Guerra de Dioses cap 5 por Elena Siles

Capítulo 5

De repente un soldado entró en la habitación y se encontró con la escena romántica. Yael y Leith al darse cuenta de la intromisión dejaron de besarse y se separaron.

El soldado avergonzado miró hacia otro lado —Nos atacan soldados de Insel.
—¿Cómo han entrado? —preguntó Leith.
—Por la alcantarilla, por lo visto el prisionero Ícaro les ha abierto durante el caos que se produjo una explosión. No habíamos dado cuenta de que habían colocado barriles de pólvora en el alcantarillado porque usted nos distrajo con aquella salida tan escandalosa; pero no hay tiempo de más charla, tenemos que impedir que lleguen hasta el rey —afirmó el soldado.
—De acuerdo, me cambio e iré enseguida —le contestó Leith y el soldado se marchó con prisas —¿Te importa?
Yael se fue al salón —Será mejor que yo también me cambie —Yael se cambió y regresó a la habitación. Leith se estaba poniendo la armadura —¿Te ayudo?
—No gracias, ya estoy lista. Vámonos.

Leith y Yael corrieron hasta dónde estaban los calabozos, y se encontramos con la pelea en pleno apogeo. Ambos desenfundaron las espadas y comenzaron a luchar. Los soldados de Insel eran sin duda grandes guerreros, pero nada en comparación con Leith. Al primer soldado, Leith le degolló el cuello, Yael le pegó un puñetazo a uno mientras que atravesaba a otro con su espada por la mitad. Leith mató a otros tres soldados con varios movimientos de espada y Yael mató a otros dos. Los soldados les superaban en gran número, pero gracias a la valentía y fuerza de Leith estaban venciendo con facilidad. Leith esquivó un ataque de un soldado y acto seguido le degolló, pronto estuvo rodeada por muchos soldados. Yael estaba ocupado luchando contra otro soldado y no pudo ir en su ayuda, tampoco le hizo falta; Leith sabía muy bien cómo defenderse sola. Empuñó a Verlian y lanzó una estocada contra un soldado que le atravesó por el torso. Tres soldados fueron a por ella simultáneamente, Leith esquivó sus ataques con una voltereta y con su espada le cortó a cada uno una pierna, luego le asestó el golpe mortal a cada uno con su espada.
La pelea fue larga y tediosa, pero consiguieron la victoria. Leith miró cansada a Yael y Yael le dedicó una sonrisa para animarla, y ella se la devolvió. Leith y Yael se dirigieron de nuevo al salón dónde se había celebrado la cena para reunirse con el rey.

Cuando llegaron el rey estaba muy furioso, totalmente comprensible puesto había sufrido dos ataques distintos en las últimas dos noches —¡Esto no volverá a repetirse! —gritó el rey —Pienso matar a todos los seres vivos del reino de Insel.
—Mi rey… —intervino Leith —¿Puedo decir algo?
—Adelante —le indicó el rey.
—Creo que sería una guerra innecesaria y que provocaría la muerte de muchos de nuestros hombres. Nosotros podríamos encargarnos del rey de Insel y terminar con todo esto. Una vez muerto el rey podréis tomar Insel sin necesidad de una guerra —explicó Leith.
—¿Y qué pasa con ese traidor de Ícaro? —dijo el rey aún furioso.
—Majestad, si me permitís yo me encargaré personalmente de ese traidor, soy caza recompensas y un experto asesino, le traeré su cabeza —se ofreció Yael.
—Perdonad. ¿Pero quién sois vos? —le preguntó el rey.
—Es el motivo por el cuál dejara el equipo marchar sólo a Yambú. Este hombre que tenéis a vuestro lado me salvó la vida en una ocasión y me mandó un mensaje para avisarme que unos piratas estaban atacando mi ciudad natal —mintió Leith.
El rey se mostró entonces más receptivo —¿Y cómo os llamáis?
—Yael. Y estoy a vuestro servicio mi rey.
—Quiero que sepas que únicamente confío en ti porque Leith, mi más fiel caballero, os considera un hombre digno de tal confianza. Marcharéis mañana por la mañana en busca del traidor de Ícaro y me traeréis su cabeza a mis pies. A cambio os entregaré una merecida recompensa que estará al nivel de vuestro servicio. En cuanto a mis ambarinos les encargo la tarea de matar al rey de Insel y firmar un acuerdo con el reino para que pase a mis manos o que se preparen para la guerra. Porque no pienso permitir ni un ataque más a este reino y si he de matarles a todos lo haré —afirmó el rey.
—Así se hará mi rey —aseguró Leith.
—Ahora si me disculpan me voy a descansar —el rey se marchó y con él también se marcharon la princesa y su prometido.
—Pero si dijiste que le acababas de conocer —protestó Huor de inmediato.
—Mentí —reconoció Leith —Porque no os podía dar otra explicación entonces.
Bastian miró a Huor y le susurró —No tienes remedio.
—No me fio de él, eso es todo —le respondió Huor en un susurro.
—Leith —le cortó Emer —¿Te vas a quedar con nosotros?
Leith miró a Yael —No. De hecho, seré yo quien cumpla con la misión del rey.
—¿Y volverás? —preguntó Emer algo disgustado.
—Por supuesto que volveré a Kusha.
—Creo que Emer se estaba refiriendo a sí volverás al grupo —intervino Bastian.
—No, por lo menos por ahora —contestó Leith.
—Si lo haces por mí, por favor no lo hagas. Me iré yo si es preciso —respondió Huor.
Yael miró a Huor. << ¿Por él es por lo que está más confusa? >>y entonces Yael le susurró a Leith —¿Me cuentas después que ha pasado?
Leith asintió a Yael y luego respondió a Huor —No lo hago por ti y no tienes porqué marcharte.
—Oye Leith que de verdad lo de antes. Quiero que te quedes Leith. No te vayas…—suplicó Huor.
—Tengo que irme para cumplir la misión del rey —admitió Leith.
—Vuelve por favor —le pidió Emer.
—Volveré a veros lo prometo.
—¿Y al grupo? —preguntó Emer.
Leith suspiró algo dolida << Ojalá pudiera decirles la verdad, pero el secreto de los ángeles debe seguir a buen recaudo >> —Ya veremos —respondió Leith y Emer asintió como respuesta.
—Bueno yo ya me marcho. Partiré mañana así que será mejor que descanse. Todo un placer conoceros chicos —comentó Yael.
—Hasta la próxima chicos —Leith abrazó a Emer y a Bastian.
Huor la miró a los ojos intensamente —Perdóname por todo lo que te dije… yo… bueno… es que… —en ese momento comprendió que Leith jamás le creería —No tengo excusa ninguna.
—Te perdono —Leith abrazó a Huor.
Huor se separó y se dirigió Yael —Cuídala bien.
—Ella no necesita que la cuiden —respondió Yael y Leith le miró con gesto de aprobación a su comentario.

Bastian al ver la reacción de Hugo comprendió que efectivamente lo habían hechizado y decidió darle de nuevo un voto de confianza. Leith acudió al lado de Yael aún algo emocionada y se fueron juntos a dormir. Los chicos se marcharon poco después a sus respectivas habitaciones.
Leith y Yael fueron hasta los establos al día siguiente. Allí estaba Hest, le cogieron de las correas y se lo llevaron a afuera. Cabalgaron juntos hasta las afueras dónde pudieron esconder a Hest en el colgante y comenzar su viaje volando.

—¡Sígueme! —gritó Leith y entonces comenzó a volar muy alto.
Yael al ver que se marchaba comenzó a seguirla —¡Espérame! —la encontró tumbada sobre una nube —¿A qué ha venido eso?
Leith voló hasta Yael —Mira debajo de nosotros.
Yael miró al frente y pudo ver el bosque de Erde —Es realmente increíble.
—Quería enseñarte cómo ha cambiado todo esto.
—Gracias —dijo Yael sinceramente y la miró intensamente —Perdóname.
—¿Perdonarte? ¿Por qué?
—Por haberte besado… Yo… no quiero presionarte.
Leith asintió —Sólo necesito asimilar todo lo que me está pasando. El volver a ser un ángel, mis recuerdos, los sentimientos que tengo por ti…
Yael asintió —Te comprendo. Bueno, será mejor que volemos hacia las cordilleras antes de que se haga de noche.
—De acuerdo.

Yael y Leith volaban hacia las montañas y al crepúsculo se detuvieron. La luna brillaba confusamente en un cielo nublado, aunque daba un poco de luz y las estrellas estaban veladas.

Leith llegó hasta Yael volando —Ya casi hemos llegado, ya puedo ver las cordilleras a lo lejos —señaló al frente y, efectivamente delante de ellos se comenzaban a ver las cordilleras —Pasaremos la noche en una cueva, luego nos dirigiremos a Vir dónde te comprarás una montura y cabalgaremos hasta Plahka.
—Vale —las cordilleras estaban ya a penas unos cien metros de ellos —Allí hay una cueva —se dirigió hasta la cueva y esperó a Leith que a los pocos segundos estaba a su lado —Podemos acampar aquí.
—De acuerdo. Voy a cazar algo —Leith sacó a Hest del colgante —Vuelvo enseguida.
—Prepararé el campamento mientras —Leith le dio su colgante a Yael —Gracias —y se marchó. Yael preparó el campamento e hizo un fuego para la comida y entonces volvió Leith con dos perdices en la mano —Ya estoy aquí, prepara la cena mientras yo cepillo a Hest —Leith le dio las perdices a Yael y recuperó su colgante. Leith se quitó la armadura y se quedó con un mono corto de color negro. Luego Leith se dirigió hacia Hest y comenzó a cepillarlo —Mi pobre Hest, tienes que estar cansado de estar en el colgante. No te preocupes ya queda poco.
—Ya está la cena lista —anunció Yael alegre.
Leith se sentó a su lado —¿Recuperarás tus alas cuando todo esto termine?
—No lo creo. Además, tendré que usar gran parte de mi poder.
—¿Qué sucede? —preguntó Leith al ver el rostro de preocupación de Yael.
—Hay posibilidades de que se vuelvan a abrir las puertas. Además, yo quedaría bastante debilitado… es más… es posible que no regrese.
—¿Hay posibilidades de que mueras? —preguntó algo preocupada.
—Sí, así es. Pero es un es riesgo que debo correr, ¿no te parece?
—Supongo —se creó un incómodo silencio —¿Qué tal si cenamos? —Yael le entregó una perdiz y ella le dio un bocado —No está mal, la verdad.
—Tú eres mejor cocinera —le aseguró Yael.
—Sí bueno, no es complicado superar esto —bromeó Leith.
—Ja, Ja, Ja. Muy gracioso.
Yael la miró algo triste —¿Y ahora qué te pasa? —preguntó Leith.
—Perdona, es que… No paro de pensar en… —<< Eiko >> pensó Yael.
—Oye Yael, yo he tenido que renunciar a mi equipo por esta misión. Probablemente no vuelva nunca y no sé qué es lo que pasará cuando me enfrente a Azrael. Es la primera vez en mi vida que tengo miedo. Pero no me quejo porque sé que todo eso salvará muchas vidas incluidas las de mis compañeros. Es mi deber luchar. El tuyo es donar tus alas.
—Lo sé Leith, sé que no tengo motivos para quejarme. Yo… —se calló porque en realidad lo que le preocupaba no era su muerte, sino que no funcionara el hechizo y entonces perdiera a Leith y a Eiko —He perdido el apetito —Yael dejó la comida y se tumbó.
—Te levantaré temprano —le informó Leith.
—Hasta mañana Leith —cerró los ojos y se durmió.

Por la noche no Yael pudo dormir, no paraba de pensar en Leith… ella tenía razón la que corría más peligro era ella y aquello le estaba perturbando el sueño. Con todo el tiempo que había pasado y aún no había conseguido olvidarse de ella… Su corazón sabía lo que sentía por Leith, aunque no debiera sentirlo…. Y estaba Eiko. ¿Qué pasaría con ella? También pensó que tal vez no era necesario que Leith renunciara a su grupo, de hecho, les vendría muy bien su ayuda claro que para eso debería ser desvelado el secreto de que los ángeles existían de verdad.
Desde el inicio de los tiempos los dioses siempre han tenido mucho cuidado con sus apariciones y sus intervenciones en Sapta Dvipa; pero todo eso quedaría destruido si se unía alguien más a la causa. Claro que llegado el momento probablemente deberían librar una guerra contra los demonios del Averno puesto que, aunque Yael donara sus alas, Azrael no tardaría demasiado en volver a abrir las puertas. Y entonces se desataría una ola de demonios sobre Sapta Dvipa. Podrían vencer, pero entonces necesitarían a un ejército y por lo tanto el secreto sería desvelado. Había muchas cosas en la cabeza de Yael… le danzaban de un lado a otro y no paraba de pensar en todo lo que les esperaba. Yael se levantó en mitad de la noche sobresaltado, sudando y a pesar de su cansancio por el viaje no pudo volver dormirse en toda la noche así que esperó a que se levantara Leith. Leith se despertó temprano, con el primer rayo de sol y cuando se dio cuenta que Yael ya estaba despierto le miró algo desconcertada, era obvio que no estaba acostumbrada a aquella situación.

—¿Qué te sucede? —preguntó algo preocupada.
—Me desperté en mitad de la noche y no pude volver a dormirme.
—No es normal en ti —comentó ella.
—Ya bueno, he estado dándole vueltas a la cabeza.
—Si es por lo de ayer, lo siento. No debí ser tan fría.
—¿Sentirlo? Soy yo quién debería pedirte perdón. Yo sé cuál es mi cometido y no dudes ni un solo instante de mí, lo cumpliré. Yo jamás me he rendido, jamás he huid. Yo no soy un cobarde; pero sigo sintiendo miedo. Sé que tener miedo no es sinónimo de cobardes, sé que soy un hombre de honor y sé que llegado el momento daré mi vida por este mundo. Pero por la noche cuando la soledad y la oscuridad te acechan a veces es imposible no tener miedo. ¿Pero cómo enfrentarse al destino?
Yael continuó —¿Cómo puedes luchar contra tu propia muerte? Hay batallas que simplemente no puedes ganar. A veces lo único que puedes esperar es que tu muerte sea rápida y lo más indolora posible. Todos los hombres desde los inicios de los tiempos han tenido miedo a la muerte, ¿me hace a mí eso un hombre menos valiente o menos honorable? No es especialmente mi muerte lo que más preocupa, lo que me preocupa de verdad es que mi muerte no valga gran cosa, que no sirva para nada. Lo que me preocupa de verdad es que aún dado mi vida no pueda salvar Sapta Dvipa. Lo que me preocupa de verdad es que a pesar de todos mis esfuerzos tú mueras. La sola idea de que… te pudiera pasar algo malo… —<< o a Eiko…>> pensó Yael. Se creó un silencio tenso entre ambos y Yael continuó —Yo no podría cargar con la culpa de tu muerte, me gustaría saber que todo irá bien y que, aunque yo muera tú te salvarás, pero la verdad es que puede que mi muerte no sirva para nada y cuando pienso en ello…
—Tal vez tu muerte no signifique nada, pero habrás luchado hasta el final y créeme, eso es lo único que puedes esperar de una guerra.
—Pues yo quiero poder esperar más —afirmó Yael
—Puedes estar todo lo triste que quieras, pero así no vas a solucionar nada. Es natural temer a la muerte, pero no debes de dejar que te afecte. Yo también tengo miedo a fallar esta misión, pero daré hasta la última gota de mi sangre si es preciso. No dejaré de luchar.

Leith le miró fijamente esperando una respuesta… ¿Pero qué clase de respuesta podía darle? Yael era un hombre con miedo a la muerte, con miedo a perder todo aquello que amaba una vez más… con miedo a no poder salvar Sapta Dvipa…

—Es el momento de irnos —intervino Leith cortando sus pensamientos, Yael asintió decidido como respuesta. Leith guardó todo en su colgante —Una vez estemos en Vir podemos comprar un hipogrifo para que puedas viajar a mi lado a la vuelta.
—Me parece buena idea —comentó Yael sin importancia.
—Entonces partiremos ahora mismo.

Yael asintió como respuesta, Leith alzó sus alas y echó a volar. Yael abrió sus alas y la siguió. El cielo estaba nublado, volar en aquellas circunstancias era bastante peligroso y estaba agradecido de que después fueran cabalgando porque ir volando hasta Plahka sería muy peligroso.
Volaron y en pocas horas estaban en Vir, decidieron descender hasta las murallas, una vez allí sólo tuvieron que bajar. Vir era una ciudad bastante bonita, algo pequeña, pero su estilo bohemio la convertía en una ciudad encantadora. No se notaba la presencia de Insel sobre la isla. Encontraron una taberna bastante buena en el centro de Vir y la verdad es que se comía bastante bien. Pidieron dos carrilladas de carne, patatas asadas y una buena jarra fría de cerveza. Comieron en silencio, pero cuando terminaron Yael intervino.

—Sabes Leith quizás deberías plantearte conseguir otro mono de lucha, esa armadura te hace lenta y necesitarás ser rápida y silenciosa para esta misión. Yo también lo estaba pensado, además estoy harto de ponerme lo mismo.
—Que presumido —bromeó ella.
Yael la agarró y ella no pudo esquivarle —¿Ves? Con la armadura puesta es normal que no puedas esquivarme —Ella comenzó a reírse —¿De qué te ríes?
—Tienes la barba llena de salsa —dijo ella entre risas —Hasta ahora no me había dado cuenta, pero es muy gracioso.
Yael suspiró cansado y se limpió —¿Ya está? —ella asintió y le sonrió —Bueno ya hemos pagado y tenemos poco tiempo para comprar las cosas si queremos llegar a tiempo a Plahka; así que lo mejor será que nos marchemos.
Yael ayudó a Leith a levantarse y salieron de la taberna —Creo que tienes razón en lo del mono, como tenemos poco tiempo será mejor separarnos. Nos reuniremos aquí antes de la próxima campanada.
—De acuerdo —Yael se marchó y fue a buscar la ropa. Encontró una tienda de ropa, entró y el dependiente le recibió con una sonrisa y le invitó a pasar —Buenas tardes.
—Buenas tardes.
Yael comenzó a echar un vistazo y encontró un conjunto que le gustaba. Era un mono de lucha azul oscuro y unos guantes a juego —¿Cuánto cuesta esto?
—Unos 20 roans —le contestó el dependiente con una sonrisa.
—Entonces me lo llevo —le pagó al dependiente, Yael cogió la ropa y se marchó de la tienda en busca de un establo para buscar una montura. Por suerte encontró un establo que poseía un hipogrifo —Hola —le dijo Yael a un hombre que estaba cuidado del hipogrifo —¿Cuánto cuesta?
—Se llama Jan y cuesta más de lo que tú puedes pagar —le respondió el hombre indiferente y después le gritó —¡Lárgate!
—Soy miembro de la guardia personal del rey —Yael omitió que era del rey de Erde por motivos obvios de enemistad entre ambos reinos —Y sí que me lo puedo permitir.
El hombre le miró de forma escéptica —Pon el dinero y lo retiraré —Yael puso el dinero encima de una mesa que había en el establo, tan sólo con el ruido que hizo al caer en la mesa la cara del hombre cambió radicalmente —Perdonadme, a veces las apariencias engañan. Bueno este hipogrifo es de alta calidad así que… por ser vos os lo dejaré en 500 roans.
A Yael le entraron ganas de darle un puñetazo por imbécil, pero se reprimió porque necesitaba el hipogrifo —De acuerdo —dijo Yael con algo de resentimiento, pero le pagó igualmente. Después se llevó a Jan lejos de allí —Que hombre más desagradable —y a continuación se dirigió a la taberna dónde había quedado Leith y la vio esperándole junto a Hest, con el conjunto nuevo: un peto protector marrón y rojo a juego con sus pantalones —Hola Leith —la saludó sonriente.
—Veo que estás de mejor humor. ¿Quién te acompaña?
—Se llama Jan. Me ha costado tan solo 500 roans.
—Por cierto, ¿me enseñas lo que te has comprado de ropa?
—Claro —Yael le enseñó el conjunto —El tuyo es mucho más bonito.
Ella le sonrió —Gracias, cámbiate y me das las cosas.
Yael asintió, entró en una taberna y fue hacia el servicio. Una vez que estuvo listo volvió a reunirse con Leith, le dio las cosas y ella las guardó en el colgante —¿Qué tal me queda?
—Bastante bien. Será mejor que partamos ya si queremos llegar a Plahka a tiempo.
—Tienes razón —Yael montó en Jan y comenzó a cabalgar.

Una vez estuvieron fuera de Vir pudieron volar un rato, más por diversión que por otra cosa. Fue un tiempo bastante corto debido a al fuerte temporal, pero al menos consiguieron volar de nuevo juntos. Llegaron a Plahka por la noche, justo a tiempo para comer algo y comenzar nuestra misión. Dejaron a Jan y Hest en el establo de la posada en la que se quedarían aquella noche. Comieron cordero al horno, una pata asada para cada uno y cerveza. Después de comer decidieron espiar los turnos de los guardias del castillo, para así a la noche siguiente poder llegar hasta el rey sin ser vistos.
Si consiguieran finalizar la misión con éxito, Yael se quedaría en Plahka; mientras Leith entregaría las cabezas del rey de Insel y de Ícaro al rey; para proteger su posición en Insel.
Una vez que Leith volviera con algunos hombres para conquistar definitivamente Plahka Yael podría marcharse a Withw, y una vez allí donar sus alas, cerrando así las puertas del Averno durante el tiempo suficiente para poder buscar a los ángeles oscuros y matarlos.
La noche se cernía sobre Plahka, la luna iluminaba nuestro camino mientras observaban a los guardias. Yael debía de investigar dónde dormía Ícaro así que dejó a Leith controlando a los guardias. Yael voló rápidamente hasta una cara oculta del castillo y desde allí fue trepando hasta la ventana más próxima, se introdujo en la habitación y empezó a buscar la habitación de Ícaro. Tuvo que buscar por todo el castillo, pero consiguió encontrarla. Y allí estaba el traidor, durmiendo plácidamente si saber qué es lo que le esperaba. Yael se reunió de nuevo con Leith y de inmediato la vio irse para buscar la habitación del rey, en su caso no tardó demasiado y volvió en apenas unos minutos.
Cuando estuvieron juntos de nuevo se marcharon en silencio hasta llegar a la taberna. Entraron en la habitación y se creó un silencio bastante reconfortante. Yael dejó sus cosas en una silla y observó la habitación. Tenía dos camas, dos mesitas de noche, una silla y un armario. Era bastante amplia, no era precisamente lujosa pero no estaba del todo mal. Las paredes eran beige y estaban decoradas con algunos cuadros. La habitación poseía una ventana que estaba echada y tapada por unas cortinas granates.
Entonces se dio cuenta de que debía desnudarse delante de Leith y ella delante de él y por lo tanto muy posiblemente se verían desnudos. De pronto aquella idea le dio vergüenza, miró de reojo y vio a Leith acercándose al armario, y dejó sus cosas allí.

—¿Cómo lo hacemos? —preguntó Yael algo avergonzado. Leith le miró sin comprender a qué se refería —Quiero decir que cómo nos cambiamos, ¿nos damos la vuelta o algo así? No es que no quiera verte desnuda, no es que tampoco necesite verte desnuda, pero creo…creo que bueno que sería mejor cambiarnos cada uno por su cuenta porque… Aunque yo ya te haya visto desnuda de eso hace mucho tiempo y probablemente te sientas cohibida con la idea de desnudarte delante de mí, aunque no tiene porqué ser así pero no sé…yo… —Yael se dio cuenta de que se había metido en un jardín enorme y ahora no sabía cómo salir.
Leith comenzó a reírse de una forma incluso exagerada, Yael la miró algo confundido sin saber qué decir ni qué hacer —Pero mira que eres idiota.
Leith paró de reírse y tuvo que limpiarse las lágrimas de la risa —No hace falta cambiarnos. Estamos en Insel si te quedaras desnudo te congelarías. Así que no sé tú, pero Yael pienso dormir con la ropa puesta. Por mí te puedes desnudar si quieres no pienso mirar.
Yael suspiró dolido, la verdad es que había sido un poco tonto. No había caído en eso.
Leith se quitó la armadura, la insignia, el colgante, las botas y los guantes para poder acostarse; lo dejó todo; menos las botas; encima de la mesita de noche —Buenas noches, Yael —dijo mientras se metía dentro de la cama. Yael hizo también lo propio y, se quitó los guantes y las botas. Se metió dentro de la cama con la ropa puesta a igual que Leith.

Aquella noche las pesadillas le perseguían, pero la verdad es que lo que más le dolía era la estupidez que había cometido. Había sido un idiota. Se durmió aún avergonzado por lo sucedido y con la muerte persiguiéndole.
Llegó el alba, clara y brillante; y entonces un viento entró en la habitación. Apenas se había puesto las botas y los guantes y ella estaba preparada para irse. Tenían que irse pronto de la posada porque sólo habían pagado una noche, pero el dueño les permitió dejar a Hest y a Jan en el establo sin tener que pagar nada más. Era bastante temprano así que decidieron ir a los palomares para ver si el rey les había mandado alguna carta. Resultó que no, así que pudieron dar una vuelta y conocer la ciudad.

—Para la vuelta a Kusha, ¿te irás con Hest? —preguntó Yael.
—Sí —le confirmó Leith —Creo que será lo mejor, así Hest hará algo de ejercicio. El pobre estaba deprimido de ir encerrado en el colgante. Lo que sí podría hacer es saltarme Vir volando, así ahorraría algo de tiempo. Aunque dependería del tiempo.
—No lo soporto el clima de Insel —se quejó Yael.
—Yo la verdad es que también estoy deseando terminar esta misión y volver a Kusha.
—¿Echas de menos a tu grupo? —preguntó Yael curioso.
Ella le miró afligida —La verdad es que sí. No te lo tomes a mal, pero no es lo mismo sin Emer, sin Bastian e incluso sin Huor.
—Vaya sí que les quieres. La mujer de hielo tiene sentimientos.
—Es por tu culpa, tú me has pegado tu sensiblería y todas esas chorradas.
—Si vuelves con tu grupo no podrás decirles lo que eres. Ni a ellos ni a nadie —le advirtió Yael a Leith seriamente —Nuestro secreto debe seguir siendo un secreto.
—Lo sé. Pero si llega el momento de una guerra…
—Llegado el momento sino tenemos otra opción entonces revelaremos nuestro secreto. Los dioses nos mandaron a nosotros para que pudiéramos introducirnos entre los habitantes de Sapta Dvipa y así poder protegerlos. Además, podría provocar una guerra de creencias entre ellos —explicó Yael.
Ella asintió —De acuerdo.
De pronto miró al horizonte con la mirada perdida —Leith —la llamó Yael, pero no consiguió atraer su atención —¡Leith! —gritó Yael y ella le miró —¿En qué estabas pensando?
—En nada, tan sólo observaba el cielo —le mintió y Yael supo que le había mentido, pero no quise decir nada en aquel momento.
—Será mejor que vayamos a comer algo. No sé tú, pero yo tengo hambre.

Ella le dedicó una sonrisa sincera y Yael se la devolvió. Caminaron juntos hasta una taberna dónde pudieron comer. Aquello le reconfortó con el frío que estaba haciendo no había nada mejor que un buen plato caliente para avivarse. Le dio el dinero a la camarera y se marcharon. Aún faltaba bastante para se hiciera de noche así que decidieron buscar a Sombra Gris, puede que no les encargaran matarle, pero era una amenaza para el reino. No les costó mucho encontrarle, estaba en una calle vendiendo información al mejor postor. Supieron identificarle gracias a la descripción que les había dado Emer antes de marcharse.

—¿Eres tú Sombra Gris? —preguntó Yael.
—Sí, así es. ¿Quién pregunta por mí? —le respondió con voz sombría.
—Eso no importa. Quiero hacer algunas preguntas sobre el rey y sobre el traidor.
—Os aviso que será costoso.
—Puedo pagaros. Ahora hablad —le ordenó Yael.
Sombra Gris alzó la mirada —¿Qué queréis saber?

Entonces Yael miró a Leith, ella ya supo lo que Yael quería que hiciera. Leith se marchó y Sombra Gris se quedó mirándola atentamente. Leith volvió con su espada estaba manchada de sangre.

Sombra Gris se quedó petrificado al ver a los asesinos muertos, tirados en la calle tiñendo el suelo de rojo —Oye no quiero problemas…
—Tu ayudaste a Ícaro a escapar, ese necio jamás controlaría la magia oscura y tú lo sabes perfectamente —¿Creías que podías engañarnos? —Leith le dio un puñetazo —Imbécil.
Sombra Gris se retorció de dolor, intentó lanzarle un conjuro o algo por el estilo, pero este se disipó como si nada. Creo que en ese momento comprendió que no podía vencerles y comenzó a tener miedo de verdad —¡Parad! Lo contaré todo —suplicó.
—¿De qué te sirve ahora tu pacto con los diablos brujo?¡Cuéntanoslo todo! —le amenazó Leith.
—Yo… hechicé a uno de los miembros de la mesa del rey para crear una distracción y así ayudar a escapar a Ícaro… No recuerdo su nombre —Leith le miró con cara de asesina —Bueno creo que era…Huor, si ese era su nombre.
—¿Así que todo lo que hizo y le dijo esa noche era porque estaba embrujado?
—¿Tú eres esa mujer? Casi no te había reconocido con…—Sombra Gris quiso terminar la frase, pero no pudo, Leith le agarró del cuello —¡Suéltame!
—Leith, muerto no nos sirve —le advirtió Yael.
Leith comenzó a relajarse —Tienes razón —Leith soltó a Sombra Gris.
—Cuéntanoslo todo —le ordenó Yael.
—El rey de Insel pretendía crear una guerra entre ambos reinos. El motivo aún no lo tengo muy claro. Así que me contrató para que controlara algunos pensamientos de Ícaro, pero no salió como esperábamos y tuvimos que improvisar. Ahora están planeando otro ataque y esta noche habíamos quedado para diseñar el nuevo plan.
Leith le miró —¿Puedo? —Yael asintió, ya tenían todo lo que necesitan saber —Leith le dio un golpe que le partió las costillas —Eso por hechizar a uno a Huor, es mi compañero.
—Este suceso me ha dado una idea. Podrías disfrazarte de Sombra Gris para acercarte al rey y matarle. Sería mucho más sencillo que el plan de esperarle en la habitación. Además, puede que Ícaro vaya con él.
—Vale —Leith cogió la ropa y la guardó en su colgante —¿Y tú que harás?
—Allanarte el camino, por así decirlo —Ella asintió, aún estaba furiosa —Te invito a una cerveza si quieres. Porque se te va a salir la vena como no te relajes.
Leith se tranquilizó y luego sonrió —Me parece buena idea.
Cogieron las ropas que necesitaron, tiraron los cuerpos a una fosa común y entraron en la misma posada en la que se habían quedado a dormir la otra noche —¿Estás mejor?
—Sí, es que me arrepiento de no haberme despedido de él.
—El pasado, pasado está. No te tortures por eso, ¿qué podías pensar? A mí desde luego no se me hubiera ocurrido que un hechicero le hubiera embrujado o algo así. Simplemente que estaba borracho y era imbécil —le animó Yael.
—Tienes razón, pero aquello no era nada propio de él. Se pone un poco tonto cuando bebe, pero jamás habría hecho lo hizo. Debería haber supuesto que había algo de por medio. Además, al día siguiente él mismo intentó decírmelo. Le debo una disculpa.
Yael no se había dado cuenta, pero había oscurecido, miró a Leith —Podrás disculparte cuando volvieras, ahora es tarde. Tenemos que irnos —su barriga rugió de hambre y ella le dio un poco de cecina que sacó del colgante —Gracias.
Disfrazados consiguieron entrar en el castillo sin ningún problema. Fueron al patio central guiados por unos soldados que les escoltaron hasta allí quienes se marcharon poco después. Allí estaba el rey de Insel junto a Ícaro —¡¡Llegáis tarde!! —les gritó el rey —¡Nadie me hace esperar! ¡Qué sea la última vez! ¿Lo habéis entendido? —los dos asintieron como respuesta —¡Bien! Ahora seguidme hasta mis aposentos, es un lugar más seguro para hablar de este tema.
Leith y Yael siguieron al rey y a Ícaro hasta el despacho del rey quien empezó a hablar nada más cruzar la puerta —Debo confesarle que estoy muy decepcionado con usted, Sombra Gris. Todos los planes que hemos hecho para provocar una guerra entre el reino de Stein y el reino de Erde han resultado inútiles.
—Señor… —intervino tímidamente Ícaro —No ha sido culpa suya, sino hubiera sido por los hombres del rey Zenón el plan hubiera salido a la perfección.
—¡Eso mismo quiero saber! ¿Quiénes son esos hombres? —preguntó exaltado el rey.
—Los llaman ambarinos, señor —le contestó Ícaro —por servir a la princesa Ámber, un nombre curioso sin duda… Sus nombres: son Huor, Bastian, Emer y Leith.
—Esa mujer… Fue la misma que frustró el secuestro de la princesa, ¿no es cierto? —Ícaro asintió como respuesta a la pregunta del rey —¿Y qué hay de los demás?
—Son buenos guerreros, pero quién más debe preocuparnos es la mujer —explicó Ícaro.
Leith puso una voz extrañamente idéntica a la voz de Sombra Gris —¿Me permitís una pregunta mi rey? —el rey asintió —¿Qué haríais si os la entrego?
—Matarla —respondió el rey lleno de ira.
Leith hizo una señal y Yael le cortó la cabeza a Ícaro, el rey se quedó sin palabras. Leith se quitó la ropa de Sombra Gris —Si queréis luchar conmigo, habrá una serie de reglas: la primera es que firméis un documento oficial para que al ganador se le conceda la soberanía del reino. La segunda regla es que será un duelo a muerte y la tercera regla es que no se puede pedir ayuda.

Leith le indicó que Yael saliera de la habitación. A regañadientes salió de la habitación y cerró la puerta. Yael escuchó los primeros sonidos de choque entre espadas, luego escuchó como llamaban a la puerta desde dentro. Yael abrió la puerta y se encontró a Leith cubierta de sangre. Tenía la cabeza del rey en una mano. Hasta entonces no se había fijado en el rey: era un hombre mayor de unos cuarenta años aproximadamente. De ojos negros y cabello oscuro, lacio y corto. Tenía la piel blanca como la nieve, una cicatriz en el ojo izquierdo y una barba preponderante.

Yael miró a Leith preocupado —¿Estás herida?
—Por favor no me insultes. Mira tengo el documento de traspaso de soberanía firmado por el rey, esto deberá ayudarte en tu misión de mantener la soberanía sobre Insel. Debes esperar a que me marche para anunciar la noticia al pueblo. No creo que pongan demasiadas objeciones. Ya sabes cómo era este rey —Leith sustrajo un saco de su colgante y guardó allí las cabezas —Tengo que irme, si tienes algún problema envíame una carta.
—Vuelve pronto.

Leith se despidió de Yael y se marchó. Yael cogió el pergamino firmado por el rey, el acuerdo del duelo. Parecía estar todo en orden, lo dejó Yael encima del escritorio y sin querer se apoyó en una lámpara. Para su sorpresa en vez de romperse la lámpara la pared se abrió. Era una palanca para abrir una habitación secreta. Yael se adentró y la puerta se cerró tras de él.

Autor: elenasiles

En 2014 publiqué mi primer libro impreso "La Prueba". En 2019 publiqué La Guerrera Drager , en 2020 Piratas de Sagara y en 2021 Los Guardianes de Almas. Fui directora de YouAreWriter desde 2013 a 2019. He participado como autora en Renacer, Antología Benéfica (2020), en Invencibles, Una antología benéfica (2021) y en Antología Recuerdos de Tinta (2021). Además he coordinado, editado y publicado Antología Show Your Rare (2020) , Antología Sueños de Aire (2020) y Antología Criaturas de la Noche (2021) Mi email es: youarewriter.wordpress@hotmail.com Mi blog: www.elenasaavedrasiles.wordpress.com

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