Guerra de Dioses cap 15 por Elena Siles

Capítulo 15

Helena se despertó por la mañana cuando alguien llamó a la puerta de su habitación con insistencia. Aunque estaba cansada decidió levantarse, y en cuanto abrió las persianas pudo comprar que no era tan temprano como creía. Había dormido hasta casi medio día y eso la sorprendió pues normalmente se levantaba siempre muy temprano.

Como no estaba decentemente vestida, Helena preguntó —¿Quién es?
—Soy yo, Eiko —respondió una voz alegre desde el otro lado de la puerta.
Helena estaba en camisón, pero abrió la puerta igualmente —Buenos días.
—¿Buenos días? —insinuó irónicamente Eiko —Di mejor buenas tardes. Te he dejado dormir más tiempo porque sabía que estabas cansada, pero ya es casi la hora de almorzar y como seguías durmiendo he decidido despertarte yo misma.
—Gracias —dijo seguido de un bostezo Helena —Normalmente no duermo hasta tan tarde, pero supongo que mi cuerpo necesitaba descansar.
—Bueno lo importante es que ya has descansado y como es la hora de almorzar he pensado que te gustaría comer conmigo —la invitó Eiko.
—Estaré encantada de acompañarte, pero antes tengo que encontrar algo decente que ponerme, lo único que tengo es el vestido blanco que tenía puesto cuando Darkran me llevó con él, pero está roído y sucio —Helena observó el vestido con frustración y después se volvió para Eiko —¿Tú podrías prestarme algo?
—¿Qué ha pasado con tus otros vestidos? —preguntó Eiko y al ver que Helena no entendía a cuáles se refería Eiko se lo aclaró —Los que usabas con tu otra apariencia.
—Pues que me sobraría casi la mitad del vestido, no me sirven.
Eiko se quedó pensativa durante un tiempo y después encontró una solución —Espera aquí, enseguida vuelvo.

Helena se quedó algo confusa cuando Eiko se marchó con prisas de su habitación y volvió poco después con un vestido lila de estilo medieval con la parte superior de encaje un lila más fuerte. El vestido era de seda y con pliegues naturales y adornos dorados por debajo del pecho, en los antebrazos y en medio del vestido, era perfecto para aquella ocasión.
Helena estaba realmente sorprendida por el acierto de Eiko pues ella únicamente llevaba vestimenta de lucha por lo que pensó que no entendía de vestidos. Y sin embargo allí estaba Eiko con una sonrisa sosteniendo aquel vestido lila tan bonito.

—¿De dónde lo has sacado? —preguntó Helena curiosa.
—¿Te gusta? —preguntó Eiko.
—Me encanta, es precioso.
—Es de la princesa Ámber, me ha dicho que te lo puedes quedar. Ella tiene muchos más. Esta tarde si quieres podemos ir a comprar más —le propuso Eiko.
—Me encantaría —contestó Helena.
—Bueno, vístete y nos iremos a almorzar. Te esperaré en la puerta del castillo.

Helena sonrió como respuesta y Eiko se marchó cerrando la puerta de la habitación tras sí. Helena cogió el vestido y se vistió lo más rápido que pudo, después caminó hasta la puerta del castillo dónde la esperaba Eiko. Helena la saludó y se fueron juntas a la taberna más próxima para almorzar juntas. Encontraron una mesa libre, se sentaron y pidieron algo de comer al camarero. Mientras esperaban la comida Eiko decidió que debería hablar con Helena, quería pedirle que se quedara en Kusha para que ella pudiera marcharse al norte a buscar la ayuda de las criaturas de las nieves y licántropos para la guerra de dioses.

—Helena, me gustaría pedirte una cosa.
Helena la miró extrañada, pues desconocía por completo qué podría ser —¿De qué se trata?
—Pues verás. Quiero ir a pedir ayudar a las criaturas del norte para la guerra de dioses, pero no puedo dejar Kusha sin protección así que si podrías hacer el favor de quedarte aquí mientras viajo al norte. Sé que es una faena, pero…
—Me quedaré —le cortó Helena —Te lo prometo. No pensaba irme de todos modos. He echado mucho de menos Kusha y pensaba quedarme bastante tiempo.
—Genial, me marcharé mañana por la mañana. Hoy tengo que ultimar los últimos detalles de mi viaje y asistir a una reunión con los reyes. Lo que me recuerda que no tengo nada para ponerme esta noche para la cena previa a la reunión. Normalmente no voy a esas cenas, pero teniendo en cuenta que debo acudir a la reunión de después debería ir, sería descortés por mi parte no hacerlo.
—Esta tarde iremos a comprar, ¿No? Puedes comprarte algo para esta noche —sugirió Helena.
—No me gustan mucho los vestidos —confesó Eiko.
—Bueno pero seguro que alguno te gusta, además sólo es para esta noche.
—Bueno, supongo que no puedo ir como voy ahora —Eiko se miró así misma iba con su conjunto de guerra —No es en absoluto el vestuario adecuado
—Exacto —confirmó Helena —Bueno aquí viene la comida, dejemos este tema para después.

Eiko y Helena almorzaron en silencio y cuando terminaron pagaron la cuenta y decidieron ir de compras. Eiko se compró un vestido rojo, largo, de seda, de estilo clásico, con volantes y escote de pico, recogido por un lazo negro por debajo del pecho; mientras que Helena se compró un vestido celeste largo de seda, con mangas cortas de estilo renacentista, escote de barca y recogido en la cintura en forma pico para luego abrirse en las caderas; y otro vestido verde para la cena de aquella noche, era largo, con escote de pico, de estilo medieval, sin mangas y recogido en las caderas formando unos volante muy característicos.

—La verdad es que me gusta bastante mi vestido. Estará socialmente aceptado para esta ocasión y yo me sentiré cómoda llevándolo por lo que disfrutaré de la velada —comentó Eiko.
—Yo por el contrario tengo demasiados vestidos recargados, pomposos y barrocos. Pero tengo que guardarlos para ocasiones especiales, lo que me recuerda que tengo que ordenar arreglar todos mis vestidos para que me valgan para mi nueva apariencia.
—Eso te iba a preguntar, porque la verdad es que no entiendo una cosa. Ahora que tienes tu verdadera apariencia, ¿no se preguntarán qué ha pasado con tu otra apariencia anterior? —preguntó Eiko.
—Verás, mi actual apariencia es la hermana de mi otra apariencia y cuando llegue al castillo anunciaré la muerte de mi hermana a causa de una extraña fiebre. Entonces les hechizo con una canción y olvidan a mi antigua apariencia. Es lo que solía hacer cuando vivía aquí antes.
—¿Tú cantas? —preguntó curiosa Eiko.
—Pues sí, y además toco la guitarra y el laúd.
—Yo a veces canto, aunque no muy bien. Es como si el chillido de un cerdo a punto de morir se mezclase con el grito de un gato al que le han pisado la cola —confesó Eiko.

Helena no pudo evitar reírse y Eiko también se rió. No se habían dado cuenta hasta ese momento, pero se había hecho tarde y Eiko tenía que prepararse para la cena con los reyes así que se despidieron cuando hubieron llegado al castillo. Helena mandó a un sirviente a que arreglara todos sus trajes, o mejor dicho los trajes de su difunta hermana ya que ésta lógicamente no los iba a necesitar. El sirviente le dio su más sincero pésame y se marchó con los vestidos, dejándola sola en su habitación. Cómo no tenía nada mejor que hacer se puso a practicar con su laúd para la canción de aquella noche, pues sería en la cena cuando anunciara la muerte de su hermana falsa.
Eiko llegó a su habitación y pensó en todo lo que había estado hablando con Helena, había sido algo insistente conforme al tema de su antigua apariencia, pero era únicamente porque aquel tema le fascinaba. ¿Cómo podría llegar a querer una mujer tan bella como Helena aparentar ser mucho más fea? ¿Por qué había fingido aparentar ser quien no es? Si ella fuese tan hermosa como Helena no se habría querido ocultar nunca como lo habría hecho ella. ¿Qué sería lo habría pasado para que Helena tomase aquella decisión? Quizás esta noche pudiera descubrirlo.

Eiko llegó hasta el gran comedor estrenando su vestido y se encontró con Helena que estaba en la puerta esperando para entrar —Hola Helena, estás muy guapa.
—Gracias Eiko —la saldó Helena con su mano izquierda pues en la derecha sostenía su laúd.
—¿Estás nerviosa por tocar esta noche? —preguntó Eiko.
—Un poco, pero en verdad lo que más me preocupa es que si lo hago mal el hechizo no llegará hasta todos aquellos que me vieron con mi antigua apariencia, y por lo tanto tal vez… se pregunten cosas y descubran las respuestas… y mi secreto quede desvelado… y… —tartamudeó Helena.
—¿Y? —la incitó Eiko para que continuara.
—Y no puedo permitir que eso ocurra. La última vez…—Eiko la miró intensamente buscando que Helena continuara con su historia —La última vez provoqué una guerra entre hermanos pues cada uno de ellos pensaba que me había matado el otro. Intenté detenerles, pero estaba en Ciel y yo no podía volver a bajar a Sapta Dvipa hasta dentro de 20 años.
—¿No podías bajar? —preguntó Eiko.
—Siempre que finjo alguna de mis muertes subo, dejo pasar un tiempo para que me olviden del todo y entonces vuelvo a bajar. Pero si provocas una guerra entre los humanos al marcharte no puedes bajar durante los próximos 20 años. Imagínate que vuelve a pasar lo mismo, no sólo provocaría muchas muertes, sino que Azrael podría hacerse con esas almas y entonces…
—Entonces no podríamos pararle —concluyó Eiko.
—Por eso ni los dioses ni los semidioses solemos bajar a Sapta Dvipa, porque si bajamos tanto podemos llegar a provocar muchas muertes. Ni siquiera deben saber que existimos porque eso provocaría una guerra de creencias entre los humanos. Si no fuera por Azrael podríamos seguir manteniéndonos en secreto alimentándonos únicamente con los rezos que recibimos para los ángeles, pero al provocar él la gran guerra nos vimos obligados a actuar —explicó Helena.
—¿Cuántos dioses creen los humanos que existen? —preguntó Eiko.
—Únicamente conocen la existencia de Liv y de Azrael, para ellos son la diosa de la vida y el dios de la destrucción. Exceptuando a los monjes del templo dónde se guardaba nuestro libro y a los reyes de Erde propietarios de las tierras dónde se ubica el templo nadie más sabe que existimos.
—Un momento —intervino Eiko —Eso significa que algunos humanos rezan a Azrael.
Helena se mostró algo contrariada —Sí… eso me temo.
—Por eso es tan poderoso. Pero debéis decirles cuál es su verdadero propósito. ¡Quiere destruir a toda la humanidad! No le rezarían si supieran eso.
—Eso ya lo saben. De hecho, muchos de ellos les rezan para que se compadezca de ellos y les deje vivir. No saben que sus rezos únicamente provocan que su muerte se acerque más y más. Azrael no tendrá piedad ninguna, hará lo que sea para…
—¿Para qué? —insistió Eiko.
—Para que vuelvan su amada, Hela. Ella está recluida en el interior de la séptima luna.
—Si sólo quiere que su amada vuelva… ¿Por qué no pueden volver?
—Porque para liberarla se debe destruir la séptima luna, la cual se estrellaría contra Sapta Dvipa destruyéndolo todo. No quedaría nada —relató sombríamente Helena.
—Pero entonces no quería almas que rezaran por ellos y ellos también desaparecerían.
—Te equivocas —le cortó Helena.
Eiko cayó entonces en la cuenta —Siempre quedarían almas, no estarían vivas, pero pueden darles sus rezos y lo harán porque si no ellas también desaparecerían.
—¿Qué clase de futuro es ese? —preguntó amargamente Eiko.
—El único futuro que nos espera sino conseguimos ganar en la batalla y únicamente podremos si Azrael no consigue su antiguo poder. Cometió el error de debilitarse luchando contra Leith, pero no deberíamos esperar a que vuelva a fallar —apuntó Helena.
—Bueno será mejor entonces que entres y cantes como nunca antes habías cantado.

Helena asintió como respuesta y entró con paso decidido. Eiko la siguió poco después y comenzó a buscar a los reyes con la mirada; les encontró sentados alrededor de la mesa más grande. Eiko observó a cada uno de los integrantes de la mesa: estaba en primer lugar y presidiendo la mesa el rey Zenón que vestía con traje rojo de mangas largas de estilo renacentista, con decorados en dorado y rojo oscuro, un colgante de oro y botines negros; a su mano derecha Vita ataviada con vestido largo verde oscuro y beige estilo del renacimiento, estaba cogido por la cintura no tenía mangas pero si una cola larga y adornos en beige y plateado alrededor del escote de pico y a los lados del vestido. A la izquierda del rey se sentaba Samir vestido con traje negro y marrón sin mangas de estilo renacentista con decorados en dorado, abrigo negro de cuero y botas a juego. A la derecha de éste estaba sentada Ámber que llevaba puesto un vestido largo beige y castaño claro estilo medieval cogido por la cintura en pico, el vestido tenía las mangas largas y caídas, y pliegues naturales, su escote era de barca con perlas a su alrededor, y también en las mangas y en la división del vestido que se abría por la mitad dejando ver una preciosa tela beige claro decorada con un bordado dorado. Eiko miró a la silla vacía desafiante, estaba nerviosa pero no iba a rendirse tan fácilmente. Su viaje al norte dependía de que se sentara en aquella silla y soportara las clásicas conversaciones entre la aristocracia. Así que Eiko caminó decidida hasta su silla y al aproximarse al rey realizó una breve inclinación. Cuando el rey le indicó que podía levantarse Eiko se sentó en su silla y saludó a Helena brevemente la cuál le respondió con una agradable sonrisa de oreja a oreja.

—Me alegro que hayas tenido ocasión de venir a la cena Eiko —comentó Ámber.
—Es lo mínimo que debía hacer, después de todo esta cena es para rememorar nuestra victoria en el campo de batalla —respondió Eiko con una sonrisa.
—Fuisteis muy valiente al enfrentaros a aquel ejército únicamente con la ayuda de cien de nuestros hombres —aseguró Samir —Fue toda una proeza.
Eiko miró extrañada a Helena y entonces le susurró —¿A qué se refieren?
—Recuerda que Moira les borró las memorias a todos para que no viesen a los demás semidioses —le musitó Helena —Ellos recuerdan la batalla, pero una muy distinta a la que de verdad.
—Pero yo no hice tal cosa. No quiero ser una heroína —cuchicheó Eiko.
—El secreto de la existencia real de los dioses es mucho más importante que todo lo demás. Tú limítate a asentir y todo irá bien —murmuró Helena.
—¿Qué susurráis con tanto secretismo? —les preguntó inquisitivo el rey.
—Oh nada, es que mi querida amiga Eiko aún no está acostumbrada a eso de ser una heroína y no sabía muy bien cómo responderos —contestó Helena —La pobre es demasiado modesta.
—Os merecéis mucho más que una simple cena en vuestro nombre. Habéis salvado la ciudad de un ejército muy numeroso sin perder a uno sólo hombre de nuestro ejército. Es una hazaña memorable Eiko. Una hazaña que aparecerá en nuestros libros de historia y que será digna de recuerdo hasta el fin de nuestros tiempos —narró Vita orgullosa.
—¡Es verdad! —El rey se levantó y tocó su copa para llamar la atención de todos los presentes y hablar ante todos ellos —Damas y caballeros. Quiero que todos brindemos por la nueva integrante de los ambarinos: Eiko.
—¡Por Eiko! —brindaron todos y a continuación se levantaron y aplaudieron.
El rey les hizo parar de aplaudir —¡Y ahora disfrutemos de esta preciosa velada! —todos volvieron a sentarse, incluido el rey —Mirad aquí llega la cena —les indicó el rey.
Llegaron unos camareros y sirvieron la cena a todos los presentes y luego a las demás mesas una por una hasta que todas estuvieron servidas. Helena fue la primera en hablar del grupo —Es una cena exquisita majestad. He de decir que poseéis un gusto culinario excelente.
—Yo os iba a decir lo mismo padre. Habéis acertado eligiendo el cordero para esta celebración padre. Sin duda está a la altura de la celebración.
—Gracias hija —le respondió el rey galantemente a Ámber —Aunque por supuesto el mérito no sólo mío. Vuestra madre también me ayudó con los preparativos.
—Sólo elegí la decoración querido. Todo lo demás lo preparasteis vos con la ayuda del servicio.
El rey cogió la mano de su esposa y la besó —No permitiré que mengües tu gran ayuda para la celebración de esta cena querida. Fuisteis esencial para que todo esto fuera posible.
—Se me acaba de ocurrir una idea. Podríamos hacer una renovación de los votos los cuatro juntos después de la guerra. ¿Qué os parece? —intervino Ámber.
—Es una idea fantástica esposa —Samir besó a Ámber en los labios —Estaré encantado de celebrar dicho evento junto a tus padres, pero hacer planes para después de la guerra es algo muy ambicioso Ámber. Aún no sabemos si vamos a poder ganarla.
—Querido vamos a tener a los dioses de nuestro lado; los soldados de Vihar, Strahl y Stein; y a los ambarinos. No podemos perder —respondió Ámber.
—Aun así… es una guerra muy complicada —intervino el rey —No deberíamos hacer planes para un futuro que no sabemos si llegará hija.
—De acuerdo, padre —le contestó Ámber con una sonrisa.
Terminaron de cenar en silencio y comenzó a sonar la música —Es una melodía preciosa —comentó Vita.
—Hablando de música —intervino Helena —He preparado una canción para todos los presentes y me gustaría tocarla en el centro del salón si me permite su majestad interrumpir esta bella melodía.
—Por supuesto que sí, faltaría más —asintió Vita.

Helena se levantó de su silla y cogió su laúd. Caminó hasta el centro de la sala e interrumpió la melodía que acaba de comenzar para tocar la suya propia. Eiko supo de inmediato que era la melodía de la que le había hablado anteriormente Helena y le mandó un saludo de aprobación. Ellas sabían que dentro de unos instantes todos aquellos que supieran algo sobre su antigua identidad, olvidarían a esa inexistente hermana suya haciendo así una vez más que el secreto de Helena: su verdadera identidad, quedara para siempre olvidada; y aunque no fuese la primera vez que ella hiciera aquello si lo sería para ellos. Helena se sentó en un taburete y comenzó a tocar su laúd con suavidad. Y la música empezó a envolverles a todos ellos.

Esta noche la luna se alzará
Y todas vuestras preguntas desaparecerán
Yo ahora os voy a hechizar
Con esta canción que os voy a cantar
La que fue vuestra amiga
Y compañera de risas
Ya no existirá
De vuestra mente se borrará
Su voz y aspecto
E incluso su recuerdo

Cuando despertéis
Nada de esto recordaréis
Tan sólo que tenéis aplaudir
Y nada más os podré pedir

Cuando terminó la canción Helena el hechizo de olvido había finalizado también, y con aquello se aseguraba que el secreto de los dioses no sería desvelado, no al menos aquella noche. Helena recibió un fuerte aplauso de un público que estaba atónito, y algo confundido pero que había sido enamorado por los encantos de aquella bella joven una vez más. Cuando todos terminaron de aplaudir Helena volvió hasta la mesa de los reyes para despedirse de ellos antes de marcharse a su habitación a descansar, éstos la felicitaron por su maravillosa actuación y la dejaron marcharse de la cena sin más preámbulos. Helena estaba satisfecha consigo misma había conseguido hacer olvidar a todas aquellas mentes la existencia de su otra identidad, por lo que su secreto; y el de todos los demás semidioses y dioses; estaba a salvo.
Helena llegó a su habitación cansada, pero no le importaba pues iba a dormir tranquila al saber que había cumplido a la perfección con lo que le habían encomendado los dioses y además mañana podría disfrutar de su nueva vida.
El rey reunió al capitán de su ejército, Cornelius, a Eiko y a Samir en su despacho después de que terminara la cena. Cornelius era un hombre de mediana edad tenía el pelo gris, corto y lacio. Cornelius era un hombre robusto y alto, con un físico envidiable y unos ojos azules impactantes. Cornelius vestía con un traje oscuro de estilo medieval de mangas largas que se abría por el pecho dejando a relucir una blusa marrón. El rey Zenón sabía que tenían que hablar seriamente de una mejor defensa para Kusha, no podían permitirse que se volviera a repetir una invasión cómo la que habían sufrido hacía tan sólo un par de días.; y aquello le ponía muy nervioso. Habían tenido suerte la primera vez, pero sabía que no podían esperar a tener siempre la misma suerte.
—Buenos días Samir, Eiko, os quiero presentar oficialmente a Cornelius Goldman que como ya sabréis es el capitán del ejército de Erde —les presentó el rey.
—Encantado de conoceros oficialmente a ambos —dijo Cornelius mientras saludaba a Eiko y Samir con un apretón de manos —Será un placer trabajar con vosotros para proteger Kusha.
—Eso me recuerda que hay un asunto que me gustaría tratar con vos majestad —intervino Eiko.
—¿De qué se trata? —preguntó el rey Zenón.
—Tenía pensado viajar al norte para convencer a los hombres de las nieves y licántropos para que luchasen en la batalla final. Sé que puedo conseguir que se unan a nosotros, sólo necesito que usted me permita realizar este viaje señor —respondió Eiko.
—¿Y cómo piensas hacer tal cosa? —insinuó Cornelius —Ellos viven sus propias reglas y no hablan con nadie que no sea uno de los suyos.
<< Porque soy un ángel pensó ella >> —Cuando era pequeña viví con ellos, a mí me escucharán —mintió Eiko. se dirigió al rey —Por favor majestad déjeme viajar hacia el norte. Estaré fuera sólo una semana y le prometo que no volveré sola. Traeré a las criaturas del norte para luchen a nuestro lado. Puede que no sean muchos, pero es mejor que nada y todos sabemos que necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir.
—¿Y quién protegerá Kusha en tu ausencia? —le preguntó el rey.
—He dejado aquí a alguien para que se encargue de eso majestad. Esa persona se encargará de ocupar protegiendo Kusha mi lugar mientras yo viajo al norte. Además, mi rey, si consigo que los hombres de las nieves se unan a nosotros en la batalla final seguro que ganamos.

El rey se quedó pensativo. Él sabía que Eiko tenía razón, pero no podía dejar que se marchara al norte sin conocer a esa persona que iba a encargarse de la seguridad de Kusha en su ausencia así que tomó una decisión.

—Lo siento Eiko, pero tendrás que quedarte. Eres una valiosa guerrera y puede ser que esa persona que me dices también lo sea, pero no puedo dejar la protección mi reino en manos de alguien desconocido. Deberás quedarte hasta que el resto del grupo de ambarinos regrese de su misión.

Eiko suspiró algo decepcionada, pero en el fondo entendía de sobra la actitud del rey, de hecho, si se paraba pensarlo era totalmente lógico que se negara. Sin el resto de los ambarinos en Kusha si ella se marchaba la ciudad quedaría desprotegida.
Puede ser que Helena fuese una semidiosa, pero había perdido casi todos sus poderes en la anterior invasión y probablemente no podría volver a hacer uso de ellos si se tuviera que dar la ocasión. Había sido una idiota por pensar que podría marcharse así sin más, ahora tenía unas obligaciones allí en Kusha y no podía eludirlas sin más y eso significaba que no podría ir en busca de ayuda a las criaturas del norte. Le escribiría una carta a su madre tal vez ella pudiera mandar a Kusha a alguien y así ella podría ir al norte en busca ayuda al norte.

—Bueno terminado este asunto vayamos al asunto por el cual nos hemos reunido en realidad hoy —dijo el rey Zenón cortando los pensamientos de Eiko —¿Qué nuevos sistemas de defensa se os ocurren?
—Yo propongo entrenar a más soldados señor, si tenemos un ejército poderoso y fuerte podremos hacerle frente al enemigo. Se me ocurre la idea proponer una nueva ley que obligue al pueblo a luchar señor. Deberá partir al menos un hombre de su núcleo familiar para alistarse en el ejército. Pueden que sean sólo campesinos majestad, pero si los entrenamos bien esos hombres serán buenos soldados cuando llegue el momento de la batalla. Así aumentaríamos nuestras filas de doscientos a más de mil seiscientos hombres señor —explicó Cornelius.
—¿Vais a obligar al pueblo a luchar? —preguntó Samir.
—¿Qué otro remedio nos queda sino? —insinuó Cornelius.
Samir iba a protestar, pero Zenón le paró —Sé que es una medida muy drástica Samir, yo jamás he querido someter a mi pueblo y quitarle sus derechos, pero lo que dice Cornelius es cierto. Los constantes ataques de Insel y los últimos ataques que hemos sufrido nos han costado numerosas bajas. En esta situación me veo a obligado a implantar esta nueva ley que obligará a todas las familias del reino deben mandar a un varón de su núcleo familiar para servir en el ejército.
—¿Vas a mandar a la guerra a niños o a ancianos? —preguntó indignado Samir.
—Tú tienes la suerte de contar con un ejército muy numeroso y poderoso que no ha sufrido ninguna baja en años. Pero nosotros éramos los que peleábamos contra el reino de Insel a diario, impidiendo que los demás reinos se vieran obligados a perder a sus hombres. Si no fuera por vosotros tú también te verías obligado a tomar esta clase de medidas Samir —respondió el rey.
—Yo no sé vosotros, pero yo no quiero ver morir a niños y a ancianos en el campo de batalla —dijo Eiko.
—¿Y qué propones tú entonces que hagamos? —insinuó Cornelius —¿Sentarnos a esperar que nos maten? Debemos implantar esa ley si queremos poder vencer a nuestros enemigos en el campo de batalla. ¿Tienes tú acaso una idea mejor?
—Pues sí —afirmó Eiko —Yo propongo que las mujeres también somos lo suficientemente fuertes como para luchar en el campo de batalla. Únicamente las personas que sean jóvenes y fuertes son las únicas que deberían ir a la guerra; ya sean una mujer o un hombre. Creo que deberían ser los propios aldeanos los que puedan elegir de entre quien de ellos deben ir a la guerra majestad.
—¡No puedes decirlo en serio! —se bufó Cornelius —¿Cree usted de verdad que existen más mujeres lo suficientemente fuertes como para poder ir al campo de batalla? Por favor, no me haga reír. Usted ganó porque un ejército de doscientos hombres la acompañó. Yo mismo estuve en aquella batalla y creo recordar que estuvo a punto de morir a manos del general del ejército enemigo. Sino fuera porque se vio obligado a retirarse, usted ni siquiera estaría aquí. La única mujer lo suficientemente fuerte para ir a la guerra es Leith. Ella es la única mujer que debería ir a la guerra majestad.
Eiko sacó su catana enfurecida e hizo varios movimientos en el aire. Entonces apuntó al cuello con su catana al capitán y de pronto toda su ropa se cayó al suelo, quedándose en ropa únicamente con la ropa interior —Los misóginos como usted que creen que las mujeres somos inferiores a los hombres me dan ganas de destriparles por la mitad así que me tiente demasiado o se verá a sí mismo esparcido en pequeños trocitos por todo el despacho de su majestad.
—¡Basta! —gritó el rey y Eiko enfundó su catana —Cornelius, me deja usted sin palabras para poder defenderle en esta situación. Que no se vuelva a repetir Cornelius o me temo que no volverá a servir usted como capitán a mi reino nunca más. ¿Ha quedado claro?
—Sí majestad —afirmó Cornelius.
Eiko se mostró algo decepcionada —Capitán creo que le debe una disculpa a Eiko por su actitud —le recordó el rey.
—Por supuesto. Perdóneme por mi actitud señorita Eiko —se disculpó Cornelius con un poco de sarcasmo, y como sólo Eiko pareció notarlo decidió no decir nada y asentir como respuesta a la disculpa del capitán —Gracias por aceptar mis disculpas.
—Perdóneme usted por…—comenzó a decir Eiko —En fin… ya sabe.
—¿Dejarme semidesnudo delante del rey? —dijo irónicamente Cornelius.
—Sí, exacto —contestó Eiko.
—No tiene importancia, yo le provoqué con mis inapropiados comentarios así que estamos en paz. Pero si me disculpa, me gustaría poder vestirme —y dicho esto Cornelius se marchó del despacho con paso decidido, pero volvió un poco tiempo ya ataviado con otro traje de combate muy parecido al anterior, pero con la camisa de color verde —Gracias por esperarme.
El rey dio una palmada y la tensión que podría haber entre Eiko y Cornelius desapareció, pues todos de pronto recordaron para lo que de verdad estaban allí —Bien, creo que hemos solucionado el tema de nuestras tropas, pero tenemos que poseer algún tipo de defensa mientras los ciudadanos se forman como soldados. ¿No cree usted? —Cornelius asintió como respuesta —¿Y cómo propone usted solucionarlo?
Cornelius de pronto no supo muy bien qué responder —Pues…
—Podría escribir a mi padre y pedirle que envíe a seiscientos de mis hombres para defender Kusha mientras nuestros vuestros aldeanos se entrenan como soldados —intervino Samir.
—Es una idea fantástica Samir —aseguró el rey Zenón —Envía esa carta ahora mismo por favor y mantenme al corriente de la respuesta de vuestro padre. En cuanto a ti Eiko quiero que redactes la ley del nuevo cumplimiento de servicios militares obligatorios para todos los erdianos; y tú Cornelius te asegurarás de que dicha todos nuestros ciudadanos cumplan con dicha ley. Nos volveremos a ver mañana en mi despacho con mis órdenes ya cumplidas. ¿De acuerdo? —todos asintieron como respuesta —Ya podéis iros —Eiko, Samir y Cornelius se marcharon del despacho del rey dejándole a solas.

Autor: elenasiles

En 2014 publiqué mi primer libro impreso "La Prueba". En 2019 publiqué La Guerrera Drager , en 2020 Piratas de Sagara y en 2021 Los Guardianes de Almas. Fui directora de YouAreWriter desde 2013 a 2019. He participado como autora en Renacer, Antología Benéfica (2020), en Invencibles, Una antología benéfica (2021) y en Antología Recuerdos de Tinta (2021). Además he coordinado, editado y publicado Antología Show Your Rare (2020) , Antología Sueños de Aire (2020) y Antología Criaturas de la Noche (2021) Mi email es: youarewriter.wordpress@hotmail.com Mi blog: www.elenasaavedrasiles.wordpress.com

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