Guerra de Dioses cap 13 por Elena Siles

Capítulo 13

Helena se despertó con la luz de la mañana. Desde que se había renunciado a su condición como semidiosa sufría las consecuencias de ser humana. Para empezar, sufrió los dolores de lo que es conocido por todas las mujeres como el dolor de la flor roja, esa enfermedad que castigaba a todas las mujeres cada veintiocho días y que confirman para su horror que era efectivamente humana.
Para Helena era su primera vez, al ser semidiosa no había tenido que tediar con ninguna de aquellas cosas tan propia de los humanos. Como así tampoco se había resfriado nunca, jamás había sufrido fiebre, alergias o enfermedades de algún tipo; y ahora lo estaba sufriendo todo. Nunca se había imaginado que la vida como humana sería tan dura y distinta de su vida como semidiosa, pero se había equivocado y enormemente. Había hecho un pacto y a menos que otro hombre venciera a Darkran en combate Helena le pertenecía como amante hasta el día de su muerte. Por ahora había tenido suerte y Darkran no había osado tocarla pues desde que había perdido sus poderes como semidiosa Darkran ya no se sentía atraído hacia ella.
Había adquirido de nuevo aquella forma humana que tanto había usado para ocultar su verdadera belleza y que podría llegar a convertirse en la apariencia que tendría para el resto de su vida. Una vida mediocre, una vida al servicio de un hombre cruel y despiadado. Una persona normal la hubiera dejado marcharse al no sentir nada, pero Darkran era muy orgulloso y Helena le pertenecía puede que ya no se sintiera atraído hacia ella, pero no iba a dejarla escapar pues era una posesión muy valiosa para él.
Helena observaba el fuego que había preparado Darkran para la noche y él se giró, cada vez que la miraba más se repugnaba de ella. Aquello era una clara ventaja para Helena, pronto se cansaría de ella y una vez hubiera renunciado a ella podría marcharse. Ella sabía que pronto rehusaría de su compañía, lo único que la mantenía allí era el orgullo de aquel hombre que no quería admitir que lo único que había conseguido de su frustrado asalto a la ciudad de Kusha era una mujer a la que detestaba y poco más que diez almas para Azrael.

Darkran puso el conejo encima del fuego —Y pensar que todo un ejército se ha sublevado ante ti. Has renunciado a tus poderes y a tu belleza para salvar Kusha, pero hiciste un juramento. Ahora a pesar de que tu aspecto me repugna, me servirás hasta el día de tu muerte.
—No si alguien se combate contra ti por mí y te gana en combate —le recordó Helena.
Darkran se rió —¿Estás de broma? ¿Quién se combatiría en duelo por ti ahora? Mírate, ahora eres humana y a cada momento que pasa te haces más y más fea. Y lo peor de todo es que por el juramento que hiciste te quedarás con ese aspecto para siempre. ¿Quién se enamoraría de un monstruo como tú? Ahora tu pelo carece de brillo, tus ojos no cautivan, tus curvas han desaparecido y tu piel se está marchitando cada vez más y más. Pronto no serás más que una vieja llena de arrugas que me hará de comer y me limpiará el camastro.

Helena se miró en un charco y tuvo que reconocer que Darkran tenía razón, se estaba convirtiendo en una de las personas más horrendas que había visto. Comenzaban a salirle arrugas, sus labios ya no eran carnosos, sus pechos se le estaban cayendo e incluso sus ojos habían dejado de brillar. Helena pronto lo comprendió. Estaba recuperando su verdadera edad, como semidiosa podría vivir cientos de años y aparentar menos de veinte, pero ahora como humana iba a aparentar la edad que de verdad tenía.
A Helena se le escapó una lágrima, ella tenía ciento y dieciocho años, moriría dentro de poco… En poco tiempo se convertiría en cenizas. ¿Cuánto tiempo le quedaba exactamente? De pronto dos ángeles oscuros aterrizaron justo a su lado, era Traian y Pielka. Parecían estar muy enfadados deberían de haberse enterado de la humillante derrota que había sufrido Darkran en el campo de batalla.

El primero en hablar fue Pielka —Hemos percibido la muerte de uno de los nuestros Darkran. Pensamos que eras tú, pero nos hemos equivocado. Decidnos, ¿cómo es que no estás en el trono de Kusha gobernando la ciudad?
—Azrael espera las almas que le prometiste Darkran —le recordó Traian.
—Lo único que he conseguido de esa batalla es a esta mujer medio desfigurada.
—¿Cómo es posible que perdieras? —preguntó Pielka.
—Ella nos manipuló a todos nosotros, pero después se convirtió en humana y ahora se desfigura conforme hablamos —contestó Darkran.
—Es imposible a menos que…—Traian entonces cayó en la cuenta de quién era aquella mujer que estaba sentada al lado de Darkran —Ah. Entiendo.
—Además no era la única semidiosa allí presente. También combatieron Eón, Moira, Nox y la hija de la famosa Leith —les informó Darkran.
—¿Tres semidioses y un ángel pudieron con vuestro ejército? —preguntó Traian.
—Pues sí. Aunque fue ella y su poder lo que nos derrotó. Nos manipuló para que lucháramos entre nosotros a cambio de ser su amante. Estábamos bajo la influencia de su belleza, nadie pudo resistirse a sus poderes. Yo gané y al ganar perdí —Darkran cogió un trozo de conejo y le pegó un mordisco —Ella es lo único que he podido conseguir de aquella batalla. Y tampoco es que sea un gran trofeo. Miradla, después de perder sus poderes se está desfigurando.
—Pues entonces deshazte de ella —respondió Traian.
—Entonces no tendría nada. Con ella al menos aún tengo algo —contestó Darkran.
—No puedes quedarte con ella, según el trato que hiciste con Azrael todo lo que consiguieras en la batalla será de él —le recordó Pielka —Además tenerla a ella es peor que tener nada, es el recuerdo constante de tu humillante derrota.
—¡¿Y qué se supone que tengo que hacer?! ¿Dejarla marchar? De eso ni hablar. Ella se quedará a mi lado para sufrir las consecuencias de haberme humillado así —aseguró Darkran.
—Podrías castigarla sin tener que estar a su lado —comentó Traian.
—¿Cómo? —preguntó Darkran.
—Podrías convertirla en estatua cuando más horrenda esté y dejarla así, desfigurada para siempre —sugirió Pielka —Sería el castigo perfecto.
Darkran sonrió maléficamente —¡Hagámoslo!

Traian lanzó un rayo a Helena que esta no pudo lo esquivar y se quedó inconsciente en el suelo. Luego Pielka puso una mano encima de Helena y, pero de pronto una luz invadió el bosque como si hubiera recuperado totalmente su poder.

—¿Qué acaba de pasar? ¿Qué significa todo esto? ¡El bosque vuelve a ser de las ninfas!
—Traian —intervino Pielka —Lo único que puede significar esto es que Craita ha muerto.
—¡No puede ser! —gritó furioso Traian.
—Es lo que nos cuenta el bosque, ya no podemos hacer nada. Será mejor que vayamos con Azrael y le contemos las nuevas noticias, además ya llegamos tarde a la reunión.
—Id vosotros, yo tengo un asunto pendiente —dijo Darkran con una sonrisa maléfica mirando a Helena —No puedo esperar a que te marchites, no soporto tu mera presencia a mi lado, por eso he decidido darte un merecido castigo.
Darkran sacó un cuchillo de su cinturón y comenzó a desfigurar a Helena lentamente, ella inmóvil sonrió —¿Por qué sonríes acaso te hace gracia perder todo lo que eras? No te hará gracia cuando te mires en el espejo.
De Helena brotó una luz divina y se recuperó por completo —Acabas de romper el pacto, soy libre.

Traian y Pielka aparecieron en medio de la isla de Cik. Allí había construido un castillo negro dónde habían estado los siete ángeles oscuros, Azrael y Kali todo ese tiempo, esperando reunir las almas suficientes para abrir las puertas del Averno de nuevo. Traian y Pielka debían contar las nuevas noticias a Azrael.
El sendero estaba bordeado por una escalinata negra que bajaba hasta el mismísimo infierno. Siguieron el camino de descenso en el que desembocaba en la sala del capitolio. Cuando sus ojos se acostumbraron a la falta de luz, fueron atraídos hacia adelante por los extraños rasgos de la escena de una figura aparentemente humana sentada en un trono de hierro negro. Ella presidía la mesa con su armadura negra y semblante pálido todos conocían su identidad: ella era la reina del infierno. Kali miraba a sus invitados con una sonrisa maliciosa, sentada a su lado estaba Azrael y el resto de los ángeles oscuros. Aunque, Azrael en aquel momento tomaba la forma más humana que podría verse en él. Azrael poseía una forma bastante débil por las constantes derrotas que había sufrido. Su cuerpo era musculoso, su piel blanca y grisácea, su pelo era largo, blanco y lacio, sus ojos podrían haberse hecho con trozos del propio fuego del infierno pues eran tan rojos que relucían en la oscuridad. Incluso llevaba prendas de ropa, pocas pues no quería verse rebajado a ese nivel, pero aquella forma humana las requería. Vestía con una túnica azul marina que dejaba al descubierto su torso blanco agarrada en la cintura con un cinturón metálico a conjunto con sus guantes y sus botas.

—Llegáis tarde —les indicó Azrael.
—Sentimos el retraso, hemos venido lo más rápido que hemos podido —aseguró Traian.
—Tengo que daros varias noticias —intervino Pielka —La primera es que nuestro intento de asedio a la ciudad de Kusha ha fracasado.
Los ojos de Azrael se fijaron en los castaños de Pielka con tanta intensidad que todos los demás apartaron la mirada, aparentemente temerosos de que ellos mismos resultaran quemados por la ferocidad de la mirada —Y esta información proviene de…
—El propio Darkran nos lo ha confirmado —contestó Traian.
—¿Y qué más? —preguntó curioso Azrael.
—Creemos que Craita ha muerto combatiendo contra los ambarinos —respondió Pielka.
—Me ocuparé del problema en persona. Se han cometido demasiados errores en lo que a este asunto concierne. Algunos de ellos han sido míos. Que Leith viva se debe más a mis errores que a sus triunfos —todos observaban a Azrael con temor —He sido descuidado, y he visto mis planes fracasar, pero ahora soy más listo. Tengo un plan, pero para cumplirlo necesitaré que los ángeles oscuros le hagáis frente a Leith. ¿Algún voluntario? —preguntó Azrael mirando a sus ángeles oscuros, pero ninguno de ellos se ofreció —¿No? Bien, elegiré yo pues. Dejadme ver… ah sí… Fouco, tú serás el primero en combatirte contra ella.
—Le serviré hasta mi muerte —afirmó Fouco.
—Eso espero, ahora si me disculpan —Azrael se levantó y se marchó con prisas —Pronto tendré el poder suficiente para abrir las puertas del Averno. Con la Guerra de Dioses tendré el poder suficiente para destruir la séptima luna y recuperar así a mi amada Hela.

Nox y Eón estaban terminando de acompañar a los últimos pueblerinos a sus casas, después de la batalla había tenido que llevarse a todos los pueblerinos fuera de Kusha para salvarles, pero ahora que había pasado todo podían volver a sus casas. Por suerte no habían muerto muchas personas. El rey había pagado las sepulturas de todos los ciudadanos que habían muerto en la batalla para que sus familiares pudieran ir a ver sus tumbas. Habían anunciado dos días de luto en la ciudad por los que habían muerto en la batalla y después celebrarían la gran victoria.
Obviamente los ciudadanos habían pasado por las hábiles manos de Moira para que olvidaran todo lo sucedido durante la batalla y así que el secreto de los dioses siguiera siendo un secreto. Después de la batalla Eiko había escrito una carta a su madre para contarle todo lo sucedido, la ató a una paloma mensajera y observó como la paloma volaba hacia su destino.
Moira le puso una mano sobre el hombro para despedirse de ella. No podían seguir en Kusha, la guerra en Ciel no había terminado; los dioses necesitaban que todos ellos volvieran enseguida.

—Ha llegado la hora de marcharnos —dijo Moira seriamente.
—Necesito que os quedéis —le pidió Eiko —Al menos uno de vosotros.
—¿Tú también te marchas? —preguntó Moira.
—Sí —respondió Eiko —Esta batalla me ha hecho pensar. Si no hubiéramos tenido a Helena la ciudad hubiera caído, y me temo que para la próxima vez no tendremos de nuevo la misma suerte.
—¿A dónde te diriges?
—Al norte, buscaré a los hombres de las nieves y los llevaré a la batalla final. Esta batalla no ha sido ni la décima parte de lo que será la gran batalla final. Bien es cierto que contaremos con un gran ejército y con los dioses, pero no será suficiente. Habrá monstruos y demonios a los que los hombres no podrán combatir; por eso voy a buscar ayuda en el norte. Allí podré convencer a los hombres de las nieves, a los licántropos y quizás consiga dragones —explicó Eiko.
—¿Volverás pronto?
—Partiré en cuanto salve a Helena de las manos de Darkran. Sobrevolaré todo Erde hasta encontrarle y matarle. Una vez haya acabado con él recataré a Helena y la pondré a salvo.
—Si haces eso condenarás a Helena para siempre —le advirtió Moira.
—¿A qué te refieres? —preguntó Eiko confusa.
—Helena hizo un juramento y si lo rompe morirá —contestó Moira.
—¿No podemos hacer nada entonces?
—El destino se encargará de hacer justicia Eiko. No podemos intervenir —Eiko asintió decepcionada —En cuanto a tu viaje deberás tener mucho cuidado pues por el camino encontrarás muchos obstáculos y enemigos.
—Te aseguro que por muchos obstáculos que intenten interponerse en mi camino no me rendiré.
—Lo sé. Te voy a echar de menos amiga, esta será la última vez que nos veamos.
—¿La última vez que nos veamos? ¿A qué te refieres? —Eiko se giró de prisa, pero Moira ya no estaba, había desaparecido —Supongo que lo descubriré por mí misma.
Nox se acercó hasta Eiko —¿Estás bien?
—Sí —Eiko miró hacia el horizonte pensativa —Pienso en mi viaje.
—¿Te marchas? —preguntó Nox.
—Esa es la idea, pero no quiero dejar Kusha sin protección, iba a pedírselo a Moira, pero se ha ido antes de que pudiera pedírselo —Eiko miró fijamente a Nox—¿Podrías quedarte tú?
—No, lo siento —contestó Nox.
—No te preocupes, puedo ir más tarde. Adiós Nox.

Mientras las familias reales sin embargo habían permanecido en Kusha esperando a que finalizara la batalla. El rey los había reunido para contarles toda la verdad sobre la necesidad de unión de todos los reinos. El rey los había convocado en el gran salón, él ya estaba sentado con su esposa Vita, presidiendo ambos la mesa cuando los demás fueron llegando. En primer lugar, llegaron Ámber acompañada de su esposo Samir y poco después el Marajá Ayib con su esposa Rainha Amat, y los cuatro se sentaron al lado de los reyes. Lentamente fueron apareciendo el resto de los otros reyes: Lucio Tirso y Amalia Delfina, Tiberio Salmar y Galia Cildermer; Mia Solari y los virreyes del reino del norte Agnes y Randall; y por último Idril Nachâti y Thoron Nûmessë. Una vez que todos ocuparon sus asientos el rey se alzó para hablar. Agnes tenía la tez morena, pelo oscuro, ondulado y corto, los ojos verdes, era delgada y alta, y llevaba puesto un vestido rosa oscuro de angas largas y corte recto y volantes caídos. Randall tenía la piel blanca, el pelo rojo, corto y rizado, los ojos verdes, era de complexión normal, y llevaba puesto un conjunto azul oscuro con zapatos a juego y su corona de plata.

—Bienvenidos reyes y reinas de Sapta Dvipa. Os he hecho llamar para pediros que luchéis junto a mí en una guerra sin precedentes en lo que era anteriormente conocido como reino de Insel —los reyes comenzaron a hablar y Zenón les mandó a callar —Antes de que reciba una negativa común os explicaré la extrema urgencia de esta guerra —El rey sacó varios pergaminos y libro de los ángeles, unos sirvientes repartieron los pergaminos a todos los reyes —Lo que tenéis en vuestras manos es una copia que han realizado mis escribas de una parte del libro de los ángeles. En este manuscrito no sólo se demuestra la existencia de los ángeles sino también la existencia de nuestros dioses, y por desgracia también se demuestra la existencia de los demonios —hubo un alboroto general que el rey hizo silenciar con un golpe sobre la mesa.
El rey continuó —No os estoy pidiendo que luchéis por tierras, os estoy pidiendo que luchéis por vuestras vidas, por las vidas de todos nosotros y de todo aquello que conocemos.
—Rey Zenón si lo he entendido bien nos estáis pidiendo que vayamos a una guerra que no podemos vencer. Una guerra contra los mismos demonios del infierno —contestó Lucio.
—Así es amigo mío. Sé que os estoy pidiendo es una locura, pero sino luchamos nosotros por nuestras vidas entonces… ¿quién lo hará? —respondió el rey Zenón.
—Mi esposo os ha revelado secretos a los que solamente nuestra familia tenía acceso. Os ha revelado la existencia real de nuestros dioses y ángeles, y vosotros lo único que veis es a los demonios. Los ángeles y los dioses lucharán con nosotros en el campo de batalla señores. No podemos decir que no iremos a una guerra en la que se decidirá el destino de todo nuestro mundo —les explicó Vita.
—Hemos sido testigos de lo que ha sucedido en Kusha con el intento de invasión. ¿Es eso lo que nos espera cuando nuestros hombres vayan al campo de batalla? —insinuó Tiberio.
—Me temo señores que eso no será ni una décima parte de lo que nos espera —confesó Zenón.
—Pero entonces no tenemos ninguna posibilidad —dijo aterrorizada Amalia.
—La tendremos si se unen a nosotros todas las criaturas y seres feéricos de Sapta Dvipa —dijo Galia.
—¿De verdad crees que se unirán a nosotros en una guerra casi suicida después de todo lo que les hemos hecho? —insinuó Tiberio —Yo no lo creo.
—¡Silencio cobardes! —les ordenó Idril —¿Pero qué oyen mis oídos? ¿No habéis escuchado acaso al rey Zenón? Esta guerra no afectará sólo a los humanos sino también a todos los demás seres de este mundo. Todos ellos morirán sino luchan en la guerra, así que por una vez dejaremos nuestras diferencias y miedos a parte y pelearemos juntos porque es la única esperanza de que el mundo que conocemos siga existiendo.
—¡Pero no tenemos ninguna posibilidad, tendríamos más rindiéndonos y poniéndonos del lado de nuestros enemigos! —aseguró Lucio.
—Adelante uníos a los demonios y veréis como todo se soluciona —dijo sarcásticamente Zenón.
—Pues eso es precisamente lo que haremos —contestó indignado Lucio.
Acto seguido Lucio y Amalia se marcharon de la habitación. El rey miró a los demás reyes —Si alguien piensa como ellos que se marche ahora. Todos aquellos que se queden tendrán que asumir la responsabilidad de afrontar juntos esta guerra.
Mia Solari se levantó de la mesa —Estáis locos por pensar que podéis ganar.
Los virreyes también se levantaron. La virreina fue la que habló —Lo siento, pero nuestra hija tiene razón. Os brindaremos nuestras tierras para que podáis luchar, pero eso será todo.
—Agnes, Randall, ¿vais a dar la espalda a vuestro rey? —insinuó el rey Zenón.
Los virreyes no supieron qué contestar, Mia lo hizo por ellos —Vos ya no sois nuestro rey. Nosotros ahora somos los reyes de Insel. Nos disteis la corona y no pensamos renunciar a ella.
Mia y los virreyes se marcharon. El rey Zenón dio un golpe fuerte sobre la mesa enfadado —Bien señores, quiero que sepáis que si veo obligado a llevar esta guerra solo lo haré. A pesar de nuestra alianza sois libres de no luchar en esta guerra. Si mis propias fuerzas se doblegan contra mí ya no puedo hacer nada para obligaros a vosotros. Así que huid o partid a mi lado.
El Marajá Ayib se levantó de la mesa —Querido amigo, si es cierto lo que decís no pienso quedarme a esperar a la muerte. Mis soldados están a vuestro servicio.
—Puedes contar también con nosotros —intervino Tiberio.
—Y con nosotros —afirmó Idril.
—Gracias compañeros. Por desgracia somos los únicos que iremos a la guerra; el rey Kebeth también se ha negado a venir. Ahora mis ambarinos están haciendo frente a poderosos enemigos para que cuando partamos hacia la batalla tengamos alguna posibilidad. Así que aún no podemos partir a luchar, en cuento tenga la verificación de que ha llegado la hora de la batalla final nos volveremos a reunir en Kusha y partiremos juntos a la guerra —explicó Zenón.
—Ahora debéis partir a vuestros reinos y reunir vuestras tropas, y en cuánto estéis listos volved inmediatamente a Kusha desde dónde partiremos juntos hasta la gran batalla final —anunció Vita.
—Así lo haremos —le confirmó Tiberio, el Marajá e Idril.
—Vamos Samir.
—No madre, yo me quedaré aquí. Ahora estoy casado con Ámber y debo permanecer a su lado hasta que llegue el momento de partir hacia la guerra —respondió Samir.
—Tranquilo hermano, yo me ocuparé de tus deberes —le afirmó Rabi.
—Gracias —dijo sinceramente Samir.
—Cuídate y cuida de tu hermosa esposa —se despidió el Marajá Ayib.
—Lo haré padre —se despidió Samir.

Marajá, Rainha y Rabi se marcharon con paso decidido, y les siguieron poco después todos los demás reyes poco a poco despidiéndose unos de otros siendo que la guerra estaba muy cerca.

Alastor se despertó con el primer rayo de sol en su carruaje, después de la reunión de los reyes habían decidido partir inmediatamente a casa para reunir a sus tropas y llevarlas a Kusha para una vez allí partir con el resto de los reyes hacia la guerra. Alastor miraba a través de la ventanilla de su carruaje el paisaje. El resplandeciente bosque de Erde, era como si hubiera cobrado vida de nuevo. Respiró profundamente y pudo percibir el olor de la retama, de la jara y de la encina. Habían viajado durante un día y medio sin cesar y ahora que por fin habían conseguido llegar hasta la mitad del bosque decidieron descansar. Alastor bajó de su carruaje y se estiró pensando en llegar a casa. Añoraba los torneos, sus excursiones de caza y a su pueblo muchísimo más que a Cassandra, la muchacha que había conocido en la boda de los príncipes, y ahí era cuando Alastor se dio cuenta de que no sentía nada por ella, tan sólo le pareció amable y hermosa. Alastor tuvo el inminente deseo de dar una vuelta por el bosque y despejarse.

Alastor se pasó la mano izquierda por su pelo plateado —¡Escudero!
—¿Qué desea señor? —le preguntó el escudero.
—Mis armas, y haz llamar al capitán Thoron. Quiero entrenar con mi espada —le ordenó y el escudero salió corriendo. Poco después volvió con la espada, el arco, el carcaj y algunas flechas, pero su tío no le acompañaba —¿Y Thoron?
—Me ha ordenado que le diga que ahora mismo está ocupado, y que después le se entrenará con usted —el escudero le entregó todo a Alastor —Aquí tiene mi señor.
Alastor guardó las flechas dentro del carcaj después se colgó el carcaj en la espalda y lo mismo hizo con el arco; y por último enfundó su espada en su cinturón —Si pregunta alguien por mí diles que he ido a cazar.
—Sí, señor.
—Puedes marcharte —le indicó Alastor y el escudero se marchó con prisas.

Alastor emprendió su partida de caza de inmediato, decidió ir a pie puesto que necesitaba estirar las piernas y de aquella manera era más fácil coger a las presas de improvisto. Alastor caminó hasta alejarse del campamento y después comenzó a buscar huellas y rastros de animales.
Helena había conseguido darle un merecido a Darkran, ahora que él había roto el acuerdo era libre y volvía a ser la misma de siempre. Sólo había un pequeño inconveniente ya no poseía el mismo poder que antes, no podría repetir lo que pasó en Kusha. Por lo menos había recuperado su verdadera apariencia y belleza. Ahora sabía que mirando a los ojos a un hombre sabía si la amaba de verdad. Había sufrido viendo su cuerpo medio desfigurado y ahora que volvía a tener su belleza no la ocultaría. Estaba cansada de ocultarse; ahora le tocaba volver a brillar.
Helena se enjuagó la cara en un lago cercano y se dio la vuelta lentamente, vio a un lindo conejo observándola y sonrió. Miró su reflejo en el lago, estaba sucia llena de barro y musgo del bosque así que decidió bañarse. Dejó sus prendas en una roca cercana, y comenzó a sumergirse en el agua completamente desnuda. Era un día caluroso y un buen baño era lo que más necesitaba en aquel momento. Helena estaba nadando cuando escuchó ruidos a su alrededor, una cierva se había acercado al lago para beber. Helena se acercó hasta ella y la acarició. Oyó un leve siseo, el de una flecha perforando el viento, alzó su otra mano y paró la flecha que iba directa al corazón de la cierva. Helena giró la cabeza y de entre los matorrales salió lentamente un joven elfo con el pelo plateado y los ojos verdes. Helena cogió sus ropas y se las puso, aunque estaba aún mojada. La cierva estaba entre medio de ambos asustada sin saber qué hacer hasta que Helena la acarició y se tranquilizó.

Helena miró atentamente la flecha —¿Esta flecha es vuestra? —el joven asintió como respuesta pues no podía hablar —Entonces le debéis una disculpa a mi amiga —dijo Helena refiriéndose a la cierva, pero el joven no la escuchaba —¡Eh tú! —el joven pareció por fin escucharla —¿A qué esperas?
—Lo siento… yo lo lamento mucho —respondió el joven algo más lúcido.
—Bueno por ahora me vale —Helena hizo una señal a la cierva y ésta se marchó, después alzó la mano para entregarle la flecha —Aquí tienes.
El joven se acercó lentamente hasta ella y cogió la flecha —Gracias —después guardó la flecha en su carcaj y sonrió —Lamento no haberme presentado antes. Yo soy Alastor Lirnê, príncipe de los elfos y heredero del reino de Vihar. ¿Quién sois vos?
—Mi nombre es Helena.
—¿Y qué hace una hermosa dama sola en este bosque? —preguntó Alastor.
—Me bañaba en el lago —respondió Helena.
Alastor sonrió —Sí, ya vi. Como veo que sois muy directa cambiaré mi pregunta, decidme hermosa dama ¿cómo llegasteis hasta aquí?
—Cabalgando.
—¿Y por qué habéis venido hasta aquí cabalgando sola? —preguntó curioso Alastor.
—No cabalgaba sola.
—¿Y dónde está vuestro acompañante?
—En una fosa, ahora servirá de alimento para el bosque. Por lo menos ahora sí que podrá servir para algo después de todo —contestó Helena.
—¿Está muerto? —Helena asintió —¿Por qué?
—Yo le maté
—¿Vos le mataste? —preguntó insólito Alastor y Helena volvió a asentir —¿Por qué?
—Porque intentó matarme.
—¿Por qué intentó mataros? —preguntó confuso Alastor.
—Porque detestaba mi aspecto —contestó Helena.
—Eso es imposible. Sois la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Debía estar loco.
—Supongo —dijo Helena encogiéndose de hombros.
—Dime, ¿a dónde os dirigíais?
—No lo sé —confesó Helena y Alastor le miró confuso —El único motivo por el cual me trajo aquí era porque es dónde nos condujo el caballo después de huir del ataque en Kusha. Aunque si soy sincera yo no quería irme. Él me obligó.
—¿Os raptó? —preguntó furioso Alastor y Helena asintió —Si no fuera porque ya está muerto le degollaría yo mismo —Helena sonrió —Aunque lo que no entiendo es por qué os raptó y luego os repudió. Debía estar totalmente loco para hacer algo así.
—Eso es lo mismo que pienso yo.
—Oye… si no tienes a dónde ir puedes venir con nosotros hasta Shalmalí, haré que te nombren noble. Tendrás una buena vida en mi corte —le ofreció Alastor.
—No gracias, debo volver a Kusha —dicho esto Helena se marchó lentamente hasta desaparecer en el bosque.

Alastor volvió al campamento y allí le esperaba Thoron listo para pelear. Thoron desenvainó su espada y Alastor hizo lo propio también con la suya. Ambos se prepararon para el duelo, hacía tiempo que no se batían en duelo y la última vez había ganado Alastor.
Así que había bastante tensión en el ambiente pues después de todo Thoron era el capitán de la guardia debía guardar unas apariencias y ser el mejor guerrero de todo su reino por lo que debía vencer Alastor si quería seguir manteniendo su imagen. Alastor lanzó el primer ataque el cuál Thoron paró fácilmente, pero el siguiente ataque de Alastor no pudo pararlo y la espada le rozó la pierna derecha. Alastor sonreía contento pues sólo necesitaba nueve toques más para vencerle, a los diez toques vencería formalmente, a no ser que Thoron le desarmara. Había estado entrenando durante mucho tiempo, había ganado una vez a Thoron y volvería a ganarle. Las espadas volvieron a encontrarse en varias ocasiones, ninguno de los dos pensaba rendirse. Thoron lanzó varios ataques contra su adversario y Alastor pudo esquivar tan sólo uno de ellos. Alastor resopló frustrado pues ahora Thoron le ganaba por un punto. Alastor furioso lanzó dos estocadas contra su Thoron y las cuál esquivó e inmediatamente. Thoron volvió a atacarle, y esta vez Alastor esperó hasta el último segundo para realizar su contraataque, pero en el giro se resbaló un poco, lo suficiente para que Thoron le desarmara. Había perdido.

Thoron le tendió la mano a Alastor le ayudó a levantarse —¿Estás bien? —Alastor asintió como respuesta —Eres un gran rival Alastor sino te hubieras resbalado apuesto a que hubiéramos tenido un duelo muy empatado.
—Gracias, pero hoy me temo que no era mi día —reconoció Alastor —He estado distraído todo el tiempo y luego dejó que la ira me controlara, pero me ha gustado entrenarme contigo.
—Lo mismo os digo —dijo Thoron serio —Ve a descansar Alastor, mandaré que te lleven el almuerzo a tu carruaje, yo debo volver con la reina.
Alastor se marchó, y justo después Thoron se dirigió hasta el carruaje de la reina y llamó a la puerta. Idril abrió la puerta —¿Majestad puedo hablar con vos en privado?
—Adelante capitán —respondió Idril.

Thoron entró en el carruaje y la miró algo embobado. Idril tenía la piel blanca, los ojos claros y el pelo plateado, largo y lacio. Llevaba puesto un impresionante vestido negro de escote de pico, mangas largas y volantes caídos.

—Majestad debo hablar con vos —Thoron cerró la puerta y se sentó al lado de Idril —Mi reina, me encuentro ante un dilema pues sabéis que pronto deberé marchar en la guerra del rey Zenón y majestad me temo que si marcho a esa guerra no vuelva. Es una guerra contra seres a los que jamás nos hemos enfrentado
—Lo sé, pero eres el mejor guerrero que he conocido.
—Aún así, yo siento a Alastor casi como si fuera mi hijo. Tengo miedo de que si muera él me llore como un padre. Ya ha perdido a uno, no sería justo para él perder a otro. La razón por la cual no me he casado, por la cual no tengo hijos es que no sé si podré volver de las guerras. No quiero que nadie tenga que llorar mi muerte.
—Yo lloraría tu muerte, tus hombres llorarían tu muerte, todo el reino lloraría tu muerte si ésta llegase a producirse. No puedes evitar que otras personas te amen, eres un hombre justo, fuerte, valiente, humilde y apuesto. Los hombres desean ser cómo vos y las mujeres desean ser tus amantes. Eres el mejor guerrero que he visto jamás y te aseguro que en batalla jamás podrán vencerte. Yo perdí a mi esposo y a pesar de que mi corazón lloró más que nunca no lo cambiaría por nada —explicó Idril.
Thoron se acercó a Idril —¿Y si a quien amara no pudiera corresponderme? ¿Y si a quién amara estuviera totalmente fuera de mi alcance? ¿Y si quién amara fuerais vos? —Idril le miró sorprendida —No puedo evitarlo majestad… yo…—Thoron se dio la vuelta —Lo siento.
—¿Por qué lo sentís? —preguntó Idril —Vos no podéis cambiar lo que sentís.
—Pero sé que son sentimientos que no debería sentir. Vos sois la reina. Además, aún estáis de luto —Thoron se levantó —Lo lamento majestad, yo… sé que no debería habéroslo dicho. Será mejor que me marche.
Idril le paró y le hizo que se volviera a sentar a su lado —Para vos ahora soy Idril, y vuestra he sido durante muchos años esperando que de vos… saliera las palabras que hoy estáis pronunciando.
—¿Lo decís de verdad? —Idril asintió y Thoron la besó en los labios apasionadamente con amor —A partir de ahora vos seréis mía y yo seré vuestro —Thoron volvió a besarla —Os amo.
Idril le correspondió —Y yo a vos.

Autor: elenasiles

En 2014 publiqué mi primer libro impreso "La Prueba". En 2019 publiqué La Guerrera Drager , en 2020 Piratas de Sagara y en 2021 Los Guardianes de Almas. Fui directora de YouAreWriter desde 2013 a 2019. He participado como autora en Renacer, Antología Benéfica (2020), en Invencibles, Una antología benéfica (2021) y en Antología Recuerdos de Tinta (2021). Además he coordinado, editado y publicado Antología Show Your Rare (2020) , Antología Sueños de Aire (2020) y Antología Criaturas de la Noche (2021) Mi email es: youarewriter.wordpress@hotmail.com Mi blog: www.elenasaavedrasiles.wordpress.com

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