Guerra de Dioses cap 10 por Elena Siles

Capítulo 10

Después de una cena agradable, decidieron irse a dormir temprano y descansar. Leith y Yael se pasaron toda la noche hablando de todo lo que había pasado y de lo que vendría a continuación. Así pues, se quedaron dormidos el uno al lado del otro, soñando con el futuro. La noche de verano se había convertido en una noche gélida y oscura. Sin darse cuenta habían pasado más de un mes embarcados en aquella aventura juntos, sin duda el tiempo había pasado más rápido de lo que pensaban. Unos rayos de sol les despertaron por la mañana.

Leith abrazó a Yael por la espalda —Buenos días.
Yael se dio la vuelta —Buenos días. ¿Cómo has pasado la noche?
—Bastante bien.
—Bueno, voy a buscar a los chicos. ¿Vas a venir conmigo?
—Te acompaño —le afirmó Leith.

Los dos caminaron hasta el castillo disfrutando de los que sería unos de los últimos días del verano. El solsticio de otoño estaba cerca y con él, la boda de los príncipes. Todos esperaban con ilusión el día de la unión de la pareja. Aquella unión era totalmente necesaria para reanimación económica del reino, pero también para establecer la unión entre ambos reinos definitivamente. Leith y Yael llegaron al castillo y en el patio de entrenamiento se encontraron a Katara luchando contra el capitán de la guardia. El capitán; que tendría tan sólo unos 32 años; estaba exhausto. Apenas podía mantener la espada en pie, y cuando nos quisieron dar cuenta Katara le desarmó con dos rápidos movimientos y el capitán no tuvo otra opción que rendirse.

—¡Me rindo! —dijo el capitán desfallecido.
Katara enfundó su lanza a su espalda —Has sido un gran rival capitán. Gracias por combatir contra mí —Katara se volvió —Buenos días.
—¿Has visto a Huor, Bastian y a Emer? —preguntó Yael.
—Bastian ha salido con Marcia, los gemelos y por supuesto, Emer —contestó Katara.
—¿Y Huor? —intervino Leith.
—No, no lo sé. No he visto a Huor desde mi cumpleaños. Puedes preguntar dentro del castillo por si lo han visto —respondió Katara.
—Está bien, iré a buscarle. Tengo que hablar con él. Yael podrías instruir a Katara mientras yo busco a Huor —sugirió Leith.
—¿Se lo vas a decir? —preguntó Yael y al mirarla supo la respuesta —No tienes por qué sacrificarlo todo. Aún podemos vencer, si luchamos unidos podremos vencer.
—Y venceremos, pero necesitaremos a todos. Pase lo pase debemos contarles la verdad de quiénes somos y a qué nos enfrentamos.
—Si lo relevamos los dioses nos someterán al destierro —le recordó Yael.
—Si queremos vencer necesitamos que se unan a nosotros y no pienso poner sus vidas en peligro sin saber a lo que de verdad se enfrentan —explicó Leith y Yael no pudo rebatírselo —Además, ¿de verdad crees que mi madre va a dejar que me destierren? Para mi desgracia seguramente tendré que aguantarte durante mucho tiempo. Después de todo, eres el padre mi hija —Bromeó ella y Yael sonrió —Enseguida vuelvo.
—Está bien, te estaremos esperando —le aseguró Yael. Leith se marchó y Yael se quedó con Katara mirándole fijamente —Bueno, será mejor que comencemos ya vuestra instrucción si queremos avanzar algo antes de vuelva Leith —Katara se puso en posición y cogió su lanza —Me alegra que tengas iniciativa, pero lo primero que debes aprender es a prestar atención a todo lo ocurre a tu alrededor —dijo Yael que ya estaba a su espalda para entonces. Entonces la empujó y Katara se cayó al suelo —Vamos otra vez, tienes que poner más atención.
Leith paseaba por los pasillos del castillo buscando a Huor, pero no lo encontró en ninguna parte. Decidió entonces dirigirse a su habitación y allí lo encontró, ausente y cansado —Hola.
—¿Leith? —preguntó Huor aturdido.
—¿Cómo estás Huor?
—Apenas he podido dormir, ¿y tú?
—¿Qué sucede? —Huor la dejó pasar dentro de la habitación.
—Tengo que contarte una cosa —le dijo Leith mientras entraba en la habitación.
Huor la miró atentamente —Leith, ¿a qué viene esto?
—No te dije lo que de verdad soy.
—Pues dímelo.
—He tardado demasiado tiempo en contarte esto…—Leith desplegó sus alas y Huor la miró realmente sorprendido —Lamento haberte mentido.
—Eres… eres un ángel.
—Arcángel en realidad, pero igualmente no le puedes contar a nadie lo que soy Huor. Ya se lo contaré a Bastian y a Emer a su debido tiempo, pero nadie más puede saberlo.
—No se lo diré a nadie.
—Tampoco sabes a lo que de verdad nos enfrentamos. No son unos cuantos demonios como los que atacaron el castillo, es un ejército liderado por ángeles oscuros al servicio del dios de la destrucción —explicó Leith y se guardó sus alas.
—Y yo estaré contigo, luchando. Podemos luchar juntos.
—Lucharemos juntos, pero debías saber la verdad. Debías saber contra qué ibas a luchar realmente.
Entonces Yael llamó a la puerta —¿Interrumpo?
—Tranquilo, ya se lo he contado —le contestó Leith.
—Espera, ¿tú ya lo sabías? —dijo algo indignado Huor.
—Pues claro, ¿de qué crees que la conozco? —le insinuó Yael y entonces Huor lo entendió.
—Oye me he puesto en contacto con los demás. Hemos quedado para almorzar. Y Leith, antes que se me olvide. El rey quería hablar contigo; te está esperando en su despacho.
—¿Sabes de qué se trata? —le preguntó Leith, Yael no tuvo que contestarle dedujo enseguida por su expresión que no lo sabía —Os veo luego pues. ¿Dónde hemos quedado?
—En la casa de Bastian —respondió Yael.
—Os veo luego a ambos allí.
Leith salió de la habitación y se dirigió al despacho del rey. Leith llamó a la puerta del despacho del rey —¿Quería verme majestad?
—Sí, entra por favor.
Leith entró en el despacho —¿Vos nunca descansáis majestad?
El rey Zenón sonrió —Ojalá. Entre la organización del reino de Insel, la boda de mi hija y los últimos ataques en Sapta Dvipa no tengo tiempo para descansar. Me acaban de informar de estos ataques. Son muy extraños la verdad —el rey comenzó a buscar entre sus papeles —Varios pueblerinos de Riel y Feuer han desaparecido. Y por si fuera poco tengo que organizar la boda de mi hija —explicó el rey.
—¿Y para qué me ha hecho llamar pues?
—Es por estos ataques… Me preguntaba si estos ataques son obras de demonios.
—Es lo más probable. Si lo desea puedo partir mañana para averiguarlo —contestó Leith.
—Usted acaba de llegar y ya se va a marchar por algo que seguramente sean rumores o ataques de bandidos. Puedes mandar alguien para averiguar si son ciertas estas noticias, pero me gustaría que te quedaras hasta finales de semana.
—¿Hasta finales de semana? —preguntó curiosa Leith.
—Sí, es la boda de mi hija y me gustaría que estuvierais todos presentes.
Leith sonrió alegre —Asistiré encantada.
—Gracias Leith.
—Siempre a vuestro servicio, majestad.

Leith se marchó con prisas para reunirse con los chicos en la casa de Bastian. Caminó por toda la ciudad hasta que encontró la casa de Bastian. Desde fuera podía oírles hablar y reír. Leith llamó a la puerta y Marcia le abrió. Marcia era una semigigante con una sonrisa encantadora, a decir verdad. Su pelo era pelirrojo, largo y ondulado; sus ojos eran azules y su piel era morena a igual que la de Bastian. Podría medir casi dos metros y llevaba puesto un vestido beige y marrón de estilo artesano que le llegaba a los pies, y unas botas a juego.

—Entra por favor, y reúnete con los demás. Ya está todo listo, te estábamos esperando para comenzar a comer —dijo Marcia mientras la invitaba a pasar.
—Gracias Marcia —le respondió Leith y un alocado Emer fue a darle un abrazo —Hola.
—¿Has hablado con el rey? —le preguntó Yael y Leith asintió como respuesta —Bien, ya me lo contarás después de qué se trataba. Ahora vamos a comer.

Todos se sentaron a comer, al lado de Yael se sentaron Katara y Leith, después Huor, Bastian, los gemelos, Marcia y Emer. De comer había cerdo al horno acompañado por unas judías verdes y un puré de calabaza; y de beber agua para los niños y vino tinto para el resto. Los gemelos cogieron las bebidas con entusiasmo. Ambos tenían el pelo castaño, ondulado y medio largo. A pesar de ser niños podría medir casi lo mismo que Leith y a igual que su padre eran robustos y fuertes.
Sus ojos en cambio eran azules oscuros, supuse que era una herencia por parte de su madre; y en cuanto a sus rasgos eran principalmente redondos. Ambos vestían con una camisa, uno llevaba una camisa verde y el otro azul, unos pantalones marrones y unas botas a juego. Supongo que era el único método del que disponían para diferenciarlos, puesto que eran tan increíblemente parecidos que de no ser por esas el color de las camisas no podrías haberlos diferenciado.

—Estaba todo delicioso Marcia.
—Estoy totalmente de acuerdo con Leith. Todo estaba exquisito —aseguró Katara.
—¡Un brindis por la cocinera! —propuso Yael.
—¡Por la cocinera! —brindaron todos.
—Gracias. Por cierto ¿ya sabéis cuánto tiempo os vais a quedar? —preguntó Marcia.
—Hasta el domingo, partiremos el lunes por la mañana —anunció Leith.
—¿Hasta el domingo? —preguntó curioso Emer.
—Resulta que es el día en el cuál se celebra la boda de la princesa y el rey me ha pedido que asistiríamos, no podía decirle que no. Además, nos viene bien unos días de descanso.
—Leith tiene razón. El lunes partiremos por la mañana, temprano —entonces Yael recordó los colgantes —¡Casi se me olvida! Tenemos que darles los colgantes a los chicos.
—¿Qué colgantes? —preguntó Huor confuso.
Leith suspiró, era la hora de contárselo todo —Marcia, llévate a los niños tenemos que hablar de una misión así que si no te importa…
—Claro, no te preocupes —Marcia se llevó a los gemelos a la habitación.
Huor entonces entendió que se lo iba a contar a los chicos —Se los vas decir, ¿verdad?
—Sí, es lo correcto Huor. Tú ya lo sabes, pero si ellos van a acompañarnos también deberían saberlo. Hay algo que debéis saber…yo no soy lo que creéis que soy.

Leith explicó con todos los detalles lo que eran en realidad, a lo que de verdad se enfrentaban, que no podían vencer a los ángeles oscuros sin la magia que posee la sangre un ángel. También les explicó su verdadera misión en Sapta Dvipa y por tanto lo importante que eran esos colgantes en aquella misión. Leith entregó los colgantes a Emer, Bastian y Huor, y ellos se los pusieron.
—Lo único que lamento es no habéroslo contado todo antes —finalizó Leith.
—No te preocupes Leith, lo importante es que nos los has contado.
—Gracias Bastian —le dijo Leith sinceramente —Antes de que se me olvide debéis poneros los colgantes —Leith sacó los colgantes y se los entregó a los chicos.
—¿Y con esto podremos vencer a los ángeles oscuros? —preguntó emocionado Emer.
—Sí, la magia que encierra la sangre de un ángel os proporcionará nuevas habilidades y poderes. Con ellos podréis vencerles, pero recordad que a pesar de que poseáis magia los ángeles oscuros son muy poderosos —les recordó Yael.
—¿Y Katara porqué no lleva colgante? —preguntó Huor.
—No lo necesito, yo puedo derrotar a los ángeles —respondió Katara.
—¿Tú también eres un ángel? —preguntó Bastian.
—Yo soy una semidiosa.
Emer se quedó mirando a Katara asombrado —¡Eso es alucinante!
—Creo que hoy ya hemos hecho suficientes revelaciones por hoy —comentó Yael.
—Estoy de acuerdo contigo, ya es suficiente por hoy. Volveremos a vernos en la boda, tengo que terminar de preparar algunas cosas para el viaje —dijo Leith.
—Yo pasaré estos días con mis hijos, y con Emer que es como uno de ellos.
—¡Bien! —gritó Emer alegre.
—Nos volveremos a ver el sábado —y con esto Yael dio la conversación por zanjada.

Leith, Katara, Huor y Yael se marcharon juntos al castillo. Cuando llegaron al castillo Katara decidió entrenar de nuevo.

Leith se acercó hasta Yael —¿Puedo pedirte un favor? —Leith miró a Huor al ver que seguía a su lado, era evidente de que quería que Huor se marchara inmediatamente.
Huor pilló la indirecta —¿Sabéis qué? Voy a tirar un poco con mi arco —Huor se marchó junto con Katara, preparó una diana y comenzó a tirar con su arco.
Leith le condujo lejos de ellos por si acaso y entonces preguntó Yael —¿Qué es lo que quieres? —y entonces Leith le contó todo lo que le había contado el rey y las extrañas noticias que le había contado —¿Crees que son obras de los ángeles oscuros? —Leith asintió —De acuerdo me marcharé ahora mismo para comprobar si son ciertas. Volveré para la boda de los príncipes.

Aquellos días se le hicieron eternos a Yael, viajando continuamente buscando el origen de las noticias que tan preocupados tenían a los erdianos . El primer día no fue muy productivo, le llevó bastante tiempo en preparar sus cosas para el viaje. Yael llegó a Riel a la hora de cenar, Yael estaba cansado de caminar así que le vino bien tomarse una cerveza y algo de comer en la taberna.
Allí varios de los aldeanos le comentaron que las desapariciones de sus gentes estaban comenzando a expandirse por todo el reino, aquello le preocupó.
Era normal que un par de campesinos no volvieran a sus casas porque les atacara un oso en el bosque, o bien decidieran probar suerte en otro pueblo; o incluso que los mataran bandidos en un intento frustrado de robarles; pero eran sucesos poco frecuentes, y aquellas desapariciones habían afectado a más de veinte campesinos en Riel en apenas una semana y en los demás pueblos también estaba pasando lo mismo. Aquello era muy extraño, casi espeluznante. Jamás había pasado algo parecido en Erde, tenía que ser obra de los ángeles oscuros. Estaban consiguiendo almas para Azrael.
Y lo estaban haciendo poco a poco, no tenían prisa. No quería llamar demasiado la atención para que no les pararan en sus planes y tuvieran por tanto la oportunidad de pararlos. Necesitaban más tiempo para reunir un ejército lo suficientemente grande para hacer frente a los dioses de Ciel. Por eso no habían atacado nunca en masa, causaría una precipitada guerra para la cual no estaban preparados. Azrael estaba guardando casi todas sus fuerzas para la guerra, apenas había mantenido unas simples contiendas. Cuidaba a la perfección su plan de ataque, debía asegurarse una victoria rápida y efectiva. Yael montó en Jan y comenzó su viaje hacia Vihar.
En Vihar, Kanavat y Strahl se encontró con el mismo tipo de desapariciones que se estaban dando en Erde. Las noticias de todos los reinos eran ciertas, y a pesar de su búsqueda tenaz no consiguió más información de la que había conseguido el rey Zenón.
Aquellos días en soledad le estaban comenzando a volver loco, Yael echaba de menos a Leith y también al resto del equipo. Apenas dormía, apenas comía y apenas se paraba a descansar, y aun así le faltaba tiempo. Era jueves por la noche cuando llegó hasta Feuer, no le dieron precisamente la bienvenida. Unos orcos, soldados del rey Kebeth le apresaron nada más pisar su tierra.

—¿Creías que podías escapar truhan? ¡Vamos a llevarte ante el rey y responderás por tus delitos!
—¡Yo no he hecho nada! —gritó Yael.
—¡Cállate! Si no quieres que te arranque la lengua —le ordenó el soldado.

Los soldados le llevaron hasta el rey Kebeth, un orco que medía casi dos metros, con la piel verde oscura y el rostro demacrado. Vestía una armadura roja y negra con el símbolo de su reino en el pecho: el dragón, y unas botas a juego. Podría haber pasado por cualquier otro soldado sino fuera por un pequeño detalle: una corona de huesos sobre su cabeza.

—¿A quién tenemos aquí? ¡Pero si es el hombre que apagó nuestro volcán!
—¿Pero de qué estáis hablando? Si yo acabo de llegar a vuestro reino —le reprochó Yael.
—¿Pero es que acaso crees que soy estúpido? Tenemos un testigo que te vio, y tal y como predijo ahora estás aquí de nuevo para matarme. ¡No te bastó con apagar el volcán, sino que ahora además deseas ocupar mi trono! ¡Traed al testigo! —ordenó el rey. Unos soldados acompañaban a un hombre tapado con una capa gris —Decidnos, ¿quién apagó el fuego? —el hombre le señaló con el dedo —¿Y por qué lo hizo?
—Deseaba veros sufrir mi rey, como parte de una venganza personal hacia vuestra majestad, y aunque la historia la desconozco sé volvería para mataros y terminar así su venganza —explicó una voz que para mí fue familiar. Alzó el rostro y pudo ver aquellos famosos ojos grises.
—¡Tú! ¡Se supone que estabas muerto!
Sombra Gris se retiró la capa —Soy un nigromante, ¿de verdad pensabas que moriría por un par de costillas rotas? Quizás mis hechizos no surgieran efecto sobre ti, pero ahora sé que es lo que puede matarte —Sombra Gris sacó un frasco con unas gotas de sangre —Esta sangre la conseguí gracias a un contacto que tengo en la enfermería del castillo de Kusha, él jamás podría imaginarse el valor que esta sangre posee. Será irónica tu muerte Yael, pues esta sangre es ni nada menos que de tu amada.
—Rey Kebeth aquel a quién escucháis no es más que un siervo de dios de la destrucción. Si le atravesáis con vuestra espada veréis que digo la verdad —Yael rogó al rey Kebeth.
—Oh sí, se me olvidó decirte que el rey no puede escucharos —Sombra Gris indicó al rey, y entonces observé en él los mismos ojos grises, y Yael entendió que estaba bajo su control —Mi rey este prisionero merece la muerte por sus delitos.
—Estoy totalmente de acuerdo, no hace más que decir mentiras. Guardias encadénele. Se le dará muerte a media noche delante de todo el pueblo como ejemplo para todos.

Antes de que pudiera hacer nada, Yael recibió un golpe en la cabeza y quedó inconsciente. Se despertó encadenado a una pared, encerrado en una celda con la única compañía de una rata que le miraba intensamente con aquellos ojos rojos brillando en la oscuridad. Estaba aturdido, pero sabía que si quería vivir debía huir de inmediato de allí. Estaba encadenado a la pared, encerrado en una celda que estaba vigilada por un orco gigantesco con una de las hachas más grandes que he visto en mi vida y sospechaba que poseía bastante mal humor.
Yael cerró los ojos y buscó en su interior, sabía que aún le quedaba algo de su poder, debía sacarlo de su interior. Sus ojos comenzaron a brillar y entonces sintió que estaba recuperando su poder. Hizo fuerza y poco a poco rompió sus cadenas. Cayó al suelo y sintió como le clavaban una lanza en su hombro derecho.

Yael gritó de dolor, y entonces vio a Sombra Gris retirando la lanza de su cuerpo —Es curioso lo irónico de esta escena. En teoría tú eres el responsable de tu propia muerte y de que esta sea, y te garantizo que lo será, lenta y extremamente dolorosa. Y entonces una rabia que no había sentido nunca le fue consumiendo poco a poco hasta que su cuerpo quedó inundando por completo.
En su interior sintió una fuerza que jamás había sentido antes y de pronto de sus manos salió una potente onda que destruyó los barrotes de su celda y al trol que la custodiaba. Oyó como se rompía el frasco de sangre y Yael sonrió. Sombra Gris le miró con odio, entonces cogió una lanza, aún con algo de sangre y le atacó.

Yael lo esquivó y rompió la lanza. Yael cogió la lanza y se la clavó a Sombra Gris en el pecho —Muere sucia rata nauseabunda.
—Quizás muera hoy a tus manos, pero los ángeles oscuros os vencerán. No podéis hacer nada para ganar esta guerra —afirmó Sombra Gris.
—¿Sabes algo de los ángeles oscuros? ¿Dónde están? —preguntó Yael.
—No hace falta que os diga nada. Serán ellos los que os encuentren a vosotros cuando llegue el momento —Sombra Gris murió entre sus brazos con una sonrisa maléfica.

Unas sombras comenzaron a acudir a Sombra Gris, entonces comprendió que al matar a Sombra Gris las personas que habían sido poseídas habían sido liberadas de su poder. Los soldados parecieron entender lo que había pasado pues nada más salir de su trance dejaron de apuntarle con sus armas y le llevaron hasta el rey Kebeth.

—Gracias por librarnos del hechicero. Para agradeceros vuestra ayuda os devolvemos todas tus posiciones. También te ofrezco a mis soldados y a mí mismo. Si en un futuro nos necesitáis, no dudéis en pedirnos ayuda —el rey Kebeth dio una palmada y le trajeron mis cosas —Decidme amigo, ¿en qué puedo ayudarte?
—Dentro de poco habrá una guerra y me gustaría que nos ayudarais.
—Cuando llegue el momento de luchar mis hombres acudirán en vuestra ayuda.
—Gracias majestad —Yael hizo una reverencia —Ahora debo marcharme, espero volver a vernos pronto rey Kebeth —se levantó y se fue.

Yael cogió sus cosas y a Jan y se marchó de inmediato. En cuanto estuvo fuera pudo ver el sol brillando. Yael montó en Jan y comenzaron a volar. El sol estaba comenzando a bajar, se estaba haciendo de tarde. El viento soplaba del este y había arrastrado todas las nieblas; unos campos se extendían debajo de él. Los herbazales se extendían hasta lo que alcanzaba la vista y se agrupaban al pie de las laderas. Ya creía que no llegaría a tiempo para la boda cuando pudo ver la ciudad de Kusha a lo lejos. Llevó a Jan al establo de palacio y corrió hasta el castillo.
Cuando llegó hasta su habitación se dio un baño rápido y se cambió lo más rápido que pudo. Se puso el mismo traje del baile con otra camisa, no tenía más tiempo así que se dirigió al jardín. El jardín estaba totalmente decorado y ya estaba todo el mundo estaba allí. Yael buscó a los chicos y los encontró esperándole de pie vestidos exactamente igual que en el baile.

Yael se reunió con ellos —¡Hola chicos!
—¿Dónde te has metido? —preguntó Bastian.
—Cuando el deber llama…
—¡Qué me vas a contar a mí! Estos días que he pasado con mis hijos no he parado. Me había olvidado del trabajo que supone lidiar con esos dos a diario. ¡Cómo si no tuviera suficiente con Emer! —Emer le miró con reproche —¡Es broma!
—¿Dónde están las chicas? —preguntó Yael.
—Allí vienen —señaló Huor.

Yael se giró y allí estaban. Katara llevaba un vestido largo de estilo medieval, negro de tirantas y escote puntiagudo, y unos tacones dorados a juego. Y por último Leith llevaba puesto un vestido largo, rosa con escote de barca; y unos zapatos del mismo color.
Yael le lanzó una sonrisa y ella le respondió con otra. Sonó entonces una trompeta, había llegado el momento. La boda iba a comenzar así que se sentaron y llegó Samir vestido con un traje militar verde y rojo. Comenzó a sonar un violín y Ámber apareció del brazo de su padre con un vestido de palabra de honor blanco. El vestido de estilo renacentista se pegaba al pecho y luego se abría en volantes hasta el suelo, el encaje que cubría la falda tenía forma de flores a igual que el que llevaba en su velo. El rey la llevó hasta el altar y Ámber se quedó junto a Samir mientras Zenón se sentaba junto a Vita, aunque había estado aquellos días descansando no pensaba perderse la boda de su hija. Vita llevaba puesto un vestido largo rojo de palabra de honor con vuelos en su cintura, unos zapatos a juego y su corona de oro. Zenón, que llevaba un traje negro con zapatos a juego y su corona de oro, se sentó al lado de su esposa y de los padres de Samir, ambos vestidos elegantemente. Rainha llevaba un vestido rosa largo con escote de pico disimulado con encaje, zapatos a juego y su corona de plata. Marajá llevaba puesto un traje azul oscuro con zapatos a juego y su corona de plata. El monje esperó a que todos estuvieran listos para comenzar con la ceremonia de la boda.
—Bienaventurados sean los afortunados en encontrar un amor como el que veo ahora mismo delante de mí en esta preciosa pareja. Estamos aquí en este hermoso día para unir en santo matrimonio a Ámber Koira y a Samir Ayib hasta que la muerte los separe. Os contaré un mito que transcurrió hace mucho tiempo, en el inicio de los tiempos. Al principio, la raza de los hombres no era como hoy. Era diferente. Sólo existía uno cuyo nombre expresaba bien su naturaleza y hoy perdió su significado: Andrógino., y consistía en la unión de ambos sexos en uno sólo. Su fuerza era extraordinaria y su poder, inmenso. Y eso los tornó ambiciosos. Un día quisieron desafiar a los dioses. Fueron ellos los que osaron escalar hasta Ciel, dónde viven los Dioses. ¿Qué debían hacer los dioses? Entonces el Gran Indra rugió: Dejen que vivan. Tengo un plan para que se vuelvan más humildes y disminuir su orgullo. Voy a cortarlos por el medio y hacerlos andar sobre dos piernas. Y apenas había terminado de hablar, cuando comenzó a partir a las criaturas en dos, como una manzana. Y, a medida que los cortaba, Indra iba girando sus cabezas, para que pudieran contemplar eternamente su parte amputada. Una lección de humildad. Y ahí fue que las criaturas comenzaron a morirse. Morían de hambre y de desesperación. Y cuando una de las partes moría, la otra quedaba a la deriva, buscando, buscando… Indra tuvo pena de las criaturas. Y tuvo otra idea. De ahora en adelante, se reproducirían un hombre con una mujer. Esta es la historia y la razón de esa búsqueda sin fin del abrazo lo que nos hará sentir de nuevo y una vez más, la plenitud que perdimos un día, hace mucho tiempo. Ahora que vosotros habéis encontrado vuestra otra mitad no dejéis que os separen. Bueno, ¿quién tiene los anillos? —Rabi, se acercó hasta los novios con los anillos y una alegre sonrisa —¿Ámber Koira aceptas a Samir Ayib como tu legítimo esposo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarle y respetarle todos los días de tu vida hasta que la muerte os separe?
—Sí acepto —dijo Ámber mientras le ponía el anillo a Samir.
—¿Samir Ayib, aceptas a Ámber Koira como tu esposa en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarla y respetarla todos los días de tu vida hasta que la muerte os separe?
—Si acepto —dijo Samir mientras le ponía el anillo a Ámber.
—Con el poder que se me ha sido concedido por su majestad el rey Zenón yo os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia —finalizó el monje.

Dicho esto, Samir besó a Ámber en los labios y todo el mundo aplaudió emocionado.

Autor: elenasiles

En 2014 publiqué mi primer libro impreso "La Prueba". En 2019 publiqué La Guerrera Drager , en 2020 Piratas de Sagara y en 2021 Los Guardianes de Almas. Fui directora de YouAreWriter desde 2013 a 2019. He participado como autora en Renacer, Antología Benéfica (2020), en Invencibles, Una antología benéfica (2021) y en Antología Recuerdos de Tinta (2021). Además he coordinado, editado y publicado Antología Show Your Rare (2020) , Antología Sueños de Aire (2020) y Antología Criaturas de la Noche (2021) Mi email es: youarewriter.wordpress@hotmail.com Mi blog: www.elenasaavedrasiles.wordpress.com

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