La Revolucion por Elena Siles

En una noche oscura, un misterioso hombre recorría las calles más invisibles y sombrías de París. Acababa de terminar la revolución, era 1789, un año que nadie olvidaría.

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“La Libertad guiando al pueblo” de Eugène Delacroix.

El aire todavía olía a pólvora, sangre y muerte. ¿De verdad había acabado todo? Todas esas vidas perdidas… ¿En serio compensarían a un mejor futuro? El hombre se tambaleaba cansado y angustiado por la batalla. Las risas de los niños no se oían en la calle.

Sostenía sobre una mano una botella de ron, ya vacía, y en la otra, una daga. Sus ojos estaban inyectados en sangre; en su mente pasaban imágenes de muertos y en sus oídos aún resonaban sus gritos. ¡Por la República! Había gritado y defendido todo ello por su pueblo. El que fue un soldado noble…

Sí había traicionado al rey. Estando a su lado sólo había dado la espalda a su familia, a sus amigos. Había traicionado al pueblo, a sus seres queridos y a él mismo al servicio del tirano. ¿Y ahora traicionar al tirano?

Honor. Había entrado en el ejército por el honor. Quería ser un noble, rico y respetado por todos. No volverían a reírse de sus ropas remendadas y su poco dinero con el que casi ni podía pagarse una cerveza. ¿Porqué seguir si el cuerpo era considerado ahora la fuerza bruta de un reinado injusto que sólo podía producir hambre y pobreza?

¿Qué motivos tenía ahora para vivir? Esencialmente sólo uno: la venganza. Con tal de dar con cada uno de esos asesinos, viviría aunque ya no tuviera sentido respirar, aunque su sangre ya no valiera nada.

Las luces de París se habían apagado de nuestra vida, probablemente para siempre. Las lágrimas recorrían su rostro lentamente, la soledad y la nostalgia le corroía por dentro.

Lo único que deseaba en aquel momento deseaba poder retroceder en el tiempo y quedarme a su lado para el resto de su vida.

Caminaba por una calle oscura, aún escuchaba a sus espaldas el sonido de disparos y los gritos de muerte.

Se sentó en unas escaleras de la calle y observó su alrededor.

Todo estaba destruido, todo estaba oscuro; sonrió sarcásticamente era como ver el espejo de su alma. Dejó la botella y miró sus manos llenas de sangre, pero no era la suya.

Aquellas manos habían matado a más hombres en una noche que en toda su vida. Lo más deshonroso era que aquellos hombres no eran desconocidos, no eran el enemigo, sino todo lo contrario. Hace unos meses eran sus amigos, eran franceses, eran un único bando, pero ahora el verdadero enemigo de Francia podría mirarlo en el espejo.

Aquello era en lo que se había convertido: en un asesino, en un cobarde, en un traidor, era un reflejo difuso y deforme de lo que en un día fue. No merecía ni seguir vivo; pero la verdad es que su muerte no le libraría de sus errores, ni resucitaría a nadie; era una pérdida de tiempo.

Su muerte no iba a solucionar las cosas; además en lo más profundo de su alma aún había un poco de esperanza.

Estaba cansado de tanta tristeza y soledad. Estaba cansado de toda esta mierda de vida.

Se tumbó en las escaleras y se tapó con lo que quedaba de su chaqueta roída. Iba a ser una noche muy larga.

Debido a su estado de embriaguez y al poco valor que le daba en aquel momento a su vida le preocupaba bastante poco si alguien le mataba en mitad de la noche; así pues; a diferencia del resto de parisinos; durmió de un tirón. La noche se convirtió sin él saberlo en su mejor aliado.

Al día siguiente, cuando pudo ver el estado tan lamentable de sus ropas ni el mismo se distinguía. Su imagen personal por así decirlo daba mucho que desear, pero aquello era positivo no le reconocerían, su cabeza tenía ahora un precio bastante alto.

El pueblo gritaba alegre, los soldados se había retirado.

El pueblo ya tenía su merecida libertad; la guerra no había terminado pero la primera batalla la había ganado el pueblo.

Caminó por las calles de París en busca de un triste consuelo, a un lado se encontraban los soldados que estaban siendo saboteados por el pueblo, al otro; el precio de la victoria. Hombres, mujeres y niños acribillados por las espadas del que en su día fueron sus compañeros.

Allá a donde mirara habían un recuerdo por cada alma perdida, todo lo que me rodaba le recordaba su destino: la muerte

Aquello era el triste final del que fue en su día un hombre noble, apuesto, caballeroso y honrado, que ahora se sumía a su destino que tanto consideraba merecido. La muerte

Autor: elenasiles

En 2014 publiqué mi primer libro impreso "La Prueba". En 2019 publiqué La Guerrera Drager , en 2020 Piratas de Sagara y en 2021 Los Guardianes de Almas. Fui directora de YouAreWriter desde 2013 a 2019. He participado como autora en Renacer, Antología Benéfica (2020), en Invencibles, Una antología benéfica (2021) y en Antología Recuerdos de Tinta (2021). Además he coordinado, editado y publicado Antología Show Your Rare (2020) , Antología Sueños de Aire (2020) y Antología Criaturas de la Noche (2021) Mi email es: youarewriter.wordpress@hotmail.com Mi blog: www.elenasaavedrasiles.wordpress.com

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