Sarah por Elena Siles

Era un fatídico día de otoño cuando la conocí, no era un día especial pero se convirtió en un día inolvidable nada más cruzar con ella la primera mirada.
Yo por aquel entonces era un joven alocado y romanticón que sólo deseaba encontrar a la mujer con la que un día se pudiera casar, sé que era joven pero mi cabeza no paraba de pensar en un futuro con mi mujer y mis hijos sentados en la mesa para cenar, cada uno con sus problemas pero felices.
Mis ojos castaños la observaban desde la lejanía con la esperanza de volver a captar aquellos preciosos ojos verdes que tanto me habían llamado la atención.
Su cabello pelirrojo y rizado peleaba contra el viento del otoño, sobre sus delicadas manos sostenía un libro enorme que probablemente yo habría usado más como decorado para mi estanterías preocupantemente vacías.
El rostro de Sarah tenía un aspecto alegre y angelical adornado con esas pecas sobre su nariz respingona y sus labios rojos. su piel blanca brillaba con la luz del sol.
Yo sin embargo no era más que un estudiante de derecho amargado por los exámenes y unas pintas algo extrañas. Sigo entender como pudo fijarse en mí precisamente aquél fatídico día de otoño.
Mi pelo castaño, ondulado estaba revuelto y la verdad hecho un desastre. Caminé hasta Sarah con toda la valentía que pude y me senté a su lado.

– Hola. Me llamo Glen, encantado.
Sarah apartó aquel libro enorme y me dirijió una mirada penetrante- Glen, ¿no sabes que es de mala educación interrumpir a alguien cuando lee?
– Perdóname, señorita…
– Me llamo Sarah, por favor no me llame señorita, no lo soy ni pretendo serlo.
– Está bien Es que te he visto sentada sobre este árbol y nunca te había visto por el campus antes. ¿Eres una nueva estudiante de derecho?
– Yo no estudio derecho sino filología clásica, en el campus que hay justo al lado del tuyo, pero como hoy han comenzado con las obras en la biblioteca he decidido leer en el parque. ¿Tan pretenciosos sois los abogados que ni siquiera os habéis fijado que existe un campus universitario justo al lado del vuestro?

Tuve que reprimir una sonrisa, la verdad no me había fijado en aquél lugar, no tenía apenas tiempo de tomar el sol, aquella había sido una escapada de mis estudios que ni siquiera debería haber tomado; pero sinceramente mi cerebro estaba colapsado de información en aquel preciso momento y decidí tomar el aire antes de que mi cabeza explotara.

– ¿No te caemos bien los abogados?
– Más bien no. Avariciosos, ruines, buitres…– me contestó
– Ya, si reconozco que la fama de mi profesión es bien merecida. Pero no todos somos iguales, yo me metí en derecho con la idea de proteger los derechos medioambientales y de los animales- expliqué con una sonrisa.
Ella pudo ver mi sinceridad y se relajó- Perdóname, es que hace poco se acercó uno de los tuyos y la verdad me entraron ganas de estrellarle el libro en la cabeza.
No pude evitar reírme- ¿Era rubio y corpulento? ¿Con cara de conejo?
– Sí. ¿Cómo lo…?
– Está en mi clase, es un gilipollas. Además le vi antes al venir hacia aquí. ¿Fuiste tú la que le dio el tortazo? Porque te debo un par de cervezas.
Ella sonrió y aquella sonrisa reconozco que me enamoró – Está bien. Te dejo que me invites con una condición.
– ¿Cuál? – pregunté curioso.
– Que te peines un poco, estás hecho un desastre.
Yo le contesté con una sonrisa sarcástica y me peine lo mejor que pude- ¿Ya?
– Bueno al menos ya no pareces un vagabundo- respondió burlona
Me levanté y la ayudé a que se levantara- Cuando te lleves 10 horas estudiando sin levantar la mirada de un libro ya me dirás que aspecto tienes. Demasiado bien que estoy, si seguía mirando aquel libro habría explotado la cabeza.
– ¿Te has escaqueado de tus estudios?. Ya veo que eres un hombre muy responsable
– ¡Eh! Soy responsable, pero también soy humano.
– Estoy bromeando tonto. Bueno. ¿Y dónde nos tomamos esas dos cervezas?- preguntó ella.
– Había pensado en la cafetería de la universidad, puesto que es lo más lejos que puedo llegar. Después debo continuar con unos 30 temas más para mañana.
– Y yo que pensaba que el latín era pesado.
– ¿Siempre eres así de graciosilla?
– Por supuesto – contestó con una amplia sonrisa.

Yo no pude evitar reírme y ella me acompañó de buen grado. Hacía tiempo que no me sentía así de bien, de pronto todos mis problemas y preocupaciones desaparecieron. Todo en lo que pensaba era en sus ojos verdes y sus labios rojos. Me levantaba y me acostaba pensando en ella. Cada día que pasaba a su lado más me gustaba, a cada cosa que sabía de ella, más interesante me parecía.
Descubrí que quería ser escritora y que le encantaba el arte.
Descubrí que era una persona muy inteligente con la que podría hablar de casi cualquier cosa y que jamás me aburría con ella.
Siempre alegre y graciosa, siempre con sus bromas y su sonrisa. Por cada momento a su lado me convertía en mejor persona.
Ella me cambió mis formas de vestir puesto que quería impresionarla, me cambió la forma de pensar, me hizo ver que todo siempre tiene una segunda cara y que nada es absoluto. Lo que más me gustaba de ella era sin duda que era una persona con un gran corazón y muy dulce.
Tuve la gran suerte de conquistar su corazón a base de citas y citas, a base de confianza y algún detalle romántico de los míos. Jamás olvidaré nuestro primer beso, bajo la luna llena en una noche primaveral. Ella y yo agarrados de la mano caminando por el parque en el cuál nos conocimos, con las estrellas a nuestro alrededor y nuestros corazones que latían juntos cada vez más fuerte. Aquel beso terminó por enamorarme por completo de Sarah y por suerte fui correspondido.
Pero olvidé que por desgracia los finales felices ya no están de moda.
Un día sin previo aviso no volví a verla. La busqué en tu clase, en su habitación de la universidad, la llamé al teléfono mil veces e incluso fui a casa de sus padres. Pero tras 3 meses de maravilloso romance no volví a saber nada más de ella.
Yo jamás pude entenderlo. ¿Qué es lo que había hecho para perderla?
Me pase días y días pensando en qué podría haberle ofendido, repasando cada posible error, cada comentario, cada frase… No encontré absolutamente nada.
Al final terminé por pensar que dejó de amarme o se cansó de mí. Me sumergí en un pozo lleno de tristeza y soledad. Dejé de salir y me refugié en mis estudios.

Terminé la carrera y me cogieron en un bufete de abogados. No era lo que yo deseaba pero no me encontraba con fuerzas para luchar por mis sueños sino la tenía a mi lado. En ni un solo momento pude olvidarte. La extrañaba demasiado, la amaba demasiado. Yo seguía buscándola aunque con vagas esperanzas.
Con el paso del tiempo conseguí sonreír de nuevo, aunque por dentro seguía enamorado de ti, por fin veía algo de luz en mi vida.
Decidí perseguir mis sueños y entré en una organización protectora del medioambiente. Gané numerosos casos y muchos de ellos famosos. Empecé a darme cuenta que estaba empezando a cambiar la perspectiva de muchos.
Aquello me animaba muchísimo, me compré un coche eléctrico, me compré una casa ecológica y hasta empecé a salir de nuevo.
Caminaba hacia el hospital para donar sangre cuando la vi. Creía que se me partía el corazón. Llevaba un pañuelo sobre la cabeza, era más que evidente que había recibido sesiones quimioterapia. Una lágrima resbaló por mi rostro.
Corrí hacia a ella y se dio la vuelta, casi no me reconoció. Hacía tres años que no nos veíamos. Tenía ojeras, la cara pálida y el cuerpo demacrado, pero a mí me seguía pareciendo la mujer más hermosa que jamás había visto.

– Glen… – dijo Sarah en un susurro.
– Sarah… Han pasado tres años. Yo… estaba empezando una nueva vida, ahora trabajo para una protectora del medio ambiente, tengo una casa ecológica y hasta un coche eléctrico. Pero te encuentro a ti de vuelta del hospital con un pañuelo en la cabeza y pienso… ¿Por qué me hace esto el destino? Me rompiste el corazón, yo creía que ya no me amabas y resulta… que te marchaste para proteger mi corazón.
– Mírame Glen. Ya no soy la mujer que conociste antes.
– Es cierto. Ahora eres mucho más fuerte y mucho más hermosa.
– Tomé una decisión hace ya mucho tiempo y no me arrepiento de ella. Tú puedes ser feliz sin estar a mi lado Glen. Yo moriré. Tengo cáncer. No puedo, no puedo hacerle eso a alguien… a alguien a quien quiero tanto como a ti… no puedo
– No he podido olvidarte ni un solo día, a cada momento que pasaba se me hacía más difícil. Hasta ahora no había salido a la calle para tomar el sol, me recordaba demasiado a ti. No te puedes ni imaginar…
– ¿Crees que yo no lo he pasado mal? ¿Crees acaso que no te he extrañado? Yo tomé la decisión de dejarte libre, de dejar que pudieras volver a enamorarte, dejarte y así que pudieras ser feliz porque conmigo nunca lo serías. En cuanto supe que tenía cáncer, sabía que tenía poco tiempo antes de que se notara. Debía de decidir que era lo mejor para ti y a pesar de que mi corazón llorase de soledad debía dejarte marchar. Ahora lo sé. Ya no me queda mucho tiempo y si hubiera continuado a tu lado mientras me muero lentamente sólo te hubiera causado aún más dolor del que haya podido sufrir hasta ahora. Yo nunca he querido que te enteraras por que sabía… sabía que jamás me dejarías aunque te matara a ti también. Yo no… no quería que tuvieras que verme así.
– Sin embargo el destino nos ha vuelvo a unir y creo que lo seguirá haciendo queramos o no, porque estamos hechos el uno para el otro y lo sabes. Nos amamos, yo aún no he dejado de amarte ni un solo día. Ahora que lo sé me herirá igual si mueres aunque no estés a mi lado. Así que vuelve conmigo, permítete unos meses de felicidad aunque ambos suframos será mucho mejor de lo que nos podamos encontrar si estamos separados. Tú misma lo has dicho. Me amas, no pienso dejarte escapar mientras me sigas amando. Lo único que me importa eres tú.

Sarah comenzó a llorar y yo la abracé. También lloré porque la amaba y aquello que más amaba se estaba muriendo ante mis ojos. Lloré porque volvía a tener a la mujer que amaba aunque fuera por un mes, yo no podía vivir sin ella, lo había intentado y debía ponerme una máscara cada día para sobrellevar mi rutina. Pero a su lado.. a su lado mi vida cobraba sentido.
Nunca me imaginé que pudiera enamorarme así, jamás imaginé que por una tarde de otoño, por aquel encuentro tan inesperado surgiera aquel amor tan fuerte.
La besé sobre sus labios rojos, nuestras lágrimas cesaron. Mi corazón seguía roto y sabía que el suyo también. Aquellas heridas costarían cerrarlas, pero algún día me casaría con ella si el destino nos había reunido debía haber una razón.
Aquel no podría ser nuestro final, no podía terminar con su muerte, si ella se marchaba yo también. No podría soportar de nuevo perderla, no.
Fue un momento duro y complicado, pero se convirtió en algo totalmente romántico y maravilloso. Estando juntos el mundo se detenía, el resto no importaba. Sarah ha sido el amor de mi vida y yo iluso en aquél momento pensaba en un final feliz y lo tuve, aunque por poco tiempo.
Tuve la suerte de casarme con ella, a penas habíamos vuelto hacía dos meses, pero para mí lo eras todo y eso es lo que importaba. Para mi sorpresa fue mejorando progresivamente contra todo pronóstico.
Nuestro amor estaba superando todos los obstáculos que nos ponía la vida y aunque nunca jamás fue perfecto, puesto que nada lo es, era exactamente como me lo había imaginado años atrás en aquella tarde de otoño.
Sarah se curó, salió de aquella enfermedad y nuestra felicidad era inmensa. No podían ir las cosas mejor, ella trabajaba desde casa como escritora con cierto éxito y yo tenía un horario bastante bueno. No ascendí profesionalmente, pero eso significaba estar lejos de Sarah y aquello era algo que no consideraba.

Suena ridículo cuando te lo cuento ahora, Sarah era la escritora no yo. Yo era un simple rebelde con espíritu romántico que quedó prendado con tus ojos verdes.
Los finales felices no están de moda, yo no lo sabía pero en un momento la perdería de nuevo y en aquella ocasión no regresaría a mi lado…
Yo estaba preparándome para ir a trabajar, me despedí de Sarah con un beso y me marché alegre. Pero con mi cabeza olvidadiza olvidé el móvil y la cartera en casa e incluso mi maletín con la presentación de aquel día que sino llevaba me despedirían. Sara debió de darte cuenta, como siempre. Y yo cuando llegué al tren y no pude pagar, a parte de sufrir una vergüenza incomparable, de pronto recordé la presentación y me dispuse volver a casa. Llegaría tarde, pero era lo único que podía hacer. Pero lo que iba a suceder a continuación si que no me lo esperaba.
De pronto explotó una bomba en el metro, yo que acababa de salir me libré por poco aunque con la explosión me caí y quedé inconsciente. Cuando me desperté había un montón de ambulancias y yo me levanté cómo pude.
Entonces la vi tendida junto a mí unos médicos te reanimaban, yo estaba confuso, no entendía nada. Vi que aún sostenía mi maletín. Se me rompió el corazón…
Comencé a llorar, yo no podía creer que fuera a perderla y de que manera…
La llevaron al hospital cuando la estabilizaron y yo fui a su lado.
Al poco tiempo de estar esperando un médico vino a verme, tenía una cara seria aquello no me gustó. Yo empecé a llorar casi instintivamente.

– Debo de comunicarle que su esposa se encuentra en estado de coma, no sabemos si podrá despertar por suerte, aunque la atropelló un coche el feto no ha sufrido ningún tipo de daño. Es increíble pero es posible que podamos tener al bebé aunque no por ello ella despertará de su coma. No sabemos que sucederá con su esposa, sin embargo por lo menos su hijo vivirá. Le transmito mi más profundo pésame, ahora si me disculpa tengo otros veinte pacientes esperando por culpa de la bomba en el metro. Adiós.

Me senté con las manos en la cabeza. Estaba embarazada, yo evidentemente no sabía nada. Lo mismo hacía poco que estaba preñada y seguramente ni ella lo sabría. Sino no hubiera venido a por mí por un maletín. La conocía, si hubiera sabido lo del feto me lo hubiera dicho inmediatamente y nunca jamás se hubiera arriesgado a perderlo.
En aquel momento intenté analizar la situación, intenté reprimir mis sentimientos encontrados. Iba a ser padre y mi mujer estaba en coma.
No pude dormir durante mucho tiempo, cada día tenía la esperanza de que despertara aunque eso no sucedía por lo menos el feto iba evolucionando bien.
Al poco supe que era niña, una dulce niña que sería tan bella como su madre, y mi corazón roto comenzó a sanarse. La alegría de tener una hija me llenó por completo, a pesar del sufrimiento de no tener a Sarah a mi lado ahora podría de nuevo comenzar una nueva vida.
Cuando nació mi pequeña fue realmente cuando mi mundo entero cambió radicalmente. Contraté a una asistenta y tuve que estar unos meses de baja pero no me importó yo tenía algo mucho más importante, tenía una hija.
Una hija maravillosa además, una niña al a cuál llamé Sofía porque Sarah siempre quiso llamarla así, decidí que sería un lindo detalle aunque Sarah jamás pudiera saberlo.
Todos los fin de semana íbamos a ver a Sarah al hospital, le leíamos y hablábamos de nuestro día a día, pero ella jamás se despertaba.
Cuidar de Sofía ha sido mucho más difícil de lo que yo me imaginaba sobre todo los primeros años siendo bebé, cuando fue creciendo pude trabajar para pagar todas las deudas que tenía pendientes por haberme tomado unos meses sabáticos para cuidar de mi hija. Gracias enormemente también al apoyo de mi asistenta pude cuidar de Sofía.
Pronto me di cuenta que Sofía necesitaba una madre, en aquellos 4 años me había costado mucho cuidarla, pero no sabía que iba a hacer cuando tuviese quince y las hormonas se les disparasen. Aquello me estaba volviendo loco, pronto dejaría de ser mi niña pequeña y ¿qué podría hacer entonces yo para ayudarla?
Ver a Sarah en coma no me ayudaba en absoluto, ella probablemente no despertaría, por suerte no estaba enchufada a ninguna máquina al menos por ahora. Sarah era el amor de mi vida, pero también debía pensar en Sofía.

– Y aquí estoy contándote mi historia. Sé que no es una historia bonita ni tiene final feliz, pero así es mi historia. Y mi pregunta es, ¿qué hago Fran?
Fran, mi psicólogo al que iba desde hace unos días, me miró pensativo con sus ojos azules – Yo no puedo decirte lo que debes hacer. Debes mirar en tu corazón y elegir lo que éste te dicte. Sin embargo, también he de decirte que la vida sigue.

Me marché de la consulta con un nudo en el estómago, tenía claro ya que es lo debía hacer: pasar página. Sarah no iba a despertar y yo no podía dejar sin madre a Sofía. Además sabía que Sarah lo hubiera querido así. Así que abrí las puertas de mi corazón y decidí ir a ver por última vez a Sarah. Cuando llegué hasta la cama casi comienzo a llorar de nuevo, estaba claro que jamás la olvidaría.

– Sarah. Te amo. Siempre te querré y jamás te olvidaré, pero Sofía necesita una madre, yo ya hay cosas que no controla. Ya sabes que soy un poco torpe para estas cosas. Y también necesito que te despiertes o empezar una nueva vida.

Sarah no respondió, yo creía que hay acabaría todo, sin embargo para mi sorpresa su mano cogió la mía. Empecé a llorar de alegría. Sus ojos se abrían…
Ya sé que he dicho que los finales felices no están de moda, pero también creo que en realidad cuando contamos nuestra historia es lo que deseamos tener. Es lo que vemos en todos los cuentos y sin embargo a pesar de ser repetitivo y a veces empalagoso nos siguen gustando los finales felices. Puede que esta sea la excepción para que los finales cómo el mío vuelvan a estar de moda.

Autor: elenasiles

En 2014 publiqué mi primer libro impreso "La Prueba". En 2019 publiqué La Guerrera Drager , en 2020 Piratas de Sagara y en 2021 Los Guardianes de Almas. Fui directora de YouAreWriter desde 2013 a 2019. He participado como autora en Renacer, Antología Benéfica (2020), en Invencibles, Una antología benéfica (2021) y en Antología Recuerdos de Tinta (2021). Además he coordinado, editado y publicado Antología Show Your Rare (2020) , Antología Sueños de Aire (2020) y Antología Criaturas de la Noche (2021) Mi email es: youarewriter.wordpress@hotmail.com Mi blog: www.elenasaavedrasiles.wordpress.com

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