Guerra de Dioses cap 2 por Elena Siles

Capítulo 2


Leith cabalgaba hacía el suroeste cuando se encontró con un pequeño obstáculo: el río azul. Enfrente de ella fluía el río; sobre la cumbre, todavía muy lejos, vieron un reflejo del sol naciente, un resplandor de oro. Los pájaros cantaban cuando Leith llegó hasta el gran río azul que bien podría confundirse con un mar causa de  a su inmensidad y fuerza. El suelo era verde; en los prados húmedos y a lo largo de las colinas crecían muchos sauces. Leith no tenía tiempo para buscar un barco. Tampoco podía dejar a Hest al otro lado del río. ¿Cómo iba a cruzar entonces el reino de Kanavat y llegar a la isla de Ilver a tiempo? Debía de estar de vuelta para el solsticio así pues debía ir en caballo, pero era obvio que no podía cruzar con Hest. Miró el colgante que llevaba al cuello y recordó entonces que era un colgante mágico en el cuál podía guardar cualquiera cosa. Apuntó hacia Hest y el caballo quedó encerrado dentro del colgante.

En su corazón sentía debía correr hasta Ilver, llegar lo antes posible, su tiempo se agotaba. Pero entonces, justo cuando creía que debía abandonar en su corazón sintió el poder de los arcángeles.

Leith miró al río y caminó varios pasos hacia atrás. Ella podía volar, debía volar. Así pues, cerró los ojos y notó como dos alas inmensas surgían de su espalda. Observó sus alas blancas e inmensas, alzó su mano hacia su ala derecha y la tocó. En su cara se dibujó una sonrisa, pero ahora tocaba lo más complicado: Volar. Cerró los ojos y empezó a correr.  Mientras corría en lo único que pensaba era en volar, volar… Abrió los ojos y se encontró con el cielo azul ante ella. Debajo estaba el río. Y gritó de alegría. ¡Podía volar! Aquella era una sensación que jamás olvidaría. ¿Cómo había podido haber olvidado volar? ¿Qué era lo que le había sucedido para olvidar toda su vida? A veces le venían imágenes, tenía sueños e incluso recuerdos que no tenían sentido para ella. Aunque seguía sin saber nada sobre ella, salvo los últimos tres años desde que un día se despertó. Pero en su corazón también había una fuerza inmensa que la llevaba a Ilver, recuerdos de un amor pasado, recuerdos de su arcángel dormido. Mientras se adelantaba cabalgando, el día se nubló. Las laderas arboladas se elevaron, oscureciéndose a medida que el sol descendía.

Observó el reino de Kanavat[1] alzándose ante ella totalmente majestuoso, hermoso. Aquél era su nuevo destino y desconocía lo que le esperaba, pero sabía que debía cumplir aquella misión pasara lo que pasara. Debía salvar Sapta Dvipa. Leith vio una posada, reposó sobre el tejado, guardó sus alas y bajó escalando con mucho cuidado hasta la puerta. Entró en la posada y todos la miraron, luego volvieron a sus cosas.

 

Leith se acercó hasta la barra para pedir —Hola. ¿Qué es lo que tienes para comer?

—Tengo carrillada, pescado, cordero al horno y patatas asadas —dijo la camarera.

—Me gustaría un plato de pescado y una cerveza por favor.

—De acuerdo. ¡Eh Don! ¡Un plato de pescado! —gritó la camarera —¡Para la barra! Así que date prisa —la camarera le puso la cerveza a Leith y luego se marchó a atender a otros clientes.

Leith comió en silencio y cuando terminó se dirigió de nuevo a la camarera que aquel momento estaba limpiando la barra —¿Cuánto es lo mío?

—Serán 20 roans.

Leith sacó el dinero y se lo dio a la camarera —Ahí tenéis.

 

Leith escaló de nuevo hasta el tejado de la taberna, sacó sus alas y echó a volar. Pronto pudo ver como la oscuridad aumentó. La niebla se extendía detrás de ellos en los bosques de las tierras bajas. Aparecieron las estrellas y las lunas. Leith comenzó a divisar la isla de Ilver. Era sin duda una isla salvaje, se atrevieron a colocar una bandera sobre ella, pero no a conquistarla y mucho menos poblarla. Su forma era abrupta, con acantilados y una selva gigantesca. Y allí estaba Yael, soportando el sufrimiento de su prisión de hielo, la soledad y el anhelo de un amor que se iba marchitando con el tiempo. Pero Yael aún lo sentía, y aunque sabía que ella si lo había olvidado, para él seguía existiendo en lo más profundo de su corazón a pesar de que había pasado tanto tiempo.

Su amor fue largo y duradero, pero las cosas no salieron exactamente como ellos habíamos planeado. Leith posó sus pies en la isla y comenzó a andar guiada por el sonido de su voz pronunciando su nombre… Leith…le susurraba.

Había llegado al pie de unas colinas rocosas y marchaba más lentamente. La montaña era empinada y de difícil acceso, pero en el lado este había pendientes más suaves, atravesadas por hondonadas y cañadas estrechas. Leith se arrastró durante todo el día por estas tierras descarnadas, subiendo hasta la cima.

Allí descansó un rato, en la hora silenciosa y fría que precede al alba. La luna se había puesto ante ellos mucho tiempo antes y arriba titilaban las estrellas; la primera luz del día no había asomado aún sobre las colinas oscuras que había dejado atrás. Durante todo el día se alejó en línea recta hacia el noreste, sin interrumpirse ni desviarse una sola vez. Cuando el día declinó una vez más, llegó a unas largas pendientes sin árboles donde el suelo se elevaba hacia una línea de lomas bajas. Leith caminó hasta llegar al medio de la isla dónde había una montaña y en algún lugar de aquella montaña estaba Yael en su prisión de hielo. Ella seguía el sonido de su voz mientras subía por la montaña y entonces encontró la cueva dónde estaba Yael encerrado en su prisión de hielo.

 

—No sé por qué he venido hasta aquí y ni siquiera os conozco, pero os voy a sacar de vuestra prisión de hielo.

Leith desenfundó su espada y atravesó el hielo con ella. La prisión se rompió en mil pedazos y Yael quedó a la intemperie con poco más que un pantalón y unas chanclas. Leith corrió hacia él y le cogió —¡Despierta!

Yael abrió sus ojos azules y entonces la vio… —Leith —dijo Yael entre susurros.

 

Leith se quedó asombrada, pero decidió actuar deprisa puesto que no tenía mucho tiempo. Primero preparó un fuego y luego le desvistió hasta que se quedó con la ropa interior, sacó una manta de su colgante y la puso encima de él. Después comenzó a curarle las heridas como mejor pudo y entonces por fin Yael comenzó a dejar de tiritar. Sentía que el calor volvía a su cuerpo y aquello era reconfortante, un poco más tarde y Yael no se habría despertado. La luz del día le despertó, Yael pudo comprobar que ahora iba vestido y sus heridas estaban curándose mejor.

 

—Gracias —musitó Yael con voz ronca.

—No hables mucho o te harás daño en la garganta. Ten —le dio una cantimplora con lo que pareció ser hidromiel —¿Mejor?

Yael notó como recuperaba su voz —Sí —la miró profundamente —Te debo la vida.

—Vine aquí por un motivo, para salvar Sapta Dvipa. Lo sentía en mi interior, debía liberarte. Pero aún no sé por qué. Tú pareces conocerme… Tengo algunas preguntas para ti.

—De acuerdo —Yael bebió otro trago —Pregunta lo que desees.

—¿Quién eres? ¿Por qué estabas encerrado en esa prisión de hielo? Y habéis pronunciado mi nombre. ¿De qué me conocéis?

—Yo soy Yael, un ángel. Te conocí hace más de dos siglos. Estaba volando para viajar al reino de Feuer cuando te vi caer del cielo.

—¿Por qué caía del cielo? —volvió a preguntar Leith.

—Te enfrentaste a Azrael, y éste te envió a Sapta Dvipa malherida para que supieras como era aquello que pretendías salvar. Pero ahora se vuelve a enfrentar a la destrucción total. Azrael pretende destruir Sapta Dvipa. Cuando conseguimos salvar Sapta Dvipa de la gran guerra la Diosa Liv nos recompensó a los ojos de la humanidad.

—¿A que te refieres? —preguntó Leith.

—A ti te entregó un colgante mágico y un caballo inmortal, Hest. A mí me quitó la obligación de proteger Sapta Dvipa para poder estar a tu lado —terminó Yael.

—¿Por qué debería creerte? ¿Qué pruebas tienes?

—¿Nunca te has preguntado por qué llevas ese anillo en tu mano? —le preguntó Yael.

—Pues…

—Tú y yo estábamos prometidos —Yael le mostró su anillo —¿Ves?

—Yo no recuerdo nada de eso.

—Y para mí han pasado dos siglos sin verte, en soledad… Por suerte podía ver cómo estabas desde su prisión de hielo. Pude ver que ya no me recordabas y decidí que lo mejor era olvidarte. ¿Qué posibilidades tenía de volver a verte? No podía enviarte ningún mensaje mientras tu parte de arcángel siguiera dormida. ¿Y cuándo despertaría? Probablemente nunca, pero justo cuando creí que jamás volvería a verte Azrael abrió las puertas del averno y el arcángel que llevabas dentro despertó. Aunque para entonces yo ya había perdido toda esperanza decidí enviarte un mensaje… y cuando vi que respondías, que podría salir de su prisión de hielo… supe que volvería a verte. Y aquí estamos de nuevo juntos, como en los viejos tiempos.

Leith miró su anillo —Yo creía que me lo había dado mi madre o algo así.

Yael vio que Leith hacía el amán de dárselo, pero se lo impidió —Puedes quedártelo si quieres, por si recuerdas algo…

—Gracias —hubo un breve silencio y Leith le dijo —Quisiera… que vinieras conmigo.

—Pensaba ir igualmente —le aseguró Yael.

—Ahora quiero oír nuestra historia… —le dijo con dulzura Leith.

—Nuestra historia comienza cuando se inició la gran guerra. Comenzamos con misiones simples como detener bandidos, salvar a pueblos … Y poco a poco fuimos avanzando juntos. Nos dimos cuenta que aquella guerra duraría siglos, y si queríamos detenerla debíamos hacer algo al respecto. Así que usamos parte de nuestro poder para crear los siete ríos y las cordilleras, separando así los siete reinos. Gracias a eso la guerra terminó poco después. Realmente no sé cómo ocurrió, pero en el transcurso de nuestra aventura tú y yo comenzamos un romance. La verdad es que jamás había sentido nada igual, así que te pedí que te casaras conmigo y tú aceptaste. Fuimos a celebrarlo, pero unos días después del reconocimiento de la Diosa Liv nos atacaron por separado.

—¿Azrael?

Yael asintió como respuesta —A mí me encerraron en la prisión de hielo y a ti en una de piedra y te borraron todos tus recuerdos. Hace ya cuatro años te despertaste, pero sin saber quién eras. Sin embargo, recordabas luchar así que te uniste a los soldados de Erde y poco después formaste los ambarinos. Ahora nos enfrentamos a los ángeles oscuros. No será fácil; pero podemos conseguirlo. Lo primero que tenemos que hacer es cerrar las puertas del Averno para que no salgan más demonios, y entonces podremos buscar a los siete ángeles oscuros y matarlos. Sé que juntos lo lograremos.

—¿Cuándo comenzaré a recordar? —preguntó Leith.

—No lo sé —le dijo Yael sinceramente —Pero sé que al final recuperarás tu memoria.

—Gracias por contarme la verdad. He de irme para buscar algo de comer, tengo algunas provisiones; pero será mejor guardarlas para el viaje de vuelta.

—De acuerdo —respondió Yael sonriente y Leith echó a volar —Bueno Hest, ¿me recuerdas? —Hest asintió con la cabeza —¿No te levantas? —Hest negó con la cabeza —¿Estás cansado? —Hest asintió y se volvió a echar a dormir —Bueno veo que sigo sin caerte bien.

Por suerte Leith volvió enseguida con un conejo —Ya estoy aquí. ¿Qué tal con Hest?

—Está demasiado cansado como para charlar.

Leith comenzó a despellejar el conejo, lo limpió y lo puso encima del fuego —No te he preguntado antes, ¿cómo están tus heridas?

—Mucho mejor, pero me temo que no podré volar hasta dentro de un par de días.

Leith le sirvió un poco de conejo —Toma, tienes que comer para recuperar fuerzas.

Yael comió con gusto junto a ella —Está muy bueno —bebió un poco de su cantimplora.

Leith bebió a continuación —Gracias.

—La verdad es que sin ti ahora mismo estaría muerto.

—Hice lo que debía hacer.

—Aun así, gracias de nuevo.

Leith asintió y terminó de comer —Bueno esta mañana he ido a por más vendas para cambiártelas después. También he comprado más provisiones y agua, porque me temo que la fuente de agua potable más cercana estará en Erde. Estoy deseando volver a Erde para reunirme con mi equipo.

Yael suspiró debía contarle el resto —Leith. Después de que nos reunamos con tu equipo deberé marcharme para cerrar las puertas del Averno.

—¿Y cómo piensas hacerlo? —le preguntó preocupada.

—Entregaré mis alas. Con el poder que ello me dará bastará para mantenerlas cerradas mientras buscamos a los siete —contestó Yael.

—¿Y podrán volver a abrirse?

—La única forma de que no vuelvan a abrirse es matando a Azrael, pero estando los siete ángeles oscuros en Sapta Dvipa esa no es nuestra mayor prioridad —afirmó Yael.

—¿Y cómo se supone que encontraremos a los siete?

—Aunque se esconden muy bien si pretenden destruir Sapta Dvipa lo primero que harán será llevarse almas para poder liberar más demonios del Averno. Así que dejaran un rastro bastante evidente; me temo que no podemos localizarlos de otra manera, puesto que parte de nuestros poderes los perdimos al crear los siete ríos —le explicó Yael.

—Créeme, aunque sea lo último que haga, mataré a los siete… ¿Y vos os unís?

—Estaré a tu lado pase lo que pase, ya lo sabes.

—Si muero…

—No vas a morir —la interrumpió Yael.

—Pero si muero quiero que tú sigas adelante.

—No vas a…—musitó Yael.

—Por favor. Necesito saber que habrá alguien que pueda salvarnos si yo no estoy.

—No podremos salvarnos sin ti. Tú eres la única que puede matar a Azrael.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Leith.

—Tú eres la única que posee sangre de Liv. La sangre de Liv es lo único que matar a Azrael.

—Entiendo —le contestó ella —Aun así. No te rindas, por favor.

—Lucharé hasta mi muerte. Jamás me rendiré —se creó un silencio intenso y entonces Yael alzó su cantimplora —Ahora hagamos un brindis por el comienzo de nuestra historia.

—Por nosotros —respondió Leith.

—Por nosotros —brindaron juntos y Yael vio cómo Leith le daba la mano para levantarle.

—Si queremos poder marcharnos, tendrás que poder volar. Te voy a ayudar, ven —le levantó y Yael se puso de pie como mejor pudo —Hoy acostumbraremos tu cuerpo de nuevo al movimiento.

—Vale —sonrió Yael y comenzó a andar hacia ella —¡Puedo andar!

—Bien, no está mal —Leith vio que me tambaleaba —¡Cuidado! —le cogió justo a tiempo —¿Estás bien? Bueno no pasa nada, seguiremos después si quieres.

—Puede que sea lo mejor —Yael observó sus heridas que volvían a sangrar.

—¡Oh dios mío! —dijo Leith preocupada y acto seguido le tumbó de nuevo —Te he exigido demasiado. Tus heridas aún no estaban curadas. Perdóname.

—Tú sólo querías que me pusiera mejor. No es culpa tuya que mi cuerpo esté hecho un auténtico desastre —Yael se tumbó y miró cómo Leith comenzaba a quitarle todas las vendas —Gracias.

Leith cogió un macuto pequeño, lo abrió y de él sacó un poco de algodón y lo mojó en alcohol con cuidado —Esto te va a doler. Tendrás que aguantar un poco —Yael asintió como respuesta y ella le limpió todas las heridas. La verdad es que le escoció, pero le dolió más lo que hizo a continuación —Bueno llega la peor parte —Sacó una aguja y la enhebró, hay algunas heridas que la puedo coser, pero otras tengo que cerrártelas con fuego —Yael asintió y comenzó a coserle —Ya está —le abrazó y le calmó —Te dejaré descansar.

Yael la agarró antes de que se marchara —Quédate, por favor.

Ella se quedó a su lado —Me quedaré, pero debes de descansar. Lamento lo de hacerte caminar…pensaba que ya estarías curado como otras…veces.

—¿Has recordado algo? —preguntó Yael más animado.

—Sí, nuestras heridas se curan muy rápido, lo que no entiendo es por qué no te curaste. Antes te habría bastado con cinco minutos de descanso.

—No sé, puede que estar congelado dos siglos haya influido en eso —respondió Yael.

Ella sonrió —He recordado varias cosas sobre los ángeles.

—Eso es bueno, significa que pronto lo recordarás todo —sonrió Yael alegre.

—¿Y te recordaré a ti? ¿Todo lo que sentíamos volverá a renacer? —le preguntó Leith.

—Puede que no. Ha pasado mucho tiempo, aunque me recuerdes puede que ya ese sentimiento haya quedado en el pasado. Siempre existirá algo desde luego, pero puede que ya no sintamos lo mismo. Yo desde luego no siento lo mismo…me obligué a olvidarlo, volver a sentir lo mismo después de tanto tiempo…

—¿Cómo puedes olvidar a la persona a la que amas?

—Del mismo modo que olvidas quién eres. Con el hechizo de un dios.

Ella sonrió —Me siento mal porque estábamos prometidos… teníamos algo especial.

—No te preocupes. Ahora tenemos que dormir, descansar ya hablaremos de esto mañana.

 

En ese momento perfecto, los dos juntos de nuevo. Yael supo que se volvería a enamorar de ella y esperaba que ella también de él. Cerró los ojos y durmió. Al día siguiente se despertó y pudo ver a Leith enfrente de él con una sonrisa en su rostro.

 

—Hola —dijo Yael entre bostezos.

—Dormías como un bebé.

Yael sonrió —Te veo contenta. ¿Me he perdido algo?

—Estás curado —dijo alegre Leith.

Se miró y era cierto. Incluso las quemaduras se habían curado —Parece que por fin comienzo a funcionar como debería. La verdad es que me noto mucho más fuerte.

—Eso podemos comprobarlo —Leith le ayudó a levantarle y Yael comenzó a andar hacia ella con mucho cuidado —Muy bien —Yael se cayó en sus brazos —¿Qué pasó?

—He tropezado con una piedra —reconoció él —Creo que ya puedo andar con normalidad. Algo es algo.

—Ven, vamos a entrenarte. Coge tu espada —Leith señaló a la espada que aún estaba hincada en el poco hielo que quedaba de su prisión —No he querido quitarla, pensé que eras tú quién debía hacerlo.

—Gracias —se dirigió hacia la espada y la sacó de un tirón del hielo —Extrañaba empuñar mi espada. Yo la llamo Espiga.

 

La espada era mucho más grande que la de Leith, era negra que a diferencia de la de Leith que era plateada y dorada. Sin duda una autentica belleza de arma.

Yael se la enganchó a la espalda como siempre y se observó a mí mismo en lo que quedaba del hielo. Su pelo rubio, corto y lacio encajaba a la perfección con sus facciones. Su piel era blanca, su cuerpo era musculoso y atlético. Iba vestido con un pantalón negro, un peto protector del cuál colgaba su espada y unas botas negras.

 

—Yo llamo a la mía Verlian —contestó ella.

—Nunca me lo habías mencionado. ¿Qué más recuerdas? —preguntó Yael.

—Que jamás conseguiste ganarme en un duelo.

—Puede que hoy cambie eso. Luchemos —Yael desenfundó su espada.

Leith desenfundó la suya —Las damas primero —Leith le atacó y Yael consiguió parar el ataque a tiempo —No está mal.

Yael le atacó, pero ella esquivó su ataque —Vaya, veo que recuerdas cómo pelear.

—Pues claro que sí, y pienso darte una buena paliza.

—No hables antes de tiempo.

 

Comenzaron a luchar, la verdad es que fue un duelo muy intenso. Ayudó mucho a Yael a entrenarse. Yael me había pegado dos siglos congelado, así que su derrota era bastante comprensible. Para la próxima vez pensaba ganar.

 

—Una buena victoria. Gracias por entrenar conmigo —dijo Yael.

—Ya te dije que te daría una buena paliza.

—Vale sí, lo reconozco. Eres la mejor. Y perder con la mejor tampoco es tan deshonroso. Sólo por luchar contigo soy un hombre con suerte —le confesó él.

 

Leith guardó su espada, se quitó la armadura quedándose con un peto corto de color negro y las botas. Yael también hice lo propio. Se miraron mutuamente, era bastante evidente la tensión que había entre ambos. Yael sospechaba que estaba empezando a recordar más cosas y eso me dio un poco de esperanza.

 

—Gracias por la ropa y por las botas —comentó Yael.

—Me quedaba aún algo de dinero de otra misión. Espero que los chicos me hayan guardado su botín por la última misión porque si no estaré sin blanca durante un mes o así. Aunque podría aceptar alguna misión de otro reino por mi cuenta, para ganar algo. ¿Y tú que piensas hacer?

—Me haré mercenario e iré por mi cuenta. Me compraré una montura puesto que una vez que dé mis alas, tendré que buscarme una forma de viajar.

—¿No piensas unirte al grupo? —preguntó Leith.

—¿Acaso podría? No creo que me reciban con buenos ojos.

—Yo quiero que vengas conmigo —confesó Leith.

—¿Por qué? —preguntó Yael.

—Porque te necesito —reconoció Leith.

Yael fue enseguida a abrazarla —Tú ya me tienes a tu lado Leith, pero no quiero ser una carga. No quiero que me metas en tu grupo porque te sientas obligada, quiero ganarme la vida por mí mismo. ¿De acuerdo?

—¿Lo intentarás al menos? Por favor.

—Te prometo que intentaré entrar en el grupo, pero lo haré por mí mismo.

—Es que… contigo recuerdo más cosas… Y te necesito para volver a ser la misma, no quiero estar así durante más tiempo.

—¿Crees que no quiero estar contigo? Si tú me llevas ante el grupo y entro a la fuerza jamás me aceptarán como miembro. Por eso quiero entrar por mí mismo. Y sino lo consigo me ganaré la vida como pueda para poder estar a tu lado.

—¿Y qué se supone que he de decir ahora?

—Nada. Tan sólo debes dejarte llevar por lo que suceda. Yo desde luego no quiero desperdiciar esta oportunidad para volver a estar juntos —Yael se acercó a Leith y la abrazó —Todas las grandes historias tienen un principio. Este será el nuestro.

[1]                     El reino de Kanavat es en realidad una unión de islas cuya distancia es tan mínima que bien podrían ser calles. En el reino de Kanavat vivían seres fantásticos acuáticos como las sirenas, aunque no eran exactamente cómo las describían en los cuentos.

Autor: elenasiles

En 2014 publiqué mi primer libro impreso "La Prueba". En 2019 publiqué La Guerrera Drager , en 2020 Piratas de Sagara y en 2021 Los Guardianes de Almas. Fui directora de YouAreWriter desde 2013 a 2019. He participado como autora en Renacer, Antología Benéfica (2020), en Invencibles, Una antología benéfica (2021) y en Antología Recuerdos de Tinta (2021). Además he coordinado, editado y publicado Antología Show Your Rare (2020) , Antología Sueños de Aire (2020) y Antología Criaturas de la Noche (2021) Mi email es: youarewriter.wordpress@hotmail.com Mi blog: www.elenasaavedrasiles.wordpress.com

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