Guerra de Dioses cap 16 por Elena Siles

Capítulo 16

Azrael estaba cansado después del ataque al árbol de las almas en Ciel, ¿y todo para qué?; no había servido para nada. Sólo había conseguido unas pocas almas como recompensa y había perdido mucho poder sin casi ningún resultado. Lo único que había conseguido era liberarse de Eón, no era precisamente una gran victoria. No podía creer que todos sus planes se estuvieran yendo a pique por culpa de ese arcángel y sus amigos. Tenía que detenerla antes de que fuese demasiado tarde para su amada Hela. Pero… ¿cómo? Se le ocurrió una idea, tal vez no consiguiese vencerla, pero si conseguiría muchas almas y podría recuperar todo su poder antes de la batalla final. Era obvio que ya no podría conseguir su objetivo sin tener que meterse en una guerra contra Ciel, pero al menos estaría preparado. Sin embargo, para poder llevar su plan a cabo necesitaba la ayuda de los ángeles oscuros y de los humanos. Haría una visita a los reyes de los distintos reinos y si no se unían a su causa haría que su muerte fuese la más lenta y dolorosa de todas. Azrael sabía cómo engañar a los humanos, ya lo había hecho otras veces y esta vez conseguiría que le rezasen a él en vez de a los dioses de Ciel.
Kebeth estaba sentado en su trono comiendo un cordero entero a bocados cuando de pronto una sombra misteriosa apareció sin más ante él. Del susto casi se atraganta, bebió un poco de cerveza para bajar la comida y se quedó mirando al extraño ser fijamente. Aquellos ojos rojos….

—¿Quién eres tú, y cómo te atreves a interrumpir así mi cena? —preguntó el rey Kebeth.
—Yo soy rey de los demonios y señor de la destrucción. Devoro las almas de los mortales y hago caer la noche. Yo soy Azrael y he venido aquí a reclamar una deuda que tengo con usted. Hace diez años tú y yo hicimos un trato. ¿Lo recuerdas? —el rey asintió con miedo, había temido desde entonces que aquel momento llegara —Bien. Si quieres recuperar tu alma debes unirte a mí y luchar a mi lado en la batalla final. Mi fiel sirviente Fouco se encargará de que cumplas tu parte del trato, si tan sólo uno de tus hombres se une a mi enemigo, nuestro trato quedará anulado. Y entonces no sólo morirás e irás al Averno como alma maldita que eres, sino que además todo tu reino será vástago de las llamas. Y mismo volcán que os otorgó la vida en el pasado será quién os la arrebate. Dime rey Kebeth, señor de los orcos, ¿aceptas el trato o prefieres condenar a ti ya tu reino a la muerte?
—Acepto —respondió Kebeth.
Azrael se dio la vuelta —Debo decirte una última cosa antes de marcharme. Pronto llegarán a tu reino el grupo de los ambarinos, debes matarlos a todos —Que nos volvamos a ver o no en el Averno depende de ti rey Kebeth. Cumple mis órdenes y no sólo no irás al Averno, sino que además serás recompensado enormemente.
Kebeth se giró y cogió el frasco, y cuando se volvió hacia Azrael éste ya había desaparecido. Él desvainó su espada, la impregnó con sangre —Que así sea pues —y la volvió a envainar.

Ni siquiera se habían dado cuenta, pero Emer tenía razón. Estaban llegando hasta Reus dónde embarcarían para llegar cabalgando hasta Puskara. Finalmente desembarcaron en el puerto de Reus, pero era ya noche cerrada así que decidieron pasar la noche en Reus y retomar su viaje mañana por la mañana. Emer entró en la habitación de todos para despertar al grupo, estaba ansioso por llegar a Puskara. Leith y los demás se levantaron poco después de la intromisión de Emer algo cansados, pero debían retomar el viaje. Dejaron la posada y comenzaron a cabalgar juntos, por las tierras desérticas de Feuer. Los caballos comenzaron a casarse asique decidieron hacer parte del trayecto a pie y luego volvieron a subirse a los caballos, esta vez fueron a un ritmo más lento. Al anochecer por fin llegaron hasta Puskara, decidieron dejar las cabalgaduras en el establo de la posada más cerca y alojarse allí el tiempo necesario.

—¿Crees que el rey de Feuer nos ayudará? —preguntó Leith.
—Bueno, cuando me marché de aquí así me lo aseguró, pero teniendo en cuenta que su reino está también en peligro no sé qué hará —respondió Yael.
—Averigüémoslo —sugirió Huor.
—Sí, aunque pronto anochecerá —observó Yael —Tal vez deberíamos descansar esta noche.
—Sí, será lo mejor. Después de todo si tenemos que huir de Feuer necesitaremos que los caballos estén descansados —afirmó Leith.

El grupo entró dentro de la taberna y pasó la noche descansando. Al día siguiente se levantaron muy temprano y caminaron hasta el castillo. Allí les recibió un orco que les llevó hasta el rey. El rey Kebeth les esperaba sentado en su trono, y en cuanto les vio supo quiénes eran.
El rey Kebeth mandó a sus mejores hombres para matarles, pero la intervención de Fouco evitó que se llevara a cabo. El ángel oscuro apareció volando como de la nada, y se lanzó a atacar al grupo de los ambarinos mientras a su paso el fuego arrasaba casas de ciudadanos inocentes. Fouco tenía con el pelo rojo como el fuego, ojos castaños, piel blanca y constitución fuerte. Vestía una armadura de bronce, un pantalón de cuero y unas botas a juego. Fouco había sembrado el terror a su paso, el fuego del volcán le haría casi invencible. Eso no les haría renunciar ni dejar de luchar, ni mucho menos.

—Yael y Katara vosotros encargaros de Fouco, yo me encargaré del rey Kebeth y Huor, Bastian y Emer se encargarán de intentar salvar a todos los ciudadanos que puedan. Todas las almas que salvemos son importantes —ordenó Leith.

Y así lo hicieron. Katara entendió que utilizar su poder era la única manera de vencerle. Un dragón blanco, de unos dos metros, acudió hasta Katara al oír su rugido en el viento. Y Katara se bajó de un salto de Jan y se montó en el dragón.

—¡No es posible! —dijo furioso Fouco.
Yael la miró impresionado —¡Así se hace! Yo me ocuparé de apagar el volcán para cortarle su fuente de energía. Tú encárgate de mantenerle entretenido, recuerda que hasta que no apague el volcán no podrás matarle. ¡Ten cuidado!

Katara se puso de pie sobre el dragón y cogió su lanza que llevaba atada a la espalda. Fouco le lanzó varios hechizos de fuego, pero ella los esquivó sin problemas. Con su lanza creó espirales de viento para desestabilizarle, lo cual consiguió, y después le atacó con su lanza. Le consiguió herir en un brazo, pero su herida se curó casi al instante. Katara comprendió entonces porque mientras siguiera el volcán activo no podría derrotarle.
Mientras tanto Yael había conseguido llegar hasta el volcán de Feuer, y comenzó a lanzarle varios hechizos de hielo. Sin embargo, no conseguía apagarlo.
Entonces, apareció Aoni, la diosa del fuego. Su pelo era rojo oscuro y naranja, lacio y largo; sus ojos eran castaños, su piel era morena y su constitución era con curvas, bajita y fuerte. Llevaba puesto un top metálico rojo, un vestido marrón debajo que le llegaba hasta los muslos y unas botas negras.
Aoni comenzó a ejercer su poder sobre el volcán hasta que éste se quedó totalmente apagado, todo su ser estaba en llamas. Pero ella no se quemaba, era el propio fuego personificado. Aoni miró a Yael decisiva, aquello le había hecho gastar demasiado poder…
Poco a poco se fue consumiendo, Yael comprendió entonces que lo del volcán había sido una trampa de Azrael, lo único que deseaba era quitarse a Aoni. Sin ella el fuego del Averno sería suyo… Yael se acercó hasta Aoni y la abrazó. Con su poder de hielo pudo ralentizar el fuego de Aoni. No pudo salvarla, pero al menos no sufrió al desaparecer.
En el cielo se pudo escuchar un gran estruendo, cuando salió del volcán ahora inactivo vio a Katara atravesando con su lanza a Fouco. Aquella noche descansar en el reino de Feuer era algo imposible. Las muertes de ciudadanos inocentes, a causa de a la traición de su rey quien había dado su reino a cambio de su propia salvación, eran demasiadas.
Aunque gracias a las intervenciones de Huor, Bastian y Emer, habían conseguido salvar muchas vidas. Habían fallecido muchas personas.
Katara montada en su dragón se acercó hasta Yael quien montaba sobre Jan y le saludó algo cansada. La muerte de Aoni había sido una gran pérdida, sobre todo teniendo en cuenta que Azrael podría ahora controlar el fuego del averno.
Mientras tanto, Leith había salido detrás de Kebeth, sabiendo que éste la conduciría directa a Azrael. Pero cuando por fin le alcanzó en las afueras del castillo, Azrael no estaba. En su lugar estaba Nadezhda, el ángel oscuro más temido de todos. Nadezhda tenía el pelo gris, largo y lacio, los ojos oscuros y la piel oscura. Vestía con pantalones negros largos, unas botas del mismo color, una armadura plateada que le cubría hasta los hombros, una capa gris larga y unos guantes con garras.
Leith desenfundó su espada y dejó a sus alas salir por su espalda y Nadezhda hizo lo mismo. De pronto comenzó a atacarla con potentes ondas oscuras, las cual Leith esquivaba sin problema. Nadezhda comenzó a atacar a Leith con sus garras mientras ella le atacaba con su espada. Leith pudo esquivar algunos ataques, pero él último lo tuvo que parar con su espada dejando a Nadezhda con una mano libre y dándole la oportunidad para que le clavase sus garras en su espalda. Leith estaba muy herida, así que huyó como pudo de Nadezhda.
Entonces apareció Nox, justo a tiempo para evitar que Nadezhda matara a Leith. Leith algo aturdida consiguió curarse de sus graves heridas. La batalla entre ambos señores de la oscuridad estaba siendo ardua. Tenían un poder muy similar y ambos eran muy ágiles. Leith aprovechó la lucha para ponerse de pie, coger de nuevo su espada y lanzarse contra Nadezhda.
Nadezhda consiguió entonces vencer a Nox y matarle cortándole la cabeza, pero no se fijó en Leith y cuando se quiso dar cuenta su espada le atravesaba el corazón. Nadezhda cayó muerto delante de Leith y ella envainó su espada. Leith corrió hacia Nox para intentar salvarle, pero su alma ya había salido de su cuerpo y ahora estaría en el árbol de las almas en Ciel. El cuerpo de Nox se desvaneció entonces delante de los ojos de Leith sin que pudiera hacer nada. Entonces aparecieron descendiendo desde el cielo, Katara y Yael, el cansancio de la batalla era evidente en su rostro.

Yael bajó de Jan y fue corriendo a abrazar a Leith —¿Estás bien? —Leith asintió y le dio un beso en los labios —Por un momento pensé que iba a perderte.
Katara carraspeó y ambos se separaron —Si habéis terminado tortolitos, acaba de llegar dos cartas, ambas para ti Leith.

Leith cogió entonces la primera carta, era del rey Zenón, y comenzó a leer:

“Querida capitana. Le escribo esta carta para informarle de que hace poco sufrimos una invasión de los demonios de la que surgimos victoriosos gracias a su nueva compañera, Eiko. Al principio la juzgué por ser tan joven, pero en la batalla demostró ser una gran guerrera. También le quiero informar que hemos recibido informes de nuestros espían que afirman haber visto a un ser con alas con dirección a Kanavat. He consultado la descripción que me han dado con el libro de los ángeles y creo que podría tratarse de Aurel. Nosotros aquí en Kusha ya nos estamos preparando para la inminente batalla contra los demonios. Le seguiré informando, Zenón.”
Leith le enseñó la carta a Yael y cogió la segunda carta, era de su hija Eiko:

“Madre, te escribo esta carta porque necesito tu ayuda. Quiero ir al norte para buscar la ayuda de las criaturas que allí habitan, para la batalla final contra los demonios. Sin embargo, no quiero dejar Kusha sin protección. Sobre todo, después del gran enfrentamiento que hemos sufrido hace poco. Así pues, ¿podrías enviar a alguien a Kusha? A lo mejor así el rey me deja ir al norte para conseguir esa ayuda que tanto necesitamos. Te quiere, Eiko. PD: Dile a papá que también le quiero”

Leith le enseñó la carta a Yael y sonrió alegre —¿A quién tienes pensado enviar?
De pronto aparecieron caminando cansados, Huor, Bastian y Emer. Leith les miró divertida —A los tres. Si nuestro próximo objetivo es Aurel, los chicos no pueden ayudarnos, Kanavat tiene demasiada superficie de agua. Cuando partamos a por Traian o Pielka se volverán a unir a nosotros.
—¿Nos vamos? ¿Qué sucede? —preguntó Huor.
Leith le explicó lo sucedido en Kusha y le leyó ambas cartas —Lo siento, pero creo que es lo mejor.
Bastian preguntó nervioso —¿Sabes algo de mi familia?
—Si les hubiera pasado algo Eiko me lo habría dicho —contestó Leith.
Bastian suspiró aliviado —Es cierto.
—Hoy he visto demasiado —confesó Emer —La verdad es que quiero volver a casa.
Huor le revolvió el pelo a Emer —No te preocupes, eso haremos.
Leith asintió algo emocionada —Os avisaré cuando hayamos concluido nuestra misión.
—Yo os puedo llevar sobre el lomo de mi dragón hasta las afueras de Feuer. Allí podréis vuestras monturas y viajar hasta Kusha —se ofreció Katara.
—Tengo curiosidad… ¿Le has puesto nombre? —preguntó Yael.
—Snieg —contestó Katara.
—Eres la primera persona que sepa que tiene a un dragón como mascota —comentó Huor —¿No es peligroso?
—Sólo si yo le ordeno que ataque —aseguró Katara.
Huor la miró asustado —Recuérdame que no te cabree nunca.
Katara se rió y asintió —Será un placer.

Snieg soltó un bufido por la nariz y Huor se asustó. Todo el mundo se rió, incluido el propio Huor. En ese momento todos se miraron sabiendo que la despedida sería corta, pero importante. Ahora no sabían qué iba a pasar, a lo que se enfrentaban podría matarles y todos lo sabían. Tras despedirse, Katara dejó a Bastian, Huor y Emer fuera del reino de Feuer para que pudieran coger sus monturas y viajar desde allí a Kusha. Atravesar el reino de Fuer a pie no era una buena idea en aquel momento debido a su destrucción. Leith deseaba poder quedarse, pero sino se marchaba para vencer a Aurel muchas personas inocentes morirían. Así pues, Yael se montó en Jan y junto a Leith volaron hasta Katara, y los tres juntos volaron con dirección a Kanavat. Sabían que debían darse prisa así que no descansaron. Se esperaban otra masacre como la de Feuer al llegar, pero la capital estaba insólitamente tranquila.
Katara, Yael y Leith respiraron tranquilos, eso significaba que Aurel aún estaba de camino. Estar encerrada en el averno durante tanto tiempo la había vuelto algo más lenta y eso les vendría genial a los tres para descansar aquella noche en una taberna de la anterior batalla.
Kanavat era un reino que tenía mucha superficie construida sobre islas diminutas cuya distancia era tan mínima entre ellas que el agua hacia canales. La gente solía desplazarse por tanto en pequeños barcos o caminando por sus calles, cruzaban usando lo puentes que conectaban entre sí todas las islas. Las casas eran muy estrechas y muy altas, con grandes ventanales y puertas de hierro. En las islas más grandes se encontraban los distintos edificios más importantes de la ciudad, como el castillo de Kanavat, el hospital, la biblioteca, la universidad, la escuela y el teatro. Los ciudadanos de Kanavat eran en su mayoría muy cultos y con dinero así pues ir al teatro era algo muy común. Había muchos repartidos por todo el reino, pero el más importante estaba en la capital y era impresionante, casi tanto como el castillo.
Leith, Yael y Katara decidieron dejar sus monturas dentro del colgante de Leith cuando se hubieron acercado lo suficiente a la ciudad de Krandha. No querían llamar demasiado la atención y sus monturas no eran precisamente normales. Además, en Kanavat no había establos pues nadie usaba monturas, todo el mundo usaba barcos. Con la ayuda de Leith bajaron hasta los límites de la ciudad en un callejón oscuro, era tan estrecho que Leith tuvo serios problemas para aterrizar cogiendo a Yael y a Katara al mismo tiempo. Cuando llegaron a la taberna estaban muy cansados así que alquilaron una habitación para los tres y se quedaron dormidos enseguida. Al día siguiente les esperaba una nueva batalla que deberían librar y debían descansar si querían poder vencer a Aurel.
Mientras tanto el viaje de Huor, Bastian y Emer hasta Kusha sería mucho más largo. Viajar a caballo era mucho más lento que ir volando y por si fuera poco el cansancio les estaba pasando factura. Así pues, al ver al primer poblado decidieron descansar allí.

La luz del día despertó a Eiko, había tenido demasiado tiempo sus alas guardadas. Necesitaba salir y volar un rato, pero debía estar muy temprano en el estadio para instruir a las mujeres que se habían prestado a luchar por el reino de Erde. Como esperaba Eiko, eran en su mayoría muy jóvenes pues estaban reemplazando a sus padres o abuelos demasiados mayores para ir a la guerra. La mayoría de las mujeres no querían estar ahí, estaban acostumbradas a que nunca se le hubiera llamado a ninguna guerra.
Los nuevos reclutas hombres, aunque eran apenas adolescentes estaban ya mentalizados de que aquello podría ocurrir para ellos así que su predisposición para aprender a luchar era mayor. Eiko era la encargada del adiestramiento porque según el rey había sido su idea así que ahora debía ocuparse ella. Además, las mujeres responderían mejor si una guerrera consumada como ella era quien las dirigía. Apenas había comenzado a ponerlas en forma, la mayoría era muy delgadas o demasiado corpulentas, pero Eiko no pensaba rendirse. Tenía que demostrar que las mujeres eran tan capaces de luchar como los hombres o nunca las tomarían en serio. Ser la hija de Leith no era nada fácil, su legado era muy grande. Igualar a su madre era prácticamente imposible, pero Eiko haría que ella estuviera orgullosa de su hija. Este hecho, sólo lo conocían los ambarinos, porque los demás pensaba que Eiko era una compañera que había conocido Leith en su último viaje. Eiko tenía dieciocho años. Así que para ellos pensar que fuera la hija de Leith era, como es natural, algo ilógico. Además, Leith y Eiko se parecían tanto físicamente como el agua al aceite. Eiko se parecía más a su abuela Mot, lo único que había heredado de su madre a parte de las alas era su habilidad para luchar.
Así pues, Eiko se levantó temprano y desayunó en su habitación. Se puso su conjunto de guerrera que le había regalado el rey: una camiseta roja oscura pegada al cuerpo, pantalones marrones pegados al cuerpo, botas negras altas y la parte superior de una armadura con dos aperturas en la espalda, petición expresa de Eiko al herrero.
Al herrero le extrañó, pensó que no era de su incumbencia preguntarle algo así a la nueva heroína de Kusha. Eiko llevaba su espada y un broche que la distinguía como miembro de los ambarinos en su cinturón negro, y sobre el cuello llevaba su colgante mágico, idéntico al de su madre.
Eiko llegó al estadio poco después y allí ya les esperaba las mujeres, llevaban apenas unos días y lo único que había podido hacer hasta ahora era ponerlas en forma. Eiko dudaba que estuvieran preparadas para la batalla, los nuevos reclutas hombres les llevaban mucha ventaja. Eiko se obligó a recordar que aquellas mujeres eran humanas y por lo tanto su fuerza era limitada y más teniendo en cuenta que ninguna de ellas había corrido ni cogido una espada en su vida.
La mayoría de los hombres del reino pensaban que Leith, Eiko y Katara eran una excepción impresionante. Algunos las admiraban pues sabían que ser una mujer guerrera era mucho más difícil para ellas por los prejuicios y también porque habían tenido que trabajar más para conseguir ser no sólo guerreras sino además mejor que casi cualquier hombre.
En Ciel, las cosas eran muy distintas. Al ser considerados mujer y hombres por igual tenían las mismas obligaciones y derechos. Nadie se sorprendía si había una mujer mejor guerrera que un hombre al igual que tampoco se sorprendían si un hombre era mejor guerrero que una mujer. Porque ambos tenían las mismas oportunidades y era cuestión de talento, poder y mucho, mucho esfuerzo. Algunos hombres con mucho talento eran peores que algunas mujeres porque ellas se esforzaban más y por lo tanto al final eran mejores, y viceversa.
Apenas llevaban unos días, eran humanas y no podía exigirles que se pusieran en forma con la misma rapidez que un ángel, arcángel o semidios. Quería que las mujeres fueran algo más respetadas en el mundo. Su esfuerzo dio resultados en los siguientes días, las reclutas fueron mejorando poco a poco considerablemente. Eiko sonrió victoriosa, después de aquella guerra, las mujeres podrían ingresar como soldados al igual que los hombres y podrían entrenarse más jóvenes.

Había pasado casi una semana desde que habían llegado a Kanavat y Aurel no había hecho acto de presencia. Leith, Katara y Yael habían aprovechado esos días para hablar con los reyes de Kanavat, pero éstos no se habían mostrado muy comprensivos.
Habían conseguido que la mayoría de los ciudadanos abandonasen la capital y buscaran refugio, pero algunos se habían negado pues creían que Azrael les salvaría si les mostraba fidelidad. No podían obligarles a dejar sus hogares, por lo que decidieron quedarse y esperar que Aurel atacase. Leith recibió dos cartas, una de su hija quien le explicaba sus grandes progresos y la otra de Huor quien le informaba que estarían en Kusha para aquella noche. A pesar de que estaban protegiendo a Kanavat, la verdad es que no habían tenido que hacer mucho. Tan solo un par de enfrentamientos sin importancia con algunos demonios pequeños, pero los tres sabían que aquello no duraría. Katara había decidido llevarse a Jan, Snieg y Hest fuera del reino y así que les diera un poco el aire, estar encerrados todo el tiempo en el colgante de Leith no era bueno para ellos. Así pues, Leith y Yael habían aprovechado para estar el día ellos dos solos, comenzaron con un desayuno en la cama y un almuerzo en una taberna cercana. Decidieron pasar la tarde paseando en barco por los canales de Kanavat, era un lugar precioso, sin duda. Ya habían hecho turismo durante aquellos días, pero siempre acompañados de Katara. Leith llevaba puesto una blusa larga blanca, unas mayas negras y unos zapatos a juego, mientras que Yael llevaba puesto una camisa azul clara, unos pantalones grises y unos zapatos a juego.
Llegaron a la habitación de la taberna cogidos de la mano y con una sonrisa en los labios. Nada más entrar Yael besó en los labios a Leith apasionadamente y ella le correspondió de igual manera. Yael la cogió en brazos y la tumbó sobre la cama, la pasión que había entre ambos era evidente. No pudieron evitarlo y al final sucumbieron e hicieron el amor. Unos minutos después decidieron ducharse juntos y se quedaron tumbados con ropa interior en la cama mirándose el uno al otro con amor.

—Un día maravilloso —reconoció Leith
—Siempre lo será mientras tú estás a mi lado.
Leith miró a Yael —Supongo que una parte de mí nunca te olvidó, a pesar de todo.
—Te quiero Leith —soltó Yael y Leith se sonrojó.
—Estos días a tu lado han sido maravillosos. Me han traído muy buenos recuerdos.
—Es curioso que tú digas eso —bromeó Yael.
Leith le dio una colleja y Yael sonrió. Leith observó su anillo —Nunca llegamos a casarnos porque el destino no lo quiso. Ahora tenemos esta segunda oportunidad y no dejo de preguntarme si nos volverá a pasar lo mismo.
Yael la miró emocionado —¿Tú quieres casarte conmigo?
—Bueno si me lo propones así, no. Debes hacerlo bien —insinuó Leith.
Yael asintió, cogió el anillo de la mano de Leith y se lo volvió a poner —¿Me harías el honor de casarte conmigo? —Leith asintió —No te oí —insistió Yael.
—¡Sí! —y Yael la besó a continuación en los labios.
—En cuanto volvamos a Kusha te prometo que nos casaremos.
De pronto alguien llamó a la puerta —Soy Katara. Venga, vestíos. Tenemos compañía.
Yael y Leith se miraron —Aurel.
Tras unos minutos ambos salieron vestidos con sus habituales conjuntos de guerreros y Katara asintió al verles —Vamos.

Los tres salieron de la taberna y Leith les llevo a ambos hasta sus respectivas monturas que les esperaban arriba de la taberna. Los ciudadanos corrían desesperados, Aurel había llegado a Kanavat y había empezado a arrasar la capital, tal y como sospechaban ellos. Pero no estaba sola, una horda de demonios la acompañaba. Leith y Katara fueron directas hacia los demonios, y Yael se quedó solo luchando contra Aurel. Aurel fue la primera en atacarle con una gran onda de agua que Yael esquivó sin problemas, Jan era muy bueno volando.
Aurel tenía el pelo azul claro, largo y lacio, sus ojos eran azules, su piel blanca y sus rasgos fuertes. Llevaba puesto una túnica azul oscura larga con escote de barca y unas sandalias a juego.

—¿Se supone que eso debería impresionarme? —insinuó Yael.
Aurel le miró furiosa y se rió —Aún no he comenzado si quiera.

Aurel formó un gran tornado de agua rodeándola, cogió su espada y fue tras Yael, quien usó su poder para congelar el agua. Aurel se quedó atrapada en su propia trampa y Yael aprovechó para ayudar a Leith y Katara con los demonios. Leith comenzó la batalla cortando las cabezas de varios demonios en minutos, pero era muchos. Incluso con la ayuda de Katara, los demonios parecían que se no se agotaban nunca. De pronto recibieron la ayuda de Yael y poco a poco consiguieron vencer a todos los demonios o eso pensaron.
Al darse la vuelta Aurel se había escapado y tras ella un ejército de demonios de agua. Los tres se miraron cansados y algo enfadados, por eso nunca conseguían matar a los demonios. Ella era quien los creaba una y otra vez…
De pronto cuando creyeron que todo estaba perdido del agua empezaron a salir sirenas y otras bestias marinas para eliminar a los demonios. Y del agua salió un hombre al que Yael y Leith reconocieron… Orisha, el dios del mar. Orisha tenía el pelo de color castaño, largo y ondulado, sus ojos eran azules oscuros, su constitución era fuerte y ancha, sus rasgos eran predominantes y llevaba barba. Vestía con una falda de algas, sobre la cual llevaba un cinturón de metal, unas sandalias y una hombrera de metal.
La batalla fue bastante rápida, el poder de Orisha era inmenso comparado con el de Aurel, sin embargo, los demonios escapaban para matar a más ciudadanos así que Leith y Katara volvieron a la batalla. Yael miró a Orisha luchando contra Aurel, él fue quien le otorgó el poder del agua, quizás por eso ahora quería remediar su error. Pues Orisha nunca salía del mar si no era imprescindible
Entonces a Yael se le ocurrió una idea, aún montado sobre Jan voló hasta Aurel e impregnó su hoja de hielo y cuando llegó hasta Aurel se la clavó en el corazón. Aurel estaba demasiado ocupada para darse cuenta que hasta ella se había acercado Yael, dispuesto a finalizar aquella batalla de una vez por todas. Cuando Aurel se convirtió en hielo, Yael le cortó la cabeza y Aurel entonces se desvaneció sin más.
Aquella victoria había sido difícil, pero al final lo habían conseguido. Sin mediar palabra Orisha despareció de nuevo en el mar y con él se marcharon todas las criaturas marinas, de vuelta a las profundidades del mar.
Entretanto los chicos habían llegado por fin a Kusha, en la puerta les estaba esperando el rey Samir y un ejército bastante numeroso que se habían acomodado en una explanada cerca de la ciudad. Huor, Bastian y Emer dejaron sus monturas en los establos y fueron a reunirse con Samir.

—Buenas noches majestad —dijo Huor.
—¿Cómo os ha ido en vuestro viaje? —preguntó Samir.
—Hemos derrotado uno de los ángeles oscuros, así que bastante bien —respondió Huor —¿Y cómo os va a os con el adiestramiento de los nuevos reclutas?
—Bastante bien, pero la verdad es que Eiko es quien más avances ha conseguido. Es increíble el progreso que están haciendo con ella —explicó Samir.
—¿Fue idea suya que las mujeres combatieran? —preguntó Bastian.
—Así es —contestó Samir,
Huor asintió. Desde luego era hija de Leith —Bueno, así me será más fácil tomar su puesto cuando Eiko se marche al norte para buscar el apoyo de los licántropos y de las criaturas del norte.
—Quizás debería acompañarla —intervino Bastian —Los gigantes podrían también podrían unirse a nosotros si voy con ella.
—En ese caso yo podría ir a las tierras colindantes de Erde para convencer a los enanos, hobbits, kenders y a las demás criaturas del bosque. Probablemente a mí me escuchen —sugirió Emer.
—Bueno, pero partiremos mañana. Hoy quiero pasar la noche con mi familia y descansar —afirmó Bastian y Emer bostezó aceptando su propuesta.
Los tres se despidieron de Samir y se marcharon. Bastian y Emer fueron a descansar, pero Huor quería buscar a Eiko para darle la nueva noticia. No le hizo falta buscarla, ella le estaba esperando en la entrada del castillo —Supongo que ya te has enterado de nuestra llegada. ¿Has podido hablar con el rey?
Eiko asintió —Me ha permitido partir mañana temprano. Las nuevas reclutas están avanzando muy bien y sabe que tú harás un gran trabajo para terminar su entrenamiento.
—Puedes contar con ello —aseguró Huor.
Eiko abrazó a Huor —Gracias —Eiko se separó de Huor y se despidió de él.
Huor llegó a su habitación cansado y nada más llegar se tumbó en su cama para quedarse profundamente dormido al instante. El sonido de las trompetas del ejército despertó a Huor al día siguiente. Nada más levantarse vio que en su ventana había un halcón con una carta de Leith. Huor medio adormilado le dio de comer al halcón, cogió la carta y comenzó a leerla:
“Querido Huor, te escribo para darte buenas noticias. ¡Hemos vencido a otro arcángel oscuro! Nada más despertarme recibí la carta de Eiko y debo de darte las gracias por ayudarla. También he informado al rey sobre esta nueva noticia y ahora nos dirigimos hacia Kusha. Espero llegar mañana a la hora de almorzar. Saludos, Leith”
Huor se visitó y fue a desayunar al comedor del castillo dónde se encontró con Emer, Bastian y Eiko. Tras una breve despedida fue directo a los entrenamientos y allí se encontró con las nuevas reclutas. El entrenamiento fue bastante bien, dentro de poco las nuevas reclutas podrían comenzar a entrenar con espadas.
El rey estaba pasando una tarde maravillosa con su mujer Vita, su hija Ámber y su yerno Samir cuando su halcón apareció delante de él posándose sobre un árbol con una carta de Yael. Curioso el rey se acercó, alimentó a su halcón y leyó la carta:
“Majestad, le escribo por dos motivos. El primero es para informarle que hemos vencido al arcángel Aurel y que nos pensamos quedar un par de días en un pueblo cercano a Erde para descansar antes de viajar hasta Kusha. El segundo es para pedirle si puedo usar el castillo para celebrar mi boda con Leith, ceremonia y banquete incluidos. Aún no tengo fecha, pero espero poder casarme lo antes posible, así que sería dentro de dos semanas como mucho. Gracias por todo, Yael.
PD: Usted y su familia están invitados”

—Vaya uno de mis ambarinos se casa y quiere usar el castillo para celebrar la ceremonia y el banquete. ¿Qué te parece? —comentó Zenón.
—¡Eso es maravilloso! —dijo Vita alegre.
—¿Y quién es la afortunada pareja? —preguntó Ámber curiosa.
Zenón sonrió —Mi capitana se casa con su compañero Yael. Y nos han invitado.
Ámber le miró asombrada —¡No puede ser!
—Menuda sorpresa más alegre. Será una boda maravillosa —afirmó Vita.
—Entonces les responderé inmediatamente con una afirmación muy positiva. La verdad es que me alegro mucho por ambos —finalizó Zenón.

Autor: elenasiles

En 2014 publiqué mi primer libro impreso "La Prueba". En 2019 publiqué La Guerrera Drager , en 2020 Piratas de Sagara y en 2021 Los Guardianes de Almas. Fui directora de YouAreWriter desde 2013 a 2019. He participado como autora en Renacer, Antología Benéfica (2020), en Invencibles, Una antología benéfica (2021) y en Antología Recuerdos de Tinta (2021). Además he coordinado, editado y publicado Antología Show Your Rare (2020) , Antología Sueños de Aire (2020) y Antología Criaturas de la Noche (2021) Mi email es: youarewriter.wordpress@hotmail.com Mi blog: www.elenasaavedrasiles.wordpress.com

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