Guerra de Dioses cap 4 por Elena Siles

Capítulo 4

Leith se dirigió a Yael que estaba entrenándose para poder volar al día siguiente y así llegar a tiempo a Kusha —Yael. No puedo empezar nada contigo.
—Te refieres a algo romántico. Eso ya lo sé.
—¿Lo sabes? —preguntó Leith sorprendida.
—Pues claro. Ahora mismo no me conoces y a igual que la primera vez tardaré en volver a ganarme tu confianza.
—¿Y cuándo tardaste la última vez en conquistar mi confianza?
—Un año —respondió Yael.
—¿Y vas a pasarte un año esperándome?
—Llevo esperándote dos siglos, por un año más no me va a pasar nada. Y sino consigo nada romántico contigo al menos tendré tu amistad y tu confianza. Me gustaría algo más por supuesto, pero al fin y al cabo yo ya tuve mi oportunidad en el pasado. Lo único que te pido es que pase lo que pase sigamos siendo compañeros. Es todo lo que deseo —le respondió sinceramente.
—¿Por qué vas a volver a intentarlo? ¿No sería más fácil olvidarme?
—Porque merece la pena volver a intentarlo contigo, porque sé que esta oportunidad no se presenta como si cualquier cosa y si no lo intento jamás sabré qué podría haber pasado. Puede que no seamos más que amigos, pero al menos sabré que lo he intentado.
—¿Por qué eres así conmigo? —le preguntó algo enfadada.
—¿Así cómo?
—Tan romántico, es cómo… es como si…
—¿Cómo si aún siguiera enamorado de ti? ¿Es que acaso no lo ves? Pues claro que sigo enamorado de ti y aunque no siento lo mismo que entonces, el sentimiento no ha desaparecido.
—Pero yo no siento lo mismo —le advirtió Leith.
—Lo sé —iba a decir algo, pero al ver la cara de Leith no insistió más —Bueno. ¿Qué hay para cenar?
—Te he podido conseguir ternera en el mercado de Shaka .
—¡Qué buena pinta! —comentó Yael alegre.
Leith se sentó a su lado, llevaba puesto el peto negro para estar más cómoda —Y barata.
—Qué hambre tengo —se quejó Yael.
—Vale, enseguida hago la cena. Pero algún día tendrás que aprender tú.
—Yo sé cocinar, pero es que tú lo haces mejor —reconoció Yael.
—¿Alguna vez has cocinado? —le preguntó curiosa.
—Pues sí, varias veces cuando estábamos juntos. Lo último que cociné fue la cena de nuestro aniversario.
—Me gustaría poder recordar todas esas cosas —le confesó Leith.
—Al menos recuerdas cocinar.
Leith terminó de cocinar la ternera y me dio un trozo —Toma.
Yael le dio un bocado —Está muuuu rico.
Leith se rió con su chiste —Gracias.

Leith y Yael terminaron de cenar enseguida, hubo un momento de silencio que hizo recordar a Yael sus noches juntos durante la gran guerra. Era uno de esos silencios en los que no hacía falta decir nada. Ella le sonrió y luego se tumbó cerca del fuego.

—Hasta mañana —dijo Yael.
—Yael.
—¿Sí?
—Qué sueñes con los angelitos —bromeó Leith.
Yael se rió, y luego paró —Y yo que creía que habías perdido tu sentido del humor.
Ella soltó una risa encantadora —Buenas noches.
—Buenas noches.

Acto seguido se durmieron. Aquella noche se le pasó deprisa a Yael, estaba deseando que saliera el sol y volar con ella. Hacía mucho tiempo que no volaba y lo echaba de menos. Yael se despertó temprano, contento y con energía, pero a pesar de levantarse temprano; Leith ya se había despertado, e incluso ya estaba todo listo para marcharse.

—Buenos días —le saludó Leith.
—Buenos días. ¿Ya está todo listo? —preguntó Yael y Leith asintió como —Bien; pues me preparo y nos vamos —Yael terminó de prepararse y caminó hacia ella —Ya estoy listo. Volemos juntos.

Leith y Yael abrieron sus alas y echaron a volar. Para Yael la sensación de volar de nuevo junto a Leith fue increíble, sentía el aire en su rostro, las nubes a su alrededor. Leith volaba a su lado disfrutando de aquella libertad como en los viejos tiempos. Ambos juntos de nuevo. Compañeros de nuevo. Estar con ella era todo lo que Yael necesitaba, poder ver su sonrisa, poder sentir su compañía, poder mirarla a los ojos…

El viaje se le hizo corto a Yael, cuando se quiso dar cuenta ya estaban sobrevolando el reino de Kanavat —Leith, ¿tenemos tiempo para parar a comer?
—Es cierto, ya es medio día. Apenas me había fijado —Leith sacó algunas provisiones de comida y las repartió entre las dos, luego sacó dos cantimploras y le dio una —Toma.
—Gracias Leith. Podemos tumbarnos un momento en una nube para comer si quieres.
—Está bien, descansaremos un momento —Leith se paró en una nube.
Yael se reunió con ella —Mucho mejor —ella le miró intensamente —¿Por qué me miras así?
—Porque no puedo estar contigo, no de la forma que tú quieres.
—Eso fue lo primero que me dijiste al confesarte mis sentimientos. Pero por mucho que luchabas con la razón, pero al final seguiste a tu corazón y estuvimos juntos un tiempo maravilloso que, a pesar de ser corto, no lo cambiaría por nada. Es cierto que debemos salvar Sapta Dvipa, pero no renuncies a lo que de verdad importa. Lo mejor que puedes hacer es aprovechar estos momentos, porque puede que no ganemos esta guerra. Y entonces desearás haber vivido tu vida de otra manera, pero ya será demasiado tarde.
Ella le miró con intensidad —Estás equivocado, no es lo que crees.

Yael terminó de comer y comprendió que Leith aún no estaba preparada para hablar de sus sentimientos. << Espero poder contarle pronto toda la verdad, pero aún debo ganarme su confianza. No puedo hablare aún de Eiko >> —De acuerdo, olvida entonces lo que dije. Vamos —ella se levantó y se puso a su lado —Ahora volemos juntos de nuevo.
Leith sonrió alegre, extendió sus alas y comenzó a volar, y Yael la siguió. Aquella conversación había abierto los ojos a Yael, puede que él volviera a sentir lo mismo por ella en un futuro; pero era muy poco probable que Leith volviera enamorarse de Yael. << Debo olvidarla >> se dijo Yael a sí mismo, pero era más fácil decirlo que hacerlo.
Habían estados separados dos siglos y aún no había conseguido olvidarla. Entretenido en sus pensamientos de pronto Yael se dio cuenta de que el reino de Kanavat comenzaba a quedar a sus espaldas. Poco a poco delante ellos por fin se pudo ver a lo lejos el reino Erde, el río azul fue nuestra primera imagen y la siguiente fue el bosque. Aquel maravilloso bosque verde lleno de criaturas mágicas como las ninfas o las dríadas. La belleza del verano comenzaba a surgir en el reino de Erde, los animales correteaban contentos, las criaturas del bosque comenzaban a bailar juntos… Aquellas imágenes eran irremplazables. A medida que avanzaba el día, la claridad fue en aumento, las nubes se levantaron volviéndose más tenues y transparentes. En lo alto, el Sol subía, altivo y dorado sobre el paisaje de Erde. Y entonces comenzó a percibirse la ciudad de Kusha. Leith inmediatamente sonrió alegre. Pero pasó algo que no se esperaban. El castillo de Kusha estaba siendo atacado.

—¡¿Quién ataca el castillo?! —preguntó ella enfadada.
—Es Azrael. Ha conseguido liberar algunos demonios del Averno ahora que las puertas están abiertas —Cuando se acercaron más pudieron ver que eran demonios del Averno quienes atacaban el castillo. Ella parecía muy furiosa —Parece que está apunto de marcharse.
—Ah no, de eso ni hablar; esta pelea no ha hecho más que comenzar.
Yael miró a Leith seriamente y desenfundó su espada —Luchemos pues.

Leith y Yael comenzaron a cargar contra los demonios, pero no hacían más que aparecer más y más. Aquello era una lucha interminable, lo que debían hacer era pelear contra Azrael y debilitarle para que los dioses pudieran detener aquel ataque. Leith cortó varias cabezas con su espada en apenas unos segundos, Yael ya sabía cómo se ponía Leith cuando se enfadaba. Debía pararla, aquella ira debía ser para Azrael.

Yael la agarró del brazo y la detuvo —¡Leith! ¡Cálmate! Esa ira debe ser para Azrael, sino le vences esta batalla jamás terminará. Puede que no le mates, pero puedes debilitarle lo suficiente para que los dioses puedan cerrar las puertas del Averno.
De pronto Yael se fijó en la escena que transcurría dentro del castillo —Leith, mira están atacando a la princesa.
—Si la matan habrá una guerra, miles de almas caerán y Azrael será invencible. No lo voy a permitir.
—Yo me quedaré aquí para detener a los todos demonios que pueda. Tú busca a Azrael y hazle añicos —la animó Yael. Ella asintió y se marchó.

Yael observaba la escena de dentro del castillo mientas luchaba. Había un hombre con un cuchillo sobre la garganta de la princesa.

Entonces Leith escondió sus alas y saltó dentro de la sala, después le lanzó al hombre la daga de Huor justo a tiempo —Coge la daga —le dijo Leith a la princesa y acto seguido bajó de la mesa de un salto —No os preocupéis majestad, yo me encargo —Leith miró fijamente a Huor y desenfundó su espada —Protege a la princesa —Leith se dirigió a las puertas del salón, las abrió y marchó.

Mientras Yael luchaba contra los demonios Leith buscaba a Azrael por el castillo. Ella estaba en la entrada principal cuando un grupo de asesinos comenzaron a atacarla. Leith cerró los ojos y desenfundó su espada. Esquivó todos los ataques con gran facilidad. Entonces abrió los ojos y comenzó a luchar. Eran cien hombres, pero ella no sufrió ni un solo rasguño. La pelea fue tan rápida que todos los cuerpos cayeron muertos al suelo al mismo tiempo.

—¡Sé que eres tú Azrael! —gritó Leith enfadada —Eres un cobarde. Un dios que teme a una sola espada. ¿Qué clase de dios es ese? ¡Da la cara cobarde y lucha conmigo!
De pronto unas sombras comenzaron a reunirse creando un demonio gigantesco los con ojos rojos —Yo soy el dios de la destrucción. Nacido a partir del caos. ¿De verdad crees acaso que puedes vencerme?

Azrael se personificó en un demonio con cuernos en la cabeza, cuatro brazos y vestido con un pantalón largo roído de color negro. Medía como unos dos metros, su torso era musculoso a igual que sus brazos y sus piernas eran dos patas de animal, al fijarse pudo ver que eran de cabra al igual que la cola que le sobresalía por detrás.
Era un ser realmente aterrador, empuñaba una poderosa espada negra que irradiaba fuego. Azrael lanzó varios ataques contra Leith que esquivó sin problemas. Azrael, aunque algo sorprendido comenzó a atacarla de nuevo con potentes ataques usando su espada y su magia. Leith los esquiva como mejor podía mientras corría hacia él. Leith no perdió tiempo en preguntarse qué convenía hacer, o si lo que sentía era coraje, o lealtad, o furia. Se abalanzó con un grito y recogió con la mano su espada. Azrael se volvió lentamente hacia ella y la atacó por la espalda, pero Leith saltó, y con un rápido movimiento le lanzó una estocada en todo el torso de Azrael. Azrael se estremeció de arriba abajo. Se levantó una vez más, tratando de olvidar del dolor, y dio un salto hacia atrás. Para intentar esquivar el ataque de Leith sin éxito. Leith hundió su espada en una de sus piernas y Azrael aprovechó para darle un puñetazo que la lanzó metros atrás. Leith estaba malherida la había alcanzado y aquel golpe había sido bastante duro. Estaba sangrando, se tocó la sangre y entonces escuchó una risa malvada a sus espaldas. Leith se levantó y se dio la vuelta. Delante de ella estaba Azrael riéndose.
—Soy el dios de la destrucción, sólo la sangre de la diosa de la vida puede vencerme. ¿No lo entiendes? Es inútil que luches —Leith miró sus manos llenas de su propia sangre y sonrió —¿Estás ya preparada para morir? Ni te imaginas cómo deseo tener el poder del alma de un ángel —Azrael le lanzó de nuevo más sombras y Leith lo paró con las manos con una sonrisa —No intentes en vano luchar por tu vida.
—Yo no lucho por mi vida, lucho para salvar Sapta Dvipa. Y te mataré, aunque sea lo último que haga.
—¿De veras? —Azrael la atrapó entre con sus manos —¿Y quién eres tú para poder matarme?
—Yo soy Leith, arcángel enviada para salvar Sapta Dvipa —cubrió su espada con su sangre —Hija de Liv, sangre de su sangre —Leith le clavó la cuchilla y Azrael gritó —¿Tienes miedo ahora Azrael? —Azrael gritaba desesperado, le lanzaba sombras, pero a pesar del daño que le hacían a Leith ella no soltaba la espada —Si he de morir, te llevaré conmigo al infierno.
Entonces un ataque de oscuridad muy poderoso lanzó a Leith a varios metros aún con la espada en sus manos —Esto no ha terminado aquí. Volveré y me cobraré mi venganza.
Leith se levantó con sangre en las manos —Y yo te estaré esperando.
Azrael desapareció y con él los demonios y los cuerpos de los asesinos. Entonces al poco tiempo acudió junto a ella Huor, que al ver a Leith malherida se mostró muy preocupado —¡Leith! ¡Estás viva! —Huor fue corriendo hasta ella y la abrazó.
—Pues claro que sí.
Huor estaba emocionado, las lágrimas se le escapaban —Bienvenida capitana.
Entonces Bastian y Emer también se unieron a ellos —¡Leith!
—Te hemos echado de menos —reconoció Bastian.
—No ha sido lo mismo sin ti —confesó Emer.
—Gracias compañeros, me alegro de volver a veros —Leith se separó del abrazó colectivo.
El rey, la princesa y Samir aparecieron en la sala algo asustados. La princesa miró a Leith con admiración —Gracias. Me has salvado, últimamente no hacen más que salvarme.
—Majestades —dijeron ellos mientras hacían una reverencia.
El rey les indicó que se levantaran —Bienvenida de nuevo Leith —Dadme vuestra espada y arrodillaos —Leith se arrodilló ante el rey Zenón —Por el poder que me ha sido concebido como rey os nombro caballero del reino de Erde.
El rey sacó un broche con el emblema del reino y se la dio a Leith quien se lo puso en su pañuelo —Levantaos Sir Stewart.
Leith se levantó —Es todo un honor ser caballero del reino de Erde.
—Y para mí es un honor tenerte como caballero, nunca nadie se lo había ganado tanto. Sin duda me honra decir que me alegro teneros en filas —respondió el rey.
—Gracias por salvar a mi prometida Leith —le agradeció Samir.
—Mi deber es proteger al rey y a su familia —contestó Leith.
—Parecéis estar malherida. ¿Os han herido mucho? —preguntó Ámber.
—Estoy bien, gracias por preocuparos —aseguró Leith.
—Podéis descansar cuánto tiempo necesitéis y estás invitada a la noche del compromiso de mi hija. Podéis llevar un acompañante, como todos los demás. La recompensa por vuestra misión estará enseguida en tu habitación. Si me disculpáis voy a intentar dormir un poco —se despidió Zenón.
Ámber y Samir también se marcharon a sus habitaciones. El primero en hablar fue Huor aún algo emocionado —Jamás me imaginé un rencuentro tan movidito.
—Bueno será mejor que durmamos, estoy bastante cansada —Leith se marchó a su habitación.
—Nosotros también deberíamos marcharnos —intervino Bastian.
Los chicos entraron en sus habitaciones. Leith abrió la ventana para que Yael entrara desde fuera. Yael entró en su habitación y nada más verla se mostró preocupado —¿Estás herida?
—No es nada, no te preocupes. Tú estás mucho peor que yo —bromeó ella.
—Yo me he enfrentado a mil demonios.
—Y yo a Azrael y a cien asesinos. Y que sepas que le he dado una buena paliza.
—Esa es mi chica —dijo Yael y después chocó los cinco con ella.
—Tengo una gran noticia —Yael se mostró curioso y ella continuó —Me acaban de nombrar caballero del reino de Erde —Leith le mostró la insignia que le había dado el rey Zenón —¿No es increíble? Soy la primera mujer nombrada caballero de la historia.
—Sí que es increíble. ¡Enhorabuena! —le felicitó Yael.
—Y me han invitado a la cena de compromiso de la princesa. Ahora tendré que ir a comprarme un vestido para la ocasión, pero por suerte el rey me ha dado la recompensa por mi última misión así que tengo dinero de sobra —le mostró el saco de dinero lleno con una sonrisa —Si quieres también puedes venir.
—Pues… la verdad es que no sé… Después de lo que ha pasado hoy debo irme lo más rápido que pueda para cerrar las puertas del Averno y así poder estar seguros. No puedo permitir que te hagan daño Leith. Tú eres la única que puede derrotar a Azrael. Debo cumplir con mi deber a igual que tú debes de cumplir con el tuyo.
—Ya… es cierto, perdona —dijo ella decepcionada —Puedes dormir en la sala de estar que posee esta habitación para recuperarte de tus heridas.
—Me quedaré esta noche en la sala de estar y mañana por la mañana me marcharé. Gracias por invitarme —Yael caminó hasta la sala de estar —La última vez no pude evitar que te hicieran daño, pero esta vez no pienso permitir que se repita. Buenas noches —y Yael se marchó a dormir.

Yael escuchó como la puerta se cerraba y cómo se tumbaba Leith. Ella le estaba invitado a una fiesta, probablemente porque querría ir acompañada. Y Yael en vez de alegrarse y aceptar su proposición le dio un portazo en la cara.
Su única excusa era la de proteger su vida, pero la verdad es que temía que no fuera la única. Probablemente estaba a la defensiva porque sabía que la mujer a la que amaba no le correspondía. Ahora estaba confuso, si se marchaba estaba claro que podía perderla y si no se marchaba su vida estaba en peligro.
<< ¿Podría esperar mi misión? >> pensó Yael. No lo sabía. Decidió dormir y tomar una decisión al día siguiente cuando estuviera más lúcido. Yael se despertó con los rayos del sol entrando por la puerta, se levantó y abrió la puerta. Leith no estaba. Sobre la cama había algunas provisiones, supo que eran para su viaje. Entonces encontró una nota en la puerta:

“He salido a comprarme el vestido. He sacado algunas provisiones para tu viaje de mi colgante. También puedes llevarte a Hest si quieres. Yo por ahora no lo voy a necesitar. Aunque es sólo un préstamo, ¿de acuerdo? Por cierto, debes perdonarme por lo de la otra noche, no tenía ningún derecho a exigirte que vinieras. Tenías razón, salvar Sapta Dvipa es lo más importante. Espero que vuelvas pronto, Leith.”
Yael terminó de leer la carta y la puso encima de la mesilla de noche. En ese momento se dio cuenta del por qué funcionaban también juntos. Leith era una persona de carácter fuerte, valiente, inteligente y hermosa, una persona que luchaba por aquellos que amaba. Y por muchos obstáculos, golpes y caídas que sufriera siempre se levantaba. Ella jamás se rendía y mucho menos si la vida de alguien a quien aprecia dependía de ello. Debía arreglarlo aquella noche sino quería perderla para siempre. Así que decidió ponerse en contacto con los dioses.

—Dioses de Sapta Dvipa os ruego que me ayudéis a proteger Sapta Dvipa de los demonios. Os ruego que durante un tiempo mantengáis las puertas del Averno cerradas para poder estar con mi amada. Anula todos los peligros que puedan acecharnos y siempre os seré fiel hasta el fin de los tiempos. Vuestro hijo Yael —oró Yael. Entonces una luz entró por la ventana y ante él apareció Indra, Yael se inclinó ante él —¡Has venido ante mis súplicas!
—Así es —le respondió.

Yael le observó con atención, pues hacía mucho tiempo que no le veía, pero no había cambiado absolutamente nada. Llevaba puesto un yelmo de oro que marcaba sus músculos, unos pantalones pegados rojos y por encima una armadura roja.
También llevaba unas botas, un escudo y casco de oro, una capa roja y como arma una lanza. Era grande y fuerte, su piel era oscura y sus ojos eran castaños. No era otro que el dios Indra, dios de la guerra.
Indra le hizo una señal para que se levantara y así lo hizo Yael —Me alegro que solicites nuestra ayuda. Ya iba siendo hora. Debes de darte cuenta que no puedes hacerlo todo tú solo, ni siquiera los dioses podemos. Y he de decirte que tus ruegos han sido escuchados. Las puertas del Averno estarán cerradas todo el tiempo que podamos mantenerlas así. Todos nos hemos unido en esta gran causa. Tenemos la esperanza puesta en ti y en Leith. Nosotros libraremos nuestra guerra en Ciel y vosotros la vuestra aquí en Sapta Dvipa. Es mi deber a igual que el tuyo salvar este mundo por segunda vez —Yael no pudo contestar, estaba muy emocionado en ese momento. Indra le entregó una bolsa llena de roans podría haber más de 2000 —Toma, este dinero te ayudará con tu viaje hasta las puertas del Averno. Te proporcionará todo lo que necesitas y más. Utilízalo sabiamente como siempre. Siento tener que despedirme tan pronto, pero he de irme.
—Adiós —Yael se despidió de él y acto seguido desapareció.

Yael debía de darse prisa porque debía ir a comprar un traje para la cena y un ramo de flores para Leith. Así pues, se vistió rápidamente y se marchó. Cuando estuvo listo comenzó a andar hacia el mercado, todo el mundo estaba comprando cosas. Yael llegó a una taberna, ya era la hora de almorzar y decidió comer primero. Se sentó en la barra y pidió algo de comer. Para beber tomó una copa de vino tinto. Terminó de comer y pagó a la camarera.

Yael se marchó poco después camino al sastre, encontró una tienda de ropa y decidió entrar —Hola.
—¿En qué puedo ayudarle? —le preguntó el encargado.
—Estoy buscando algo especial para esta noche. Un traje de color claro si es posible.
—Tengo uno blanco y otro gris. Espere un segundo —El hombre caminó hasta dónde estaban los trajes y buscó un traje gris —Creo que este le valdrá. Pruébaselo. Si quiere también le puedo proporcionar zapatos. ¿Qué número usa?
—Un 46 —le respondió Yael —¿Dónde están los probadores?
—Es esa puerta de allí, ¿la ve? —Yael asintió como respuesta —Bien, voy a buscarle los zapatos usted vaya probándose. Le traeré dos modelos para que usted elija.
Yael entró en el probador, se desvistió y se puso el traje. Le quedaba bastante bien, pero Yael buscaba algo más elegante. Salió y se encontró con el propietario con un par de zapatos en las manos —Es bastante bonito, pero es una cena elegante así que deseo algo más acorde con ella.
—Estoy totalmente de acuerdo con usted —el hombre se fue de nuevo a las perchas, cogió una camisa celeste y un traje oscuro —Pruébese este traje con estos zapatos y esta camisa azul.
Yael entró de nuevo en el probador y se cambió de ropa. Se puso la camisa azul, luego el traje oscuro y por último los zapatos grisáceos que le había dado el propietario quien le miraba orgulloso —Está usted increíble y no lo digo por decir. Déjeme ver si le tengo que arreglar algo… Parece que no, le queda perfecto.
—Me lo llevo.
—Fantástico, una buena elección. Cámbiese de nuevo y le cobraré.
—De acuerdo —Yael entró en el probador y se cambió otra vez de ropa. Se puso su ropa normal y colocó el traje con cuidado en una percha. También cogió la blusa y los zapatos, se dirigió al mostrador y lo puso todo encima —Listo.
—Serán 140 roans por el traje, 30 por la blusa, y 40 por los zapatos. En total son unos 210 roans, caballero. Se lo puedo meter en una bolsa si quiere.
—Si por favor —Yael sacó el dinero y se lo entregó al hombre. El hombre metió los zapatos en su caja, y luego junto al resto de las cosas en una bolsa de tela.
—Vale, que tenga un buen día señor. Gracias por su compra y vuelva de nuevo.
—Adiós —Yael cogió la bolsa y se marchó
Yael caminó por el pueblo hasta que encontró una floristería. El dependiente de la tienda le recibió con una cálida sonrisa —Buenas tardes señor, ¿qué desea?
—Me gustaría comprar un ramo de flores de tonos lilas y rosas por favor. ¿Sería posible que me lo envuelva? Es para esta noche y no quiero que se estropeen.
—Por supuesto —el hombre comenzó a coger flores de los colores que Yael le había indicado y le hizo un ramo —¿Qué le parece?
—Es realmente precioso. De acuerdo, envuélvamelo y le pagaré.
El hombre envolvió el ramo con una tela verde y me lo entregó —Aquí tiene. Serán 20 roans.
—Y aquí tiene usted —Yael le dio el dinero y se fue.

De camino al palacio se acordó de que no tenía ningún tipo de perfume para Leith ni para él. Por otra parte, no podía ir con barba y esos pelos que tenía de loco. Así que decidió ir a una barbería dónde le cortaron el pelo y le afeitaron. Por último, se dirigió a una perfumería y compró dos perfumes, uno para Leith y otro para él. Cuando se dio cuenta ya empezó a hacerse de noche así que se fue de vuelta al castillo, entró en la habitación de Leith por la ventana, dejó todas las cosas en el sofá y fue a buscar a Leith. Yael la encontró sentada delante el escritorio peinándose, vestida con unas mayas y una camiseta negra.

—Hola Leith.
Ella se dio la vuelta sorprendida —Creí que te habías marchado.
—Le he pedido a los dioses una noche más y me la han concedido —respondió Yael con una sonrisa —¿Podrás perdonarme?
—Por supuesto —le contestó Leith con una sonrisa.
—Tengo un regalo para ti, espera aquí —Yael cogió el ramo de flores, lo desenvolvió y lo escondió detrás de sí y le dio el ramo —Espero que te guste.
—Son preciosas, gracias —le dio un leve beso en la mejilla
—Verás… El único motivo por el que me puse así… bueno es porque… hace bastante tiempo que no bailo…—mintió en realidad ni siquiera Yael sabía el motivo real, seguramente inseguridad.
—¿Y te has puesto así porque no recuerdas bailar? Pero menuda tontería. Tendrías que habérmelo dicho. No te preocupes por eso porque yo bailaré contigo toda la noche.
—Gracias Leith. Espera un momento, tengo otra cosa para ti —Yael volvió a repetir el mismo proceso de antes con el ramo, pero esta vez cogió el perfume de Leith y se lo entregó —Es un perfume, pensé que estaría bien para esta noche. Yo también tengo. Incluso me he cortado el pelo y me he afeitado.
—Ya te he visto y estás muy guapo —Leith se puso el perfume —Huele muy bien.
—Este era tu perfume favorito, era el que decías que te pondrías el día de…
—Nuestra boda —terminó ella.
—Sí —dijo Yael algo nostálgico.
Ella puso el perfume sobre el escritorio y sacó del cajón una invitación —Toma, con esta invitación podrás pasar a la cena. Yo tengo que entrar con el rey y mis compañeros, así que tendrás que entrar solo, pero luego una vez dentro podremos reunirnos. ¿De acuerdo? —Entonces llamaron a la puerta, en aquel momento a Yael le entraron ganas de aporrearle un puñetazo a quien quisiera que estuviera llamando —Tienes que irte al salón, van a venir unas sirvientas para ayudarme a vestirme. Ya nos veremos en la cena. ¿Vale?
—Vale —Yael se marchó al salón y Leith cerró la puerta.

Yael se desvistió y se puso el conjunto que había comprado en el sastre. Cuando estuvo listo cogió algo de dinero suelto y guardó la invitación en uno de los bolsillos de la chaqueta del traje. Unos guardias enormes custodiaban las puertas del palacio, les mostró la invitación y le dejaron pasar. Unos sirvientes le guiaron hasta el salón principal que estaba decorado lujosamente, había varias mesas con sillas a su alrededor y varias barras de comida y bebida. En uno de los lados había una mesa enorme especialmente decorada que me imaginé que era la mesa del rey.
Entonces empezaron a tocar las trompetas llegaba el rey seguido de su hija y el prometido de ésta.
La princesa Ámber era sin duda una mujer muy hermosa, aquella noche llevaba el pelo recogido y un vestido dorado de palabra de honor que era ajustado por el pecho. Su prometido iba vestido con un esmoquin azul y debajo una blusa blanca. La verdad es que hacía buena pareja. El rey iba vestido con un traje negro muy elegante.
Acto seguido bajaron Emer que iba vestido con un traje marrón y Bastian que iba con un pantalón de pitillo negro, una blusa blanca y un chalequillo gris. Después bajó Huor vestido con un esmoquin gris claro y por último la más esperada: Leith. Yael se quedó con la boca abierta. Llevaba un vestido lila largo de tirantas ajustado hasta los muslos dónde se abría. El vestido era de seda y llevaba en una tiranta la insignia del rey. De joyas llevaba un par de pendientes largos y el colgante que le había regalado el rey por la misión. Su pelo estaba recogido en una trenza hacia su derecha. Ella miró hacia Yael y le sonrió, y él le devolvió la sonrisa. Yael decidió ir a buscarla a las escaleras. Caminó hacia ella lo más rápidamente posible.

Yael llegó justo a tiempo, cuando iba Leith a bajar los últimos escalones —Buenas noches bella dama, ¿me concedería el honor de acompañarla hasta la mesa?
—Por supuesto. Será todo un honor —le contestó Leith con una sonrisa y se fue con Yael.
—¿Quién es ese? —preguntó Huor a Bastian cuando ya se habían ido Yael y Leith.
—Pues uno que ha tenido el valor de hacer algo que tú llevas pensando hacer dos años. —Sólo era curiosidad, ya te dije que no me gusta Leith.
—Lo que tú digas. Vamos, el rey ya se ha sentado —indicó Bastian.
Los chicos fueron a la mesa del rey y se sentaron junto a Leith que en ese momento se estaba despidiendo de Yael —Ha sido todo un placer acompañarla.
—Decidme cómo os llamáis —fingió Leith.
—Mi nombre es Yael, ¿y el vuestro?
—Leith, capitana de los ambarinos. Mis compañeros son Emer, Bastian y por último Huor.
—Un grupo interesante sin duda. Un gigante, un elfo y un kender, no había visto un grupo tan variado desde aquella función llamada: El Trovador en Shalmalí.
Leith se rió con el chiste de Yael —Bueno quizá me piense el concederle ese baile. Ahora si me disculpa debo de volver a mi mesa —Leith se sentó en su sitio.
Yael se marchó y se sentó solo en una mesa, pero poco después una mujer morena de unos veintidós años, y los ojos claros se acercó a él con una sonrisa —¿Qué haces aquí tú solo?
—Buena pregunta —respondió Yael mientras miraba a Leith.
—Me llamo Mia. ¿Y tú?
—Yo soy Yael.
—Si quieres puedes sentarte conmigo y mis amigos, vamos ven —Mia le llevó hasta una mesa con otros nobles. Estaban sentados dos mujeres y dos hombres —Os presento a Yael.
—Hola Yael —le dijo la mujer rubia.

En la mesa estaban sentados la chica rubia de ojos castaños que había hablado, una chica pelirroja de ojos claros, Mia, y dos hombres: uno era pelirrojo con los ojos oscuros y el otro era moreno con los ojos claros. Yael se sentó al lado de Mia y comenzó a disfrutar del banquete. Mientras en la mesa de Leith estaba por una parte el rey, la princesa y Samir hablando; y por otra Bastian, Huor, Emer y Leith; y algunos nobles.

—Leith estás preciosa —afirmó Bastian.
—Gracias. No es habitual en mí vestir estas prendas, lo sé. Pero el protocolo es el protocolo. Además, necesitaba despejarme después de lo de la otra noche.
—Es cierto, fue una noche bastante ajetreada —aseguró Bastian.
—Por cierto, ¿qué hacían atacándonos unos demonios? —preguntó Emer curioso.
—Seguramente querían atacar a la princesa, aunque no tiene mucho sentido. ¿Qué interés pueden tener en ella? —insinuó Bastian.
—Pues porque saben que si la matan habrá una guerra contra el reino de Insel y si eso ocurriera ganarían muchas almas lo que les haría más poderosos. Por eso los ángeles crearon los siete ríos y pararon la gran guerra. Sabían que si seguían cayendo más almas los demonios terminarían por destruir Sapta Dvipa —explicó Leith, aunque omitiendo ciertos detalles.
De pronto los ojos de Huor se volvieron de color grisáceo —¿Los ángeles? —preguntó sarcásticamente Huor —Los ángeles no te van a ayudar.
—¡Eh! —le reprochó Bastian —No digas blasfemias en la mesa.
—Lo que digo es que no podemos depender de ellos, no sabemos si existen de verdad. ¿Tú has visto alguno con tus propios ojos? No existe ningún libro que date lo que de verdad pasó en la gran guerra, ya sabes cómo es la gente. Lo exagera todo. Veo violaciones en plena calle, veo cómo mueren niños de hambre, veo como hombres que son más demonios que los que vi la otra noche están en nuestras calles. Nosotros intentamos parar todo eso, pero no somos dioses, ni tenemos poderes. Hacemos los que podemos, pero jamás será suficiente. Y ahora los demonios atacan a los humanos ¿y qué es lo que hacen los ángeles? Porque que yo sepa esa es una buena razón para al menos uno se presentara para ayudarnos, pero la única que se presentó fue Leith. Gracias a ella estamos hoy aquí. No te ofendas Leith, pero yo no creo en cuentos.
—Los ángeles no son culpables de la muerte de nadie, de lo único de lo que son culpables los ángeles es de seguir creyendo en nosotros. No sé qué es lo que te pasa para que estés así, pero este no es el Huor que conozco. ¿Qué ha cambiado en este tiempo?
—Tú has cambiado —le reprochó Huor —mírate. Por favor no eres así por mucho que lo intentes y lo finjas. Y yo también he cambiado, me he cansado de esperar a que vuelvas. Me he cansado de ver cómo te marchas continuamente. No sé qué ha pasado en estos días, pero yo ya no te reconozco Leith.
—No me lo puedo creer —dijo Leith indignada.
Bastian le dio un puñetazo a Huor y este se cayó al suelo. Leith se levantó sobresaltada y Bastian la cogió de la mano —Leith no le hagas caso, ha bebido demasiado. Nosotros te queremos ya lo sabes. Jamás querríamos que te marcharas del equipo, de verdad.
—Disculpad —se despidió Leith que se marchó de la sala tan rápidamente como pudo.
Huor se levantó como mejor pudo del golpe de Bastian —¿Qué ha pasado?
—¡¿Cómo que ha pasado?! ¡Eres imbécil! ¡¿Por qué has tratado así a Leith?! Estabas deseando que llegara, sé lo que sientes por ella… ¿Por qué lo has hecho? Ahora puede que se marche del grupo por tu culpa.
—¿Qué? —dijo Huor confuso.
—Sus ojos. Los ojos Huor se volvieron de color gris… Al principio no me he dado cuenta, pero cuando le has dado el puñetazo lo he visto bien claro. No me podía imaginar que Huor le dijera algo semejante a Leith, no tiene sentido. Creo que es cosa de Sombra Gris. Estoy completamente seguro que son los de Sombra Gris —dijo Emer.
—¿Quién es Sombra Gris? —preguntó Bastian.
—Es un espía, una de las fuentes de información más fiables de Yambú. Lo sé porque acudí a ella varias veces. También puede… hechizar a alguien —contestó Emer.
—¿Y quién le iba a contratar para que hechizase a Huor? —insinuó Bastian.
—Alguien que quisiera provocar una distracción de los guardias para poder escaparse de una celda, alguien como Ícaro. Seguramente tenía planeado que saboteáramos su plan, quería llegar hasta las celdas de Kusha —explicó Emer.
—¿Y por qué iba a querer algo así? —volvió a preguntar Bastian.
—Puede que para abrirles la puerta del alcantarillado a unos invasores como pueden ser hombres de Insel que vienen a por la princesa. Si consigue que la rapten no sólo conseguirá que se anule el tratado, sino que puede hacer que la princesa se case con él. Es lo que siempre ha querido —respondió Emer.
—Bastian —musitó Huor dolorido —¿Me has pegado un puñetazo?
—Perdona amigo, no sabía que estabas en trance —Bastian le ayudó a sentarse.
—Tenemos que darnos prisa, los soldados ya se están movilizando —aseguró Emer.
—¿Qué sucede? —preguntaba Huor adormilado.
—Te lo explicaremos por el camino. Tenemos que coger nuestras armas. Emer avisa a los soldados de que nos están invadiendo —ordenó Bastian.
—¡Voy! —Emer salió corriendo a buscar a los soldados.
—Huor tienes que reponerte —dijo Bastian y Huor asintió dolorido.
Yael ya se había marchado al ver a Leith irse. Yael corrió por los pasillos hasta llegar a la habitación de Leith y entró sin llamar —Leith, ¿qué ha pasado?
—No lo sé —reconoció Leith —Desde que te conozco sé que debería estar contigo, empiezo a recordar muchos de mis sentimientos y… sin embargo…. Estoy confusa.
Yael le acarició el rostro he hizo que le mirara —Es normal que estés confusa.
—Gracias por animarme.
—¿Estás de broma? Eres tú la que me anima con esa sonrisa tan bonita que tienes.
—¿Qué tal la cena? —dijo más tranquila.
—Pues estaba bastante rica, y una mujer morena muy simpática me ha invitado a sentarme con su grupo para que no estuviera solo. ¿Tú has comido algo? Porque si quieres puedo volver para buscarte algo de comer —le aseguró Yael.
—No, gracias. Me alegro de que te lo hayas pasado bien. Ahora será mejor que me cambie.
—De eso ni hablar —Leith miró a Yael extrañada —Aún me debes un baile.
Leith le dedicó la sonrisa más bonita que Yael había visto nunca —Bailemos pues.
Leith y Yael comenzaron a bailar —Tengo que decirte una cosa Leith —ella le miró atenta —He decidido que si te vas con tu equipo marcharé a tu lado y si decides irte conmigo entonces te prometo que jamás te dejaré. Además, tengo unos chistes muy buenos para el viaje.
Leith le sonrió como respuesta, pero poco después paró de bailar —Espera un segundo
Leith se puso bien los zapatos y entonces Yael los observó —¿Te vas a quitar esos zapatos antes de que me trinches un pie?
Leith suspiró, se quitó los zapatos y los puso a un lado —¿Mejor?
—Sí gracias.
Leith me miró curiosa —¿Qué clases de chistes tienes?
—¿Te estás pensando venir conmigo? —preguntó Yael sorprendido.
—Tal vez.
—¿Es porque tienes miedo de que me pase algo al ir por mi cuenta? —bromeó Yael.
—Pues ahora que lo dices sí —Yael se mostró algo ofendido, pero ella no le hizo —Leith de pronto comenzó a recordar una escena… de ellos dos sentados junto a un lago… Mirándose fijamente… y entonces casi se desmaya; Yael la cogió a tiempo —Vaya.
—¿Qué sucede? —preguntó Yael preocupado —¿Estás bien?
—Sí… es que acabo de recordar algo muy intenso y fuerte: nuestro primer beso.
Yael sonrió alegre —Te dije que comenzarías a recordar.
—¿Qué es lo que más recordabas tú de aquellos momentos juntos cuando estabas encerrado?
—No podía elegir una única cosa, todo me recordaba a ti. Incluso ahora que la noche va a terminar no puedo dejar de pensar cómo sería nuestro final perfecto para esta noche.
—¿Y cómo sería ese final? —preguntó Leith curiosa.
—Para mí el final perfecto sería que nunca hubiese un final, tan sólo un principio.
—¿Y cómo comenzaría ese principio?
—Así —Yael tomó su rostro en mis manos y la besó en los labios.

Autor: elenasiles

En 2014 publiqué mi primer libro impreso "La Prueba". En 2019 publiqué La Guerrera Drager , en 2020 Piratas de Sagara y en 2021 Los Guardianes de Almas. Fui directora de YouAreWriter desde 2013 a 2019. He participado como autora en Renacer, Antología Benéfica (2020), en Invencibles, Una antología benéfica (2021) y en Antología Recuerdos de Tinta (2021). Además he coordinado, editado y publicado Antología Show Your Rare (2020) , Antología Sueños de Aire (2020) y Antología Criaturas de la Noche (2021) Mi email es: youarewriter.wordpress@hotmail.com Mi blog: www.elenasaavedrasiles.wordpress.com

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