitamente perfecto —bromeó Yael y Leith sonrió como respuesta.

Mientras tanto Eiko había salido de Kusha andando y luego había alzado sus alas para volar hasta el norte. Le acompañaba dentro de su colgante mágico, Bastian que al final había decido ayudarla en su travesía. Tardaron todo el día, pero Eiko no paró a descansar hasta ya llegada la noche. Eiko bajó a un claro y de su colgante sacó a Bastian. Él se quedaría en el límite de Insel para buscar a los gigantes que vivían allí mientras que Eiko debería continuar hasta las montañas del norte, donde vivían los licántropos y las criaturas de las nieves.

Bastian se estiró algo dolorido —No entiendo cómo Hest puede viajar así todo el tiempo. Te deja hecho polvo.
—Hest es un caballo de inmortal.
Bastian le miró al principio asombrado y luego se encogió de hombros —A estas alturas eso ya no me sorprende.

Eiko le dio algo de comida que guardaba en su colgante y cogió otro trozo para ella, también sacó una jarra de agua y la puso en el suelo entre ambos.
Bastian se sentó a su lado y cenaron en silencio. Cuando terminaron decidieron dormir, mañana emprenderían cada uno un viaje distinto y debían descansar. Al día siguiente Eiko se levantó temprano y vio un halcón a su lado, tenía una carta de Yael. Curiosa cogió la carta y la leyó:

“Mi querida hija. Te escribo para darte una gran noticia. Tu madre y yo nos vamos a casar. Vamos a celebrarla a finales de semana. No podemos celebrarla sin ti asique por favor en cuanto termines tu misión ven directa a Kusha. Te quiere, tu padre”

Eiko sonrió al terminar de leer la carta. Estaba muy feliz por ellos y no pensaba faltar a la boda de sus padres así que se puso enseguida en marcha. Alzó sus alas para volar hacia las montañas del norte, donde les esperaban las criaturas de las nieves y los licántropos, y así poder volver a tiempo a la boda de sus padres.
Bastian había partido hacia el asentamiento principal de los gigantes, hacia demasiado tiempo que no viajaba hasta allí. La última vez era un joven recién casado que viajaba para conocer a la familia de su esposa. Al ser ambos mestizos se llevaron muy bien, pero desde que su esposa murió no habían tenido relación y hacía unos años habían muerto de fiebre al igual que la esposa de Bastian.
Bastian encontró a los gigantes enseguida, no es que fueran precisamente discreto. Vivían en cabañas enormes que ellos mismo habían construido, su jefe se llamaba Taliogh. Taliogh era un gigante de unos 6’5 m. y bastante mayor. Tenía el pelo castaño oscuro, largo y ondulado, los ojos castaños y la piel blanca. Solía llevar puesto una camisa de mangas largas, unos pantalones largos, unas botas altas, un abrigo de piel y guantes, todo ello en tonos tierra. El jefe del clan al ver a Bastian acercándose al asentamiento ordenó a sus hombres que le trajeran hasta él. Tras varios minutos trajeron a Bastian y él se inclinó ante él y se levantó. A su alrededor los gigantes miraban curiosos al recién llegado.

—¿Quién eres? —exigió saber Taliogh.
—¿No me reconoces? —preguntó Bastian y no obtuvo respuesta —Soy tu hijo.
Taliogh se le quedó mirando y luego sonrió alicaído —Los años no pasan en balde, ¿verdad? Dime por qué has venido.
—He venido para reclamar la ayuda de los gigantes.
Taliogh se rió —Sólo uno de los nuestros puede pedirnos ayuda y tú no eres uno de los nuestros.
Bastian le sostuvo la mirada —¿Por qué soy mestizo? Mientras siga teniendo tu sangre, sigo siendo tu hijo. Te guste o no. Además, me lo debes por abandonarme.
—Fuiste el resultado de un tremendo error. Cuando ella murió al darte a luz yo te protegí hasta que pudiste valerte por ti mismo —respondió Taliogh.
—Es cierto, pero sin ti tampoco existiría y mi madre seguiría viva. Si sólo soy el resultado de un error. Al menos me debes una por ese error.
—Me da igual si estoy en deuda contigo o no. Los gigantes. Nunca, jamás. Van a participar en una guerra humana —finalizó Taliogh tajantemente.
—No es una guerra humana, es una guerra de dioses —contestó con seguridad Bastian y todos los gigantes empezaron a murmurar entre ellos —A pesar de que viváis alejados del mundo seguro que os han llegado algunos rumores sobre ataques de demonios a aldeas enteras, de personas que desaparecen sin más. No son rumores, todo ello es cierto. Los ángeles y demonios existen, y están en guerra. Es una guerra tan antigua como la propia historia. Pero ahora, los dioses de Ciel y del Averno se han unido a esa guerra en dos bandos opuestos. Uno de ellos sólo busca la destrucción total de este mundo y creedme que, aunque penséis que por serles fiel os podéis salvar, no es cierto. Kanavat lo pensaba y su capital ha quedado inundada. Podéis quedaros aquí y esperar a que los demonios os maten o podéis uniros a los reinos de Erde, Vihar, Stein y Strahl, y luchar. Los otros reinos pensaban que si se unían al lado de los demonios éstos les dejarían vivir. Feuer y Kanavat ya han sufrido las consecuencias de dicho error, Insel parece que cambie de opinión después de lo sucedido. Pero luego estáis vosotros, los clanes y razas que a pesar de pertenecer a un reino seguís a vuestro líder y a nadie más. Esta guerra no es una guerra que podáis evitar, lo único que tenéis que pensar es sí queréis luchar solos cuando los demonios lleguen hasta vosotros o si preferís estar respaldados por los dioses de Ciel, los ángeles y los ejércitos de Erde, Vihar y Strahl.
Así pues, tomad una decisión, pero hacerlo antes de que sea demasiado tarde.
Taliogh miró a los demás gigantes, buscando en sus miradas sus pensamientos y vio que la mayoría estaban dispuestos a luchar —En ese caso lucharemos, pero yo les dirigiré en la batalla. Si sobrevivimos a la guerra de dioses, los gigantes volveremos a nuestras tierras con nuestras costumbres y aquí viviremos en paz. Además, mi deuda contigo quedaría saldada y ahí finalizará nuestra relación.
Bastian asintió —Entonces preparaos, despediros de vuestras familias y partiréis hacia Kusha inmediatamente. Yo he de irme ahora pues mi deber con el reino de Erde me está esperando.

Bastian se despidió de los suyos y se marchó caminando hacia la misma explanada dónde se había despedido de Eiko y allí la esperaría para volver juntos a Kusha.
Entre tanto, Eiko había llegado por fin a la aldea de las criaturas de las nieves en las montañas del norte. Su recibimiento al principio fue algo desconfiado, pero al ver sus alas en la espalda se mostraron mucho más hospitalarios. Pudo quedarse allí la noche a descansar porque estaba muy cansada. Aunque había subido gran parte de la montaña volando, había un punto en el que no podía volar más así que tuvo que subir el resto del camino a pie.
Eiko había estado viajando sin descanso hasta alcanzar su destino: Hiver, dónde pediría a los licántropos que lucharan en la gran batalla final. Su líder era Amarok, un poderoso licántropo blanco de ojos grises. Hati era la madre loba del clan y la esposa de Amarok, tenía piel grisácea y los ojos azules, y era conocida en la manada por ser una gran cazadora. Skoll era el actual heredero del trono de su padre Amarok, era joven y muy fuerte, pero a veces su ego y su inexperiencia le superaban y le convertían en un objetivo fácil. Todos ellos eran licántropos de sangre y no convertidos por lo que podían controlar su forma licántropa. En verano cuando no hacía nieve se convertían en humanos e inmigraban a la base de la montaña dónde tenían otra aldea para pasar los meses de más calor. Amarok estaba sentado sobre una piedra afilando su lanza contra ésta cuando a lo lejos reconoció a una figura con alas.

Amarok dejó la lanza a un lado y esperó a que el recién llegado fuese hasta él —Vaya, vaya. ¿Qué ven mis ojos? ¿Un ángel por estas tierras? ¿Qué te trae por aquí…?
—Eiko —respondió ella segura, pero el cuerpo le temblaba.
Amarok la miró de arriba abajo y se rió —Supongo que a pesar de que seas un ángel estas temperaturas te afectan más de lo que dejas ver. ¿No es así?
Eiko no se dignó en contestar a su insulto —He venido desde muy lejos para solicitar vuestra ayuda. Sois hijos de Eredia y a los ángeles nos debéis mucho. Os salvamos de los demonios y de su maldición. Ahora podéis hacer uso de los poderes que os dio Eredia sin estar malditos, con control. Sois imprescindibles para ganar la batalla que nos espera.
Eiko continuó —Como bien habréis deducido se trata de una guerra en la que luchéis o no ahora, lo haréis después. Pues sabéis mejor que nadie que los demonios no hacen distinciones entre sus seguidores y sus detractores. En esta guerra tendréis de aliados a los reinos de Erde, Vihar, Stein y Strahl, a los ángeles y a los dioses de Ciel —al decir esto los licántropos la miraron atónitos —Esta no es parecida a la gran guerra. Es una guerra de dioses. Podéis luchar ahora e intentar salvar el mundo o cuando los demonios vengan a por vosotros de la mano de la destrucción total.
Amarok miró a los suyos y todos dieron un paso a su lado —Los licántropos se unirán a la guerra y nuestra deuda con los ángeles quedará saldada.
Eiko asintió —Preparaos para partir de inmediato con dirección a Kusha, allí se reunieran todos los ejércitos y partirán juntos hacia dónde se desarrollará la guerra de dioses. Yo he de irme, me esperan asuntos personales en Erde. Adiós.

Eiko se despidió y se marchó caminando. No soportaba más el frio así que viajó sin descanso hasta encontrar la explanada dónde se había separado de Bastian y sorprendentemente él ya estaba allí esperándola. Bastian al verla le tendió un abrigo que había comprado a su vuelta en un pueblo puesto que Eiko estaba aún tiritando.

—¡Por los dioses! ¡Estás congelada! —Bastian la abrazó y Eiko entró en calor.
—Gra…gra…gracias —dijo ella chirriando.
—Voy a hacer una hoguera —Bastian hico una hoguera y ayudó a Eiko a sentarse delante de ella —¿Estás mejor? —Eiko asintió —¿Cómo te ha ido?
—Los licántropos se unirán a nosotros. ¿Y a ti?
—Bueno un reencuentro algo tenso, pero he conseguido que se uniera a nosotros también. Hoy descansaremos y mañana partiremos hacia Kusha volando si te encuentras bien y si no podemos empezar el viaje a pie. Quiero estar a tiempo para la boda de Leith y Yael. Además, echo de menos a mis hijos —explicó Bastian.
Eiko sonrió —No me puedo creer que mis padres por fin se vayan a casar.
—Debes tener sentimientos contradictorios. Después de todo ni siquiera los conociste hasta hace poco, es como si te hubieran abandonado y ahora han vuelto sin más. Están felices y tú también, pero no sabes cuánto durará.
Eiko asintió algo triste —Sí. Yo les amaba incluso sin conocerles porque sabía que no me habían abandonado, simplemente no podían estar conmigo por culpa de Azrael. Es el a quien odio en realidad. Por su culpa mis padres se perdieron mi infancia, por su culpa no sé cuánto tiempo podré disfrutar de ellos ahora que han vuelto a mi vida y por su culpa todo aquello a lo que amo podría dejar de existir. Haría cualquier cosa por detenerle y matarle yo misma, pero sólo Liv y mi madre tienen ese poder. Yo puedo luchar, incluso vencerle, pero no matarle. Ojalá pudiera hacer más, me siento inútil y desesperanzada. Lo peor de todo es que, aunque Azrael muera, Kali y los demonios que no mueran en la batalla vivirán de nuevo en el Averno. ¿Y todo para qué? ¿Para castigar a las almas humanas que son malvadas? Al final los demonios las destruyen, las utilizan para ganar poder o crear más demonios. Y todo por el equilibrio de las fuerzas, la oscuridad y la luz deben estar en equilibrio. Es absurdo, de igual manera la luz ha estado durante siglos por encima de la oscuridad. De lo contrario yo no estaría aquí, ¿no? ¿Qué clase de equilibrio es ese? Entiendo que la oscuridad debe existir porque sin ella no podría existir la luz, pero yo creo que hay oscuridad de sobra en los corazones humanos. Lo he visto con mis propios ojos, no necesitamos demonios ya existen monstruos peores viviendo en Sapta Dvipa y la mayoría son muy humanos.
—¿Hay alguna forma de destruir el Averno? —preguntó Bastian.
—Sí que la hay. Sólo hay tres dioses capaces de hacer algo así. Mot, Azrael y Hela, y ninguno de los tres como imaginarás está por la labor. Lo curioso es que Kali tiene el poder de cerrar y abrir las puertas del Averno para encerrar las almas oscuras. Pero una vez que estás dentro tu alma les pertenece a los demonios, ni si quiera Liv podría escapar del Averno. ¿Sabes cómo escapó Azrael? Con la muerte de tantas almas en la gran guerra las puertas estuvieron abiertas el tiempo suficiente para que él saliera.
—No entiendo por qué Kali está de parte de Azrael.
—Kali en realidad no está de parte de Azrael, pero no puede estar en su contra, Azrael o los demonios que él controla la encerarían para siempre en alguna mazmorra del Averno. Así que juega su papel doble lo mejor que puede, apuesto a que si le dieran la oportunidad de irse a Ciel ella le traicionaría. Por supuesto los dioses jamás aceptarían a Kali, su enemistad es acérrima. Kali en realidad sabe que no tiene elección. Lo peor de todo es que ella sabe que no puede morir, no sin que alguien la releve —explicó Eiko.
—Vaya, así que, aunque ganemos es posible que la guerra entre demonios y ángeles nunca cese —concluyó Bastian.
Eiko negó —La única manera de que eso pasara sería destruyendo el Averno. Los ángeles se convertirían en humanos y al morir sus almas irían al árbol de las almas si han sido honrados al igual que otros humanos. Fin de la historia. No habría justicia después de la muerte, pero tampoco habría que preocuparse por tener otra guerra entre ángeles y demonios. La única manera de que hubiese un equilibrio real sería si los dioses dejaran de existir, sin árbol de almas, sin nada.
Después de la muerte no habría nada, tan sólo ausencia. Es algo desalentador, sin duda. Pero si lo piensas…tampoco es que espera mucho más a las almas que van al árbol de las almas. Además, así los humanos tendrían libre albedrío de verdad. Ellos crearían su propia oscuridad y su propia luz, y el equilibrio se mantendría mientras este mundo siga existiendo y moriría cuando el planeta se destruyese. Y probablemente empezaríamos desde cero otra vez. Creación, desarrollo y destrucción, y vuelta a empezar. Ese es el ciclo de todo nuestro universo, de nuestras vidas.
—Así que… ¿Estamos condenados a repetir la historia una y otra vez? —preguntó Bastian.
—No lo sé. Sea lo que sea debemos pensar en esta vida o es así como yo lo pienso. Aunque haya un árbol de las almas cuando mueras no sabes si eso seguirá existiendo toda la eternidad y si es así entonces te espera una eternidad muy aburrida. ¿No crees? Sólo tenemos una vida, una que sí podemos vivir. Lo que haya después no podremos vivirlo en realidad pues estaremos muertos, como mucho podemos existir en una eternidad infinita como almas y nada más —Eiko suspiró y se recordó a sí misma que debía de dormir pues al día siguiente quería volver a Kusha —Bueno, he de dormir si quiero estar bien para viajar mañana a Kusha. Buenas noches.
—Buenas noches —se despidió Bastian.

Y ambos se fueron a dormir, acurrucados al lado de la hoguera con la mente en viajar mañana a Kusha y en su propio futuro más allá de lo imaginable. Al día siguiente Eiko se sentía mucho mejor así que decidieron regresar a Kusha volando. Bastian se introdujo en el colgante de Eiko y ella alzó sus alas y comenzó a volar. Eiko no paró a descansar durante el camino así que llegar a Kusha a la hora de cenar. Eiko descendió en una colina lejos del ejército, sacó a Bastian del colgante, guardó sus alas y juntos caminaron hasta la ciudad. Samir les saludó al verles y volvió a sus asuntos con su ejército. La noticia de su llegada se había difundido muy rápido, pues nada más llegar a la puerta del castillo les recibieron el resto de sus compañeros.
Leith nada más ver a su hija la abrazó con fuerza, había pasado poco tiempo, pero ahora que la había recuperado en su vida no quería separase nunca más de ella. Leith se separó de Eiko y dejó que Yael la abrazase.

Yael se separó de su hija —¿Cómo os ha ido?
—Los gigantes, las criaturas de las nieves y los licántropos se unirán a nosotros en la guerra de dioses. A cambio sus deudas quedarán saldadas —respondió Eiko.
—Eso es una gran noticia —afirmó Katara.
—Bueno, pero no es nada comparado con la noticia de mis padres —dijo Eiko.
Todos la miraron algo confusos, menos Yale y Leith que se sonrojaron pues aún no se lo habían dicho a sus compañeros —¿Qué tal si vamos todos juntos a cenar a una taberna? —cortó Yael —Seguro que Eiko y Bastian están hambrientos del viaje.
—Gracias, pero yo he de irme a casa. Marcia seguro que tendrá preparado un banquete y quiero ver a mis hijos —respondió Bastian.
—Lo siento, pero he quedado con mis compañeros kenders —dijo Emer.
—Yo tampoco puedo. He quedado con algunas de las nuevas reclutas —anunció Katara.
—Pues en ese caso yo me uno a esa cena —afirmó Eiko y Katara asintió.
—Y yo he quedado con Helena —respondió Huor.
En ese momento Eiko recordó a sus padres sonrojándose sobre su gran noticia y comprendió que no se lo habían dicho —Por el amor de los dioses de Ciel, no me puedo creer que de verdad aún no se lo hayáis dicho —replicó Eiko y Leith la miró intensamente —Sino lo hacéis lo hago yo.
—¿Decirnos qué? —preguntó Bastian.
Yael miró a Leith y ella asintió —Nos vamos a casar.
—Por los dioses, enhorabuena —dijo Katara abrazándoles.
Bastian se acercó hasta Yael y le dio un puñetazo amistoso —¿Por qué no nos lo habías dicho antes? ¿Puedo llevar a Marcia y a mis hijos?
—Por supuesto —contestó Leith.
Huor le miró algo dolido, aunque había comenzado a sentir algo por Helena. Aquella noche sería su primera cita con ella. Los sentimientos que tenía por Leith aún no habían desaparecido. Así que, se limitó a ser cortés —Enhorabuena.
—Bueno pues por lo visto estaremos solos tú y yo para cenar —se resignó Leith.
—No te preocupes en tres días nos casamos y estaremos todos juntos —afirmó Yael.
—Espera… ¿Es a finales de esta semana? —preguntó incrédula Katara.
—Sí. No queremos esperar más. La última vez no pudimos casarnos porque esperamos demasiado —respondió Yael.
—¿Y lo tenéis todo listo? —preguntó Eiko.
—Pues sí. He pensado en ir vestida con mi conjunto de guerrera —contestó Leith.
—Ni harta de vino vas a ir así a tu boda. Van a asistir los reyes y hasta algunos dioses, tienes que estar preciosa —afirmó Eiko y al ver que su madre desviada la mirada comprendió que no había invitado a los dioses —¿No has invitado a tu boda ni siquiera a tus padres? Sí es por el posible revuelo, recuera que ellos pueden materializarse en un cuerpo humano por un par de horas.
—¿Tú eres hija de un dios? —preguntó confuso Bastian.
—Ella es hija de Liv, la diosa de la vida. ¿No lo sabíais? —insinuó Katara.
—Eso explica por qué venciste tantas veces a Azrael —comentó Huor.
—¡Yo no entiendo nada! —se quejó Emer.
—Ya te lo explico luego pequeñajo —le consoló Bastian.
—Yo quería una boda sencilla, con mis compañeros, los reyes y nada más —se quejó Leith —No quiero repetir una boda como la de los príncipes.
—Eres la capitana de los ambarinos, te han nombrado caballero y heroína de Erde, eres la hija de la diosa de la vida. Por lógica tu boda no puede ser sencilla —indicó Eiko.
Leith suspiró y miró a Yael pidiendo ayuda —A mí me da igual, con tal de casarme contigo como si vamos ahora a la capilla con nuestra hija y alguien más de testigo, firmamos y listo.
Leith le miró con interés, la idea era tentadora. Eiko le cortó sus pensamientos —No lo estás pensando en serio, ¿verdad?
Leith suspiró y al imaginarse como sería su boda le entró hasta pánico. Con sus antiguos compañeros de La Orden, sus padres, los padres de Yael, los reyes de Erde y los príncipes y los ambarinos sería muy peligroso —Debes pensar también en que si hacemos eso seremos un objetivo muy suculento para Azrael.
Eiko suspiró y asintió. En parte su madre tenía razón —Vale, pero me niego a ceder en lo del vestido —Leith accedió con una sonrisa —Te veo mañana para elegir el vestido, me voy a cenar con Katara. Adiós mamá.

Leith se despidió de su hija y del resto de sus compañeros y se fue a cenar con Yael al comedor del castillo dónde se encontró con los reyes. Tras una charla cordial regresaron a sus respectivas habitaciones y se echaron a dormir. Habían decidido que pasarían aquellos días antes de la boda separados para hacer así más emocionante la noche de bodas. Mientras tanto Huor y Helena estaban disfrutando de su primera cita juntos, desde que Huor había vuelto este había empezado a seguirla con la mirada. Su corazón parecía estar recomponiéndose poco a poco, los ojos castaños de Helena eran sin duda la mejor forma de olvidar su pasado. Al final Helena había accedido a tener una cita con él a pesar de su pequeño tropiezo hacía poco, las cosas habían cambiado para ambos.
Helena tenía el pelo castaño, largo y ondulado, los ojos castaños y ovalados, la nariz recta, labios carnosos y la piel blanca. Llevaba puesto un vestido sencillo azul ceñido a su cintura y a su torso, mangas largas y escote de barca, y con tacones y un chal a juego.
Huor llevaba puesto una camisa verde oscura de manga larga, armadura de cuero encima, pantalón marrón oscuro, botas a juego, su broche de los ambarinos y sobre su cinturón descansaba su daga enfundada. Habían terminado de cenar y ahora tomaban una copa de vino juntos mientras charlaban distraídamente. El restaurante dónde había cenado era uno de los mejores de la ciudad, elegante y sencillo.

—Una noche maravillosa, corre una agradable brisa, la luna llena ilumina junto a las estrellas el cielo… —Huor miró a Helena y sonrió —¿Te ha gustado la cena?
Helena asintió —Debo de reconocer que por ahora está siendo una cita agradable.
—Gracias por darme una segunda oportunidad, sé que la primera vez me comporté como un idiota. En este momento mis sentimientos son un poco confusos, pero tengo claro que dejar atrás mi pasado es lo que quiero. Es sólo que…
—Necesitas más tiempo —finalizó Helena y Huor asintió —Lo comprendo.
—¿Te gustaría venir conmigo a la boda de Leith y Yael? —preguntó Huor.
Helena sorprendida asintió —Será un honor.

Ambos siguieron hablando conociéndose mejor el uno al otro hasta que el camarero les informó que iban a cerrar. Así pues, Huor pagó la cena y juntos se marcharon del restaurante.
Caminaron hasta el castillo dónde se despidieron y se fueron a dormir a sus respectivas habitaciones. El resto de nuestros protagonistas habían tenido también una cena cordial y entretenida. Emer había disfrutado de la compañía de Kim, Quinn y Tim; recordando viejas aventuras juntos en Stein. Y Katara y Eiko habían compartido la noche con las nuevas reclutas femeninas del reino de Erde. Era sin duda una noche de reencuentros con sabor agridulce pues no sabían cuánto tiempo iban a estar en Erde, la batalla final contra los demonios del Averno se acercaba cada vez más y más. Era sólo cuestión de tiempo de que tuvieran que irse para dar caza a los dos ángeles oscuros que quedaban con vida: Traian y Pielka, y después de eso la batalla final tendría lugar en el mismo sitio dónde Yael entregó sus alas. Lo que les depararía el futuro ni siquiera lo sabía Moira, pues era un futuro incierto y lleno de posibilidades. Las decisiones que tomasen ahora eran vitales para lo que estaba por venir.

Autor: elenasiles

En 2014 publiqué mi primer libro impreso "La Prueba". En 2019 publiqué La Guerrera Drager , en 2020 Piratas de Sagara y en 2021 Los Guardianes de Almas. Fui directora de YouAreWriter desde 2013 a 2019. He participado como autora en Renacer, Antología Benéfica (2020), en Invencibles, Una antología benéfica (2021) y en Antología Recuerdos de Tinta (2021). Además he coordinado, editado y publicado Antología Show Your Rare (2020) , Antología Sueños de Aire (2020) y Antología Criaturas de la Noche (2021) Mi email es: youarewriter.wordpress@hotmail.com Mi blog: www.elenasaavedrasiles.wordpress.com

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